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La insurrección republicana de 1869 y la monarquía de Amadeo I

Publicamos la segunda entrega dedicada a conmemorar la revolución de 1868, "La Gloriosa". En esta segunda parte abordamos el período que va desde la insurrección republicana de otoño de 1869 hasta la víspera de la proclamación de la I República, en febrero de 1873.

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La insurrección de Otoño de 1869

Seis meses después del estallido de la "Gloriosa", una vez que las masas revolucionarias habían experimentado los primeros sinsabores de la traición del nuevo gobierno de los liberales, las Asambleas republicanas de la primavera siguiente, que aglutinaron a miles de seguidores en las ciudades donde se centraron las mismas, habían impugnado la débil respuesta de la dirección estatal republicana al establecimiento de la Constitución monárquica de 1869.

Había centenares, miles de ejemplos y síntomas, que anunciaban que la paciencia de las masas llegaba a un límite, al no constatar avances suficientes en el nuevo régimen que supusieran un cambio en sus vidas.

Consciente de la situación, el gobierno, con el presidente Juan Prim a la cabeza, secundado por el cada vez más importante Práxedes Mateo Sagasta como ministro de Gobernación, se preparó durante el verano, mandando instrucciones a los diferentes gobernadores provinciales y dándoles poderes extraordinarios ante cualquier disturbio social. En una circular que el gobernador de Sevilla mandó reservadamente a los alcaldes, se alertó sobre la necesidad de vigilar las publicaciones y libros socialistas, admitiendo que, aunque eran legales, su efecto entre la población de provincias podía ser nefasto. Pero ¿qué podían hacer los gobernadores si no se quebraba el ambiente general revolucionario? En El Arahal (Sevilla) la plaza principal del pueblo quedó nombrada como plaza de la "República Federal", en un país cuyas Cortes habían votado recientemente una nueva Constitución monárquica. Los intentos del gobernador provincial por hacer cambiar de nombre a la plaza resultaron infructuosos...

El 25 de septiembre el gobierno será el primero en actuar para cortar la creciente insubordinación republicana. Una orden ministerial conminaba a la entrega de las armas de los milicianos pro republicanos en todo el país. Igualmente se prohibía cualquier acto público contrario a los principios de la monarquía, saludos y banderas incluidos. Ese mismo día, en mitad de una manifestación republicana donde se intenta imponer la reciente orden del ministerio, resulta muerto el gobernador de Tarragona, lo que aceleró la respuesta del gobierno. Fuerzas armadas y guardia civil fueron enviadas a recorrer los pueblos para garantizar el desarme del pueblo llano, al mismo tiempo que se decretó el cierre de casinos y periódicos republicanos. La insurrección subsiguiente, extendiéndose primero por Cataluña, se desencadenó furiosamente por todo el país.

Casi todas las provincias se ven sacudidas, con confrontaciones armadas de diferente nivel, proclamaciones de la República y auténticos levantamientos populares de masas... Participaron varias decenas de miles de hombres armados, aunque sin plan ni directrices de la dirección central republicana, que se mantiene casi inane.

En cambio, los dirigentes de la izquierda republicana se batieron con denuedo. Hasta 15 diputados participan en la insurrección y varios murieron en la misma, siendo dos de ellos pasados por las armas ya presos, como le sucedió a otros muchos compañeros insurrectos.

1920px Bombardeo de Valencia el 16 de octubre de 1869 de PadróBombardeo de Valencia el 16 de octubre de 1869, de Padró

En Madrid se intentó el asalto al ministerio de Gobernación. En Cádiz, siguiendo un patrón que se realizará en otras provincias, Fermín Salvochea sale con centenares de hombres, recorriendo varios pueblos hasta la serranía de Ronda, donde tiene lugar un combate a campo abierto con fuerzas del ejército, a resultas del cual son derrotados... Antes, los revolucionarios hacen descarrilar un tren en Utrera (Sevilla) lleno de tropas que se dirigía a Cádiz a sofocar la revuelta. Parecidos combates se suceden en el Ampurdán, también en Lérida; y, en menor medida, por toda una pléyade de lugares repartidos por la geografía nacional, con acciones de sabotaje concertadas en muchos más lugares. 9 días se batieron en Zaragoza los insurrectos, donde un papel central lo jugaron campesinos venidos de toda la comarca a la capital del Ebro, a defender la revolución. Valencia, tomada por los revolucionarios, fue cercada y los combates no cesaron hasta el 19 de octubre.

Derrota parcial

La derrota no fue total. Bien es cierto que en octubre y noviembre, en virtud de la confiscación de garantías constitucionales, concejales republicanos son destituidos en multitud de pueblos, agudizándose la persecución. Sin embargo, esta desorganizada y prematura insurrección, a la que fueron empujadas las masas revolucionarias, llevó a la quiebra temporal del movimiento de lucha en diferentes lugares.

Al mismo tiempo, la actitud cobarde de la derecha republicana abocó al partido a una división palmaria entre los llamados "intransigentes" (revolucionarios) y "benévolos" (moderados). A un nivel más amplio, sectores significativos de las masas pierden cualquier clase de fe en las instituciones monárquicas, adoptando una actitud más crítica hacia la dirección central republicana, que pierde autoridad.

En 1869 se había empezado a notar el final de la recesión económica. En 1870, el franco auge de la economía que durará hasta 1873 permitió cierta estabilidad al gobierno. Cuando en marzo de 1870 el gobierno aprobó una nueva quinta de 40.000 soldados para mandar a la cada vez más complicada guerra de Cuba, siguió habiendo una respuesta popular relativamente importante en varias de las principales ciudades. Sin embargo, el movimiento de lucha, como un todo a nivel estatal, temporalmente estaba agotado. Necesitaba tiempo para recuperarse.

En consecuencia, Prim, el hombre que ocupaba el centro político de la burguesía en ese momento se fijó como meta prioritaria estabilizar al "país monárquico sin monarca" urgentemente.

En cualquier caso, el malestar social se expresó de maneras soterradas en actos de protesta más o menos individuales, más o menos colectivos: incendios en las fincas y dehesas de los propietarios más notorios, el ganado de los pequeños propietarios que se deja suelto en las antiguas dehesas boyales, robo de cosechas, negativa generalizada a pagar impuestos... Fuesen actos individuales o colectivos, la represión de la Guardia Civil fue bestial en el campo. Tuñón de Lara expone los datos del nada sospechoso periódico conservador La correspondencia de España, que en apenas un mes había contabilizado más de sesenta presos muertos al "fugarse" de la detención de la Guardia Civil ¡La ley de fugas, es decir, el ajusticiamiento ilegal fue una innovación del Sexenio revolucionario!

Un proceso de maduración de todo el torbellino de acontecimientos anterior se impondrá entonces ¿Las lecciones de dicho proceso hubieran podido unir a la izquierda revolucionaria republicana con las nacientes fuerzas de la AIT de cara a la siguiente etapa?

El desarrollo de la AIT

Como dijimos en un artículo anterior, Fernando Garrido, activista republicano desde 1840 y el dirigente más vinculado al naciente movimiento obrero, fue quien puso en contacto a Fanelli, el enviado de Bakunin, con toda una serie de dirigentes obreros en Cataluña, Valencia y Madrid para formar la AIT.

Los dos grupos formados por Fanelli, con una veintena de miembros iniciales cada uno, el de Madrid y el de Barcelona, se lanzaron con denuedo a una labor de proselitismo entusiasta. En Madrid, Anselmo Lorenzo, Tomás González Morago, y los hermanos Francisco y Ángel Mora tomaron toda clase de iniciativas a cual más audaz a la hora de visibilizar a la nueva asociación. En Barcelona formó parte del mismo desde el primer momento Rafael Farga Pellicer, que era secretario general del Centro Federal de Sociedades Obreras, que aglutinaba a varios miles de obreros catalanes y que contaba con su propio periódico La Federación. El núcleo catalán se vio reforzado por tres estudiantes universitarios andaluces (Trinidad Soriano, Antonio González García-Meneses y José García Viñas), que jugarán un papel clave a la hora de asimilar y propagar la doctrina intelectual del anarquismo.

Al poco, adherirá a la AIT la Federación Obrera Balear, que también contaba con su propio periódico, El Obrero. En enero de 1870 los madrileños sacan La Solidaridad y poco a poco se van creando nuevas secciones por todo el país, en particular en Cataluña, Levante y Andalucía.

En junio tiene lugar el tercer congreso obrero, esta vez ya estatal, fuera del marco catalán donde se habían circunscrito los dos anteriores, los de 1865 y 1868. En el congreso, celebrado en Barcelona, el sector revolucionario ganó la mayoría frente al tradicionalmente mutualista republicano e hizo aprobar una confusa resolución contra la participación en política, de la que extractamos:

"... Y como quiera que de ocuparnos en ella nos robaría un tiempo precioso, y altamente necesario a la propaganda de nuestros principios, razón de más para que rechace la política de su seno no solo por inútil, sino como perjudicial (...) Que toda participación de la clase obrera en la política gubernamental de la clase media no podría producir otros resultados que la consolidación del orden de cosas existente (...) El Congreso recomienda a todas las secciones de la Asociación Internacional de Trabajadores renuncien a toda acción corporativa que tenga por objeto efectuar la transformación social por medio de las reformas políticas nacionales, y las invita a emplear toda su actividad en la constitución federativa de los cuerpos de oficio, único medio de asegurar el éxito de la revolución social...".

Esto se interpretó posteriormente por parte de los bakuninistas como un boicot explícito a colaborar con el partido republicano en cualquiera de sus formas. Frente a la no colaboración con los republicanos, ni siquiera con los "intransigentes", la idea que defenderá la mayoría bakuninista dentro de la AIT española será que la sola constitución de los sindicatos obreros revolucionarios, su engrandecimiento y su mutua colaboración en un momento dado derribarían al Estado para dar lugar a "la verdadera República Federal, la libre asociación de asociaciones obreras agrícolas e industriales".

la federacionLa Federacion, órgano de la AIT en Barcelona, de 1869 a 1874

Sectarismo

El hecho inicial de que el primer propagador de las ideas de la AIT fuera un anarquista sentó una impronta decisiva en el pequeño movimiento obrero organizado existente, en un país todavía campesino, donde la dirección del movimiento de lucha estaba en manos de políticos pequeñoburgueses republicanos. Es decir, de dirigentes políticos que conscientemente laboraban por la conciliación social entre los asalariados y los propietarios, a la mayoría de los cuales aspiraban a convencer de la justeza de sus planteamientos.

En Europa, en los dos primeros congresos de la AIT las ideas del mutualismo cooperativista de Proudhon habían sido fuertemente derrotadas, posibilitándose que antes y durante ese mismo proceso diferentes activistas y dirigentes partidarios del revolucionario francés fuesen convencidos por la emergente doctrina del socialismo científico que representaban Marx y Engels. Así sucedió con Paul Lafargue.

La situación revolucionaria, la falta de una política consecuente por parte de la dirección republicana, el giro hacia la moderación de Pi i Margall para contentar al ala derecha de Castelar, verdadero hombre de la burguesía dentro del partido republicano..., todo ello empujaba a la AIT a miles de obreros y jornaleros. La cuestión capital era cómo educar a estas pocas decenas de miles de activistas y militantes para ganar a la mayoría decisiva de las masas republicanas, fieles aún a su partido-movimiento tradicional. Y ahí era donde el ultimatismo y sectarismo anarquista constituían un freno.

Es ilustrativo en este sentido la agria polémica que mantuvo en 1870 el periódico madrileño de la AIT con Fernando Garrido con motivo de haber llamado La Solidaridad al boicot a las elecciones, todo ello a pesar de que por escrito Garrido les respondió muy amistosamente. El historiador anarquista Abel Paz admite que, por parte de los activistas de la AIT, "el tono fue duro y los reproches crueles". A pesar de ello, Garrido se mostró al final de la polémica por escrito públicamente orgulloso de haber colaborado en el establecimiento de la AIT en España, recordándoles a sus oponentes que él sí estaba conforme con "el Consejo Central de la Internacional residente en Londres y con la gran mayoría de las secciones francesas de la misma".

El maximalismo y ultimatismo de los bakuninistas en España impidieron una relación de crítica amistosa que pudiera haber tenido un impacto decisivo en las masas republicanas. Cuando Paul Lafargue, partidario y yerno de Marx, recaló en España con su esposa Laura huyendo de la represión contra los partidarios de la Comuna, discutió con varios diputados republicanos, tratando de ganarlos para sus ideas. Incluso estableció una relación con Pi i Margall. Lamentablemente, desconfió de Fernando Garrido, sabedor por Engels de que él había sido el puente de Bakunin hacia los primeros partidarios del anarquista ruso. Dicha desconfianza fue fatal, pues Garrido era el dirigente republicano que tenía un lazo más directo con los activistas obreros republicanos.

En junio de 1871 el partido republicano hizo un llamamiento público a la AIT a colaborar para la mejora de las "condiciones de las clases jornaleras (...) y redactar un proyecto de bases económico-sociales". Fue rechazado ostensible y públicamente por los internacionales sin contemplaciones. En diferentes ciudades se produjeron hasta 1873 circunstancias similares en diferentes momentos, registrándose comportamientos igual de sectarios. Con razón los obreros de la AIT de Jerez se mostraron consternados de que se les obligase a elegir entre la AIT y los republicanos. Con razón la AIT fue debilísima en Jerez.

Lafargue acabó ganando para sus ideas (las de Marx y del Consejo General de la AIT) a la mayor parte de la redacción de la revista madrileña de la AIT, incluyendo a un joven ferrolano de 20 años llamado Paulino Iglesias. Ellos sí defendieron orientarse hacia el partido republicano y eso fue causa de un ataque furibundo de los bakuninistas, que debilitó al conjunto de la AIT española, en el marco del enfrentamiento general que se dio en la Internacional.

La AIT, con una política correcta podría haber tenido un efecto en las masas de la izquierda republicana a la hora de haber orientado las grandes movilizaciones subsiguientes con un programa que hubiera podido organizar y nuclear a las masas republicanas. En un país donde el campesino suspiraba porque le devolvieran las tierras robadas por los ricos, una consigna clave (como en Rusia en 1917) hubiera sido la del reparto entre los campesinos de las tierras procedentes de la desamortización de la Iglesia y de las tierras comunales apropiadas previamente por los grandes propietarios, además de la condonación de la deuda del Estado, la expropiación de los ricos y la organización del pueblo trabajador para la defensa de la revolución.

Persecución de la Internacional

1871 fue el año de la Comuna de Paris, el alzamiento obrero victorioso que dominó la capital del Sena durante 70 días, convirtiéndose en el primer gobierno netamente obrero por primera vez en la historia. El latigazo de terror que sintieron las clases poseedoras fue intensísimo ante la posibilidad de que cundiera el ejemplo. La derrota de la Comuna no fue suficiente. Una vez impuesto el terror blanco en Francia, con decenas de miles de fusilados y deportados de por vida a los presidios galos de la Guayana y las islas del Índico, los gobiernos occidentales señalaron el peligro del país donde aún latía la revolución, España. No hizo falta convencer a los políticos de los partidos liberales ibéricos. Se desató una brutal campaña contra la AIT que sirvió también para atacar a la oposición republicana en general.

En el debate parlamentario, las intervenciones de Nicolás Salmerón y Pi i Margall fueron valientes, pero la de Fernando Garrido lo fue mucho más, rodeado de políticos burgueses que le interrumpieron y abuchearon:

"... Nosotros fuimos quienes recibimos el encargo de amigos del extranjero y acompañamos en octubre del citado año a internacionales de otros países para establecerla en España, poniéndolos en relación en Madrid y Barcelona con los hombres más decididos del partido republicano socialista (...) El trabajo es el fundamento de la sociedad. Todas las otras clases pueden no existir sin que deje de haber sociedad; pero no hay sociedad posible sin las clases trabajadoras...".

Garrido continuó. Llamó a los diputados conservadores "hipócritas religiosos", les recordó que Jesucristo fue comunista, que sólo la AIT protestó contra la matanza de la guerra entre Francia y Prusia. Y acabó: "...Admiro a los obreros que han fundado la Internacional y espero que esta asociación regenerará la sociedad".

División de la burguesía

El debate sobre la Internacional en las Cortes había evidenciado nuevamente la diferente manera de afrontar los acuciantes problemas de los diferentes sectores de la burguesía. El sector más reaccionario quería el aplastamiento radical de cualquier tipo de subversión, de todas las tendencias del movimiento obrero y popular, incluyendo al partido republicano como tal, que encarnaba y representaba el espíritu general de la revuelta a pesar del espíritu y programa de su máxima dirección. Al mismo tiempo, querían reforzar la guerra de exterminio que se estaba librando en Cuba contra los independentistas y los esclavos negros. De hecho, hubo contactos al más alto nivel entre Isabel II y el heredero carlista para unir sus fuerzas y a la rota dinastía con un programa común híper-reaccionario.

En el otro extremo, el empuje republicano había hecho mella en el progresismo, desgajándose por su izquierda un sector importante que constituyó el partido Radical. Frente a ellos, el liberal partido progresista, con Prim a la cabeza, entendía inteligentemente que no podía solucionar todos los problemas al mismo tiempo y se esforzaba por pactar con unos u otros para intentar dar una estabilidad política a su modelo de país. Para ello necesitaban un Jefe del Estado, un rey, cuanto antes.

El rey elegido, Amadeo de Saboya, pertenecía a la casa real que gobernaba por entonces en Italia, siendo una de sus virtudes la de no pertenecer a ninguno de los dos grandes países que se estaban disputando entonces en abierta y cruenta guerra la hegemonía de la Europa continental, Francia y Prusia. Otra cualidad positiva más era que su familia, la casa de Saboya con base en el Piamonte más industrial, tenía experiencia en haber domeñado una situación revolucionaria con claras concomitancias con el proceso ibérico.

Pero la clase dominante española, donde la oligarquía castellano-andaluza era mayoritaria, tenía una carga genética, unas tradiciones, muy determinadas, sumamente retrógradas, que estaban ligadas a unos intereses materiales basados de forma decisiva en el dominio del agro. Ya había habido choques en el propio gobierno acerca del arancel proteccionista que pedían los industriales catalanes. Los lazos de Prim, natural de Reus, con la burguesía catalana, y su búsqueda de un "término medio" en la búsqueda de soluciones para los principales problemas del país rompieron para siempre su relación con la mayoría de la burguesía agraria.

La guerra en Cuba era también una guerra de liberación social por parte de los esclavos negros. Los plantadores españoles impusieron al gobierno una guerra total de exterminio, con quema de todos los poblados de esclavos tocados por los alzados. A la primera leva de 25.000 soldados de 1869, le siguió otra de 40.000 en 1870. Miles y miles murieron de fiebres, sin médicos, ni ropa, ni equipamiento básico. El gobierno de la metrópoli se convenció de lo obvio: no tenía recursos ni soldados ni capacidad. Encima, las partidas carlistas habían empezado a resurgir en lo que podía convertirse en un segundo frente militar. Finalmente, Prim era sabedor de que la tercera guerra, la más importante, la guerra de clases, sufría sólo una relativa tregua temporal.

Horrorosa escena de un combate en las barricadas de Jerez de Valeriano Domínguez BécquerBarricadas en Jerez contra las levas para la guerra de Cuba, de Valeriano Domínguez Bécquer

El intento de Prim de conceder una cierta autonomía a Cuba, valorando la posibilidad de derogar el esclavismo, tuvo consecuencias fulminantes en la cúpula del Régimen, empezando por el apartamiento del poder del general Serrano, antiguo capitán general de Cuba, con claros lazos y negocios con la oligarquía azucarera. El historiador recientemente fallecido Josep Fontana escribió en 2007:

"...Se puede decir que fue en Cuba donde se inició la restauración monárquica con años de anticipación. Es posible que este grupo [los grandes potentados del azúcar y del tráfico colonial] tuviera participación en el asesinato de Prim, que parecía dispuesto a negociar la situación de la isla, y se sabe que contribuyó a financiar la restauración monárquica de 1874 (el hombre clave del Banco Español en la isla era precisamente José Cánovas, hermano del jefe del partido alfonsino)...".

A fines de diciembre de 1871 caía asesinado el general Prim. Se culpó en primer lugar a los republicanos, aunque Fontana estaba ya en lo cierto desde hace tiempo. Hace un año, al examinarse con detalle los restos del cadáver momificado de Prim, se comprobó que había sido rematado, estrangulado con una correa horas después del atentado, cuando era custodiado por la guardia presidencial. Muy probablemente el magnicidio (y golpe de estado) contó con la colaboración del ministro de Gobernación, Sagasta, junto con otros partidarios de los negocios cubanos, que no eran minoría en los círculos de la burguesía.

No por casualidad, fueron los republicanos a quienes se señaló por parte de los medios del poder, y no a los Internacionales de la AIT. Los más poderosos sabían que la base social de aquellos era muchísimo mayor y, en muchas provincias, la radicalidad de la misma (en la cuestión de la tierra, por ejemplo) era el principal temor que soliviantaba los ánimos.

Amadeo, un rey sin apoyos

A principios de enero de 1872 llega Amadeo I a España y le recibe, nuevamente ascendido a ministro ¡el general Serrano! que ya no se propone negociar la paz con los cubanos obviamente. El gobierno está presidido por Sagasta...

No hay espacio en las limitaciones de este artículo para explicar toda la historia, pero el nuevo rey se enfrentó a una conspiración ya en marcha de la derecha parlamentaria, la nobleza y la Iglesia (que no toleraba la libertad de culto existente desde la Revolución) para volver la escena de la historia a antes de 1868.

Precisamente es en este momento cuando definitivamente los carlistas se alzan en armas otra vez, tensando aún más la situación en todos los frentes. La reacción abierta (la de las dos familias de los Borbones) veía en el nuevo reinado de Amadeo la legalización de una situación donde había una cierta tolerancia hacia las fuerzas revolucionarias que pugnaban con más fuerza que nunca por cercenar sus privilegios. La abolición de los impuestos indirectos y la promesa, nunca realizada, de incrementar la contribución directa era intolerable para los más ricos.

La polarización política tenía su correlato en el otro lado de la sociedad. Después de tres años de crecimiento económico, recuperado el movimiento obrero y republicano de los fracasos de 1869 y 1870 y de la represión posterior, la mejora económica fortalece a la clase obrera. Da confianza al campo popular, en mitad del auge de los negocios, para exigir mejoras de toda clase, todo ello en un contexto político donde la nueva generación puesta en pie no había sido derrotada definitivamente. Así, 1872 supone un auge del movimiento de lucha. Las huelgas crecen ese año con vigor. En las elecciones de agosto de ese año, el robo de votos no pudo impedir un reforzamiento considerable del grupo parlamentario republicano (a pesar de que en varias provincias los intransigentes las boicotearon).

En el campo, el cierre de filas con los republicanos es manifiesto. Las masas centran su apoyo en la que consideran su organización tradicional, a pesar de los errores cometidos por su dirección hasta el momento. Anselmo Lorenzo, de gira por Andalucía en 1872, tendrá que constatar que en los pueblos los trabajadores oscilan "entre el socialismo y la República". Esta frase se debería aplicar a las masas más politizadas. La mayoría de los jornaleros se consideraban aún republicanos a secas, lo que en todo caso para ellos significaba igualmente "revolución y reparto de tierras".

Es enormemente significativo observar cómo en 1872, en Jaén, los republicanos alcanzan su máximo desarrollo, llegando a tener según algunas fuentes comités locales organizados en 63 de los 100 pueblos de la provincia (lo mismo sucede en otras provincias), mientras que ese mismo año en el congreso de la federación regional española de la AIT, celebrado en Córdoba, ya decididamente anarquista, los pueblos jornaleros están casi sin representación, a pesar de la cercanía física del congreso y de que la AIT aún no estaba ilegalizada. Después del congreso de 1870, realmente la AIT creció muy poco en el conjunto del territorio nacional. Junto a zonas donde fue consolidando su presencia, en otras desapareció, favorecido todo ello por la virulencia del enfrentamiento entre partidarios y detractores del Consejo General de Londres.

El país se encaminaba a una confrontación aún más abierta entre la revolución y la contrarrevolución. Clases populares contra los ricos propietarios. El monarca que iba a dar estabilidad, estaba sin programa, sin partido y sin base social.

Hacia la revolución

Las elecciones de agosto de 1872 dan una clara mayoría al partido Radical, que se convierte en el único apoyo del monarca. El incumplimiento de su principal consigna electoral (que no habría más llamamientos de quintas para la guerra en Cuba) lleva a nuevas agitaciones en el país y a la insurrección de Ferrol, iniciada por los 2.000 obreros republicanos y de la AIT del arsenal (astillero), que dominarán la ciudad durante seis días, esperando infructuosamente el apoyo desde ciudades vecinas.

El aislamiento del monarca se acentúa. Es insultado públicamente tanto por militantes de la izquierda como por derechistas. Sufre un atentado. Su imagen patética, despreciado por todos, con un partido "de centro", el radical, desangrándose a la izquierda y a la derecha, era un síntoma de la polarización definitiva a que había llegado la sociedad que se veía abocada a un combate decisivo. Finalmente, Amadeo I de Saboya presentó su abdicación en febrero de 1873.

Esta situación ¡otra vez! de ruptura por arriba de las máximas instituciones del naciente poder burgués español era una muestra terrible de la debilidad de la "criatura". De la división extrema de la clase dominante que, dividida, no sabía hasta qué punto aplicar "el palo o la zanahoria": ¿Qué problema resolver antes? ¿Hacer las paces con los carlistas para machacar a Cuba y a los revolucionarios? ¿Ilegalizar a la Internacional? ¿Y por qué no a los republicanos también?

Ante las masas, que seguían alzadas, esta situación de descomposición de la clase enemiga no podía por menos que darle más confianza e ímpetu.

"...Amadeo firme en su abdicación, el gobierno de Ruiz Zorrilla desconcertado y queriendo retrasar lo inevitable, los diputados nerviosos dentro del Congreso y el pueblo enardecido en las calles (...) Los telegramas de provincias acusaban análoga efervescencia en todo el país (...) Figueras, Castelar y otros diputados republicanos, encaramados a las ventanas del Congreso (...) se dirigen a la multitud: "No saldremos de aquí sino con la proclamación de la República o muertos". La crónica que recoge el historiador Tuñón de Lara en vísperas de la proclamación de la I República no lo dice, pero la multitud debió de empezar a aullar justo entonces.

Será motivo de un próximo artículo analizar la historia de la I República, sus vicisitudes, las causas que provocaron su dramático final, y las lecciones que podemos sacar de la misma y de todo el Sexenio Revolucionario.