Se acerca el 8M ¡La mujer trabajadora en primera línea contra el virus!

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La situación de degradación y relegación al rol de progenitora que sufre la mujer, desde las sociedades neolíticas, hasta su consolidación con la propiedad privada, no mejora con su entrada al mercado laboral. Pese al carácter progresista que el trabajo asalariado representa, al poder socializar fuera del hogar y participar en la vida sociopolítica, bajo el sistema capitalista este no representa una solución a todos sus problemas, e incluso puede generarle otros. La mujer trabajadora pasa a soportar una doble opresión: en el trabajo y en el hogar, y esta situación ha resultado especialmente palpable durante la pandemia.

En este periodo, la mujer trabajadora ha estado al pie del cañón. Según el Instituto de la Mujer, las mujeres representan el 66% del personal sanitario, llegando al 84% en el caso de las enfermeras. Estas mujeres han experimentado una elevada exposición al virus, y, por si no fuera suficiente, se trata de un sector que ha sido precarizado, con largas jornadas de trabajo o traslados a ciudades alejadas del domicilio familiar, entre otras.

Muchas otras han sido perjudicadas por el teletrabajo y la conciliación, ya que algunos de los sectores más afectados, como el comercio o la hostelería, están muy feminizados, y, además, la inestabilidad laboral suele recaer en la mujer trabajadora. El teletrabajo provoca que las mujeres permanezcan mucho más tiempo en el hogar, y por lo tanto más sujetas aún a las tareas vinculadas al mismo, y más expuestas a situaciones de violencia de género. Según el IESE, las mujeres sufren un 20% más de interferencias de la familia al trabajo que los hombres. Además, si bien el rol de cuidados asignado a la mujer ha sido puesto en valor durante la pandemia, el aumento de la presencia de personas dependientes en el hogar ha llevado a muchas mujeres a dejar su ocupación para dedicarse a los cuidados en el seno familiar.

Por último, muchas mujeres se han enfrentado al desempleo, llegando a una tasa de paro femenino del 18,39% en el tercer trimestre, frente al 14,39% en los hombres. Del mismo modo, la precariedad laboral se observa en la tasa de temporalidad, que llegó al 26,6% en el caso de las mujeres en el cuarto trimestre, según el INE, así como en una brecha salarial de hasta 51 días, según los datos de UGT.

Las mujeres con menos recursos han podido percibir algunas ayudas, como los ERTE o el IMV. Sin embargo, estas plantean complicaciones, debido al retraso con el que han sido proporcionadas, o a los procedimientos burocráticos necesarios para obtenerlas. Además, es conveniente valorar si verdaderamente se corresponden con la realidad, pues la mujer trabajadora ha sufrido una gran explotación durante el periodo previo a la pandemia, mientras generaba sobreabundancia para una minoría. La explotación de la mujer trabajadora resulta pues un elemento especialmente beneficioso para los grandes capitalistas, abaratando los costes de producción e incrementando los beneficios, y, a pesar de ello, los ERTE son pagados por el conjunto de la sociedad. Por ello este 8M exigimos, entre otros: 

  • Puesto de trabajo fijo, bien remunerado y digno para todas las mujeres, que nos permita una verdadera independencia económica, y ¡a igual trabajo, igual salario!

  • ¡No a la precariedad laboral encubierta en el teletrabajo! Reducción de la jornada laboral sin disminución del salario, y responsabilizar a la empresa de todos los costes vinculados a este.

  • Socialización de los cuidados mediante guarderías, comedores y lavanderías públicas, así como personal asalariado en condiciones dignas.

  • Ayudas y planes de vivienda verdaderamente eficaces para aquellas mujeres amenazadas por violencia de género, con atención e intervención temprana, pública y gratuita.

  • Prevención de la violencia hacia la mujer a través de una asignatura de educación sexual.

Sin embargo, esto implicaría atacar los intereses económicos de los grandes propietarios, así como toda la ideología conservadora y patriarcal que lo refuerza, por lo que no debemos confiar en que las instituciones lo hagan. Debemos confiar únicamente en nuestra propia fuerza y organizarnos de forma seria para derrocar este sistema que solo genera desigualdad y miseria, mientras una minoría se enriquece a nuestra costa. Solo así podremos construir una sociedad en completa igualdad, donde las mujeres podamos realizarnos plenamente.

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