Evolución de las rentas: demostración palmaria del fracaso de la política sindical actual

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Las luchas del movimiento obrero en los años 70 permitieron subir los impuestos a los ricos en mayor cuantía, elevando de manera importantísima los salarios en el reparto de la renta global de la economía. Las rentas salariales alcanzaron su máximo en 1978, en el mismo momento en que se alcanzaron los “Pactos de la Moncloa”, llegando al 55% del PIB.

La plasmación concreta del fracaso de la política sindical llevada por nuestros dirigentes sindicales viene reflejada por el conocimiento a mediados de febrero pasado de cómo, por primera vez desde los años 70, las rentas empresariales superaron por primera vez a las salariales. La evolución ha sido la siguiente:

– A finales de los años 80, para retener un 53% del valor que generaba la economía española, bastaba con 9 millones de asalariados.

– Todavía, en la segunda mitad de los años 90, la clase trabajadora superaba en 10 puntos a los empresarios en el “reparto de la tarta”, equivaliendo nuestra renta a más del 50% del PIB con poco más de 12 millones de asalariados.

– En 2007, con 18 millones de asalariados (el doble que a finales de los 80), sumábamos el 48% del PIB. La evolución de estos dos baremos demuestra cómo en el cenit del boom económico los salarios no hicieron sino bajar, manteniéndonos en base al necesario trabajo de todos los miembros de la comunidad familiar y echando un montón de horas extras.

– Ahora, con 15,7 millones de asalariados, las rentas salariales solo retenemos el 46% de la tarta.

En cambio, las rentas empresariales subieron de un 40,2% en el 2000 a un 46,2% en la actualidad.

El porcentaje que falta en “la tarta” hasta llegar al valor 100 corresponde a los impuestos (7,8%), que no hacen sino caer desde finales del 2006 a raíz de la recesión, poniendo en peligro los avances sociales de los trabajadores.

¿Qué modelo sindical se impuso?

El documento que el Consejo Confederal de CCOO aprobó el 13 de septiembre pasado, que llamaba a un “pacto por el empleo”, es una sublimación de la política sindical seguida en los últimos años por las direcciones sindicales:

“…CCOO debe emplazar a quien detente el Gobierno y a quien esté en frente de la representación empresarial a negociar las políticas y medidas a implementar en el futuro, sorteando cualquier tentación de instalarnos en la lógica de la confrontación (…) El conflicto mal planteado, por su oportunidad, por lo maximalista de sus reivindicaciones, por su capacidad para conectar o no con  las preocupaciones de la mayoría de la sociedad, por el escaso trabajo divulgativo y de organización, etc, también puede debilitarnos (…) [hay que] prorrogar la vigencia del AENC [el pacto de limitación salarial anterior, finalmente prorrogado y ampliado hace pocas semanas]. La situación actual es tan delicada que el sindicato no puede eludir sus responsabilidades. La economía española sigue en una delicada situación (…) La ampliación del acuerdo (…) puede sin duda contribuir a ese objetivo. Una política tal de crecimiento moderado de los salarios debe ir acompañada de un compromiso empresarial de control de precios y en su caso de reinversión en el tejido productivo de parte del excedente empresarial (…) Proponemos un gran ‘pacto por el empleo’ (…) Un pacto como el propuesto debe verse acompañado de un pacto fiscal que apueste por la suficiencia financiera y permita una redistribución de las cargas impositivas de forma equitativa (…) favorecer una reforma del sistema financiero español, cuyo objetivo no puede ser otro que el crédito vuelva a fluir…”.

Este documento vale igualmente para otros con una filosofía parecida aprobados por la dirección de UGT. De hecho, sobre esta base, se alcanzaron los desgraciados pactos en enero a que llegaron los dirigentes de UGT y CCOO con la CEOE.

Pues bien, estas pretensiones se demostraron ilusorias, en lo que respecta a los “compromisos” del capital (igual que en los “Pactos de la Moncloa” a finales de los años 70 nos intentaron vender): la reforma financiera va a seguir posibilitando que se aporten decenas de miles de millones de euros de recursos públicos para sanear una banca ya totalmente privatizada; el crédito sigue y va a seguir cerrado (siguiendo las palabras de Botín); la inversión empresarial descendió el año pasado y va a hacerlo mucho más este año…

Frente a la agresividad actual de los capitalistas, el modelo basado en el ‘pacto’, el ‘consenso’ y la participación y asunción de responsabilidades en la ‘gestión  del sistema’ ya ha demostrado sobradamente QUE NO NOS SIRVE A LOS TRABAJADORES.

Es una falacia que la reducción de las rentas salariales posibilite el que, con más recursos para los empresarios, se hagan las inversiones necesarias para que creen empleo. La prueba es que la renta de los empresarios no ha hecho sino crecer. Sin embargo, en los últimos cuatro años tomados como conjunto la inversión decayó, y ahora va a hacerlo aún más.

Por eso, ningún retroceso social ni ninguna limitación de nuestros salarios favorece nada pro­gresivo para los trabajadores, por mucho que se quiera disfrazar de “realista”, al contrario.

En resumen, la lucha de la clase trabajadora española, contenida por nuestros dirigentes sindicales y políticos tras los “Pactos de la Moncloa”, sí permitió alcanzar su máximo en el “reparto de la tarta” en 1978 y el que se comenzara a poner las bases de un mini estado del bienestar. La política de “consenso” y “pacto”, “gobierne quien gobierne”, solo garantizó retrocesos sociales de fondo y pone en peligro las conquistas sociales. Lo que se impone es volver al sindicalismo de combate de los años 70, teniendo como horizonte la transformación de la sociedad.

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