“Este país es para los hijos de los dueños”: Modelo 77, historia de los presos en lucha en la Transición

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La película Modelo 77, del director Alberto Rodríguez Librero, ha sido una de las triunfadoras de los Premios Goya, llevándose cinco estatuillas para su apartado técnico. Pero además de su indudable calidad formal y su fuerza narrativa, la película nos acerca uno de los episodios menos conocidos de la Transición: la rebelión de los presos sociales organizados en la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL).

Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971) no sólo destaca por su nivel de maestría en el oficio fílmico; desde los tiempos de Eloy de la Iglesia, no ha habido otro director español que se adentre con tanta precisión en los entresijos del régimen burgués español y en especial del aparato del Estado. Varias de sus mejores películas, escritas en sociedad con el guionista Rafael Cobos (Sevilla, 1973), nos ofrecen, bajo la forma de historias policíacas o de espionaje1, un retrato certero del régimen actual y en especial del pacto de la Transición que le dio origen. La Transición es el trasfondo de su obra maestra La Isla Mínima (2014), en el que la pareja de policías que la protagoniza, uno demócrata y el otro franquista, simboliza a la perfección el pacto de silencio y olvido en el que se basa el régimen del 78.

En Modelo 77 (2022) Rodríguez y Cobos vuelven sobre el periodo de la Transición para contarnos la terrible realidad de la Cárcel Modelo de Barcelona en los años 70 y para, a través de sus protagonistas, narrar la historia de la lucha de los presos sociales organizados en la COPEL.

Qué fue la COPEL

A la muerte de Franco, la población reclusa en el Estado español era de 8.440 personas. Junto a los presos políticos de las organizaciones obreras, existía una masa de presos comunes que provenían, como siempre, de las capas más pobres y desesperadas de la sociedad. Muchos cumplían condena o esperaban juicio por delitos contra la propiedad, y otros por los falsos delitos recogidos en la Ley de Peligrosidad Social de 1970, heredera de la anterior Ley de Vagos y Maleantes, que penalizaba conductas como la homosexualidad y el consumo de drogas. El régimen de las cárceles era de absoluto terror, con castigos brutales y pésimas condiciones de alimentación e higiene, dirigido por unos directores y funcionarios en su mayoría militantes o simpatizantes del régimen y de las nuevas fuerzas de ultraderecha.

La situación revolucionaria en las calles acabó penetrando en las cárceles. Muchos presos comunes tomaron conciencia de que su situación derivaba de un sistema social injusto y de unas leyes fascistas que condenaban la pobreza y la diferencia. Un símbolo de esta toma de conciencia es el rechazo al término “presos comunes” y la adopción del de “presos sociales”, más adecuado a su situación. Después de que las sucesivas amnistías dejaran de lado a los presos sociales, estos se organizaron por iniciativa de varios grupos de presos anarquistas para levantar un movimiento que obligara al estado posfranquista a hacer extensiva la amnistía también a los presos sociales. Nace de este modo la Coordinadora de Presos en Lucha, que en su manifiesto fundacional de diciembre de 1976 lanza sus reivindicaciones fundamentales concentradas en cinco puntos:

Motín Carabanchel julio 1977

Motín de la cárcel de Carabanchel, julio de 1977.

1. Amnistía total sin exclusiones: presos políticos y sociales a la calle.

2. Desaparición de jurisdicciones especiales: ley de peligrosidad social, bandidaje y terrorismo, salud pública, tribunales militares.

3. Depuración de jueces, magistrados, fiscales, policías y funcionarios de prisiones franquistas.

4. Reforma profunda del Código Penal y Ley de enjuiciamiento criminal con participación popular.

5. Abolición del reglamento de prisiones y demás instituciones penitenciarias de la dictadura franquista.

La lucha de la COPEL pronto se encontró con la inflexibilidad del gobierno y de Instituciones Penitenciarias, que respondieron a la movilización de los presos con represión y torturas, incluyendo el asesinato del militante anarquista y miembro de la COPEL Agustín Rueda. La COPEL contó con una rede de apoyo exterior que incluía abogados y grupos de solidaridad, fundamentalmente anarquistas. Dentro de las cárceles, la necesidad de llamar la atención sobre la situación de los presos y la lucha emprendida llevaba a la adopción de métodos extremos como autolesiones, huelgas de hambre y motines como los de la cárcel de Carabanchel y la Modelo de Barcelona del 19 de julio de 1977, que pronto se extendieron a otras cárceles del Estado y que supusieron el momento álgido del movimiento2.

En su periodo de auge, la COPEL consiguió elevar el nivel de conciencia de buena parte de la población carcelaria, expulsando a chivatos y violadores de las galerías que controlaba la organización y logrando temporalmente un cierto grado de autogestión por parte de los presos. Pero finalmente la represión, que incluyó el traslado de sus principales dirigentes al penal del Dueso, la introducción masiva de heroína en las cárceles y la certeza de que la amnistía reclamada no iba a llegar, terminaron por desmoralizar y dar al traste con el movimiento. La COPEL finalmente se disolvió en 19793.

La lucha de la COPEL fue tristemente ignorada por la mayor parte de la izquierda en aquel momento, tal vez por la filiación anarquista de sus dirigentes, tal vez por el conservadurismo de unos aparatos, especialmente el del PCE, que no consideraban relevante un movimiento de homosexuales y delincuentes. Sin embargo, la lucha de la COPEL es un ejemplo de que, en una situación revolucionaria como la que vivía la España de los 70, incluso parte de los sectores desesperados y desclasados de la sociedad pueden elevar su nivel de conciencia y su dignidad como seres humanos y ponerse al lado y no enfrente del movimiento obrero.

Historia a través del cine

El vehículo de este soberbio ejercicio de memoria histórica es la historia de Manuel (Miguel Herrán), un contable preso por un desfalco promovido por el hijo de su jefe (de cuyas consecuencias por supuesto se libra éste último) y Pino (Javier Gutiérrez), un veterano atracador, duro y descreído, que en el transcurso de la lucha descubrirá en sí mismo una dignidad personal y una esperanza que creía perdidas. A su alrededor se desarrolla la historia del desarrollo de la COPEL en la cárcel Modelo, de su lucha y de la brutal represión que tuvo como respuesta.

El retrato de la población reclusa de los 70 está reforzado por los personajes de El Negro (Jesús Carroza), un inmigrante andaluz, vecino de Manuel en las barracas de Montjuïc y preso por pequeños robos, y El Marbella (Fernando Tejero), un elemento más peligroso, prácticamente un mafioso, que sin embargo irá paulatinamente acercándose a la COPEL y modificando su actitud hacia los demás presos. La red de apoyo exterior está representada por el abogado de COPEL Arnau (Javier Beltrán) y por la joven activista Lucía (Catalina Sopelana), hermana de la ex pareja de Manuel. Lucía será para Manuel un nexo con el exterior y su recuerdo lo reconfortará en sus peores momentos4.

Desde el mismo momento de su ingreso en prisión, Manuel chocará con el sistema carcelario, lo que le costará violencia por parte de los funcionarios y acoso por parte de los chivatos liderados por El Marbella. Su carácter y su cualificación profesional pronto llamarán la atención de los impulsores de la COPEL en la Modelo, que contarán con él para arrancar el trabajo de agitación copiando y lanzando los primeros panfletos. De alguna manera, Manuel y Lucía simbolizan a las capas jóvenes y frescas de la clase trabajadora que fueron punta de lanza de la lucha antifranquista desde el momento en que ponían el pie en la fábrica o la Universidad. Pino, por su parte, simboliza a las capas más veteranas y golpeadas por los años de derrota y de represión, pero que, inspiradas por los jóvenes, vuelven a confiar y a involucrarse en la lucha.

Toda la película está rodada, como es marca de la casa, con un realismo y una concisión aplastantes, huyendo de efectismos y de cualquier sentimentalismo. Las escenas del motín y de la represión posterior son el momento culminante de la película. Alberto Rodríguez es tal vez el director español actual que mejor retrata la violencia, tanto la explícita y puramente física como la implícita en los gestos y en las miradas. Rodríguez arranca de sus actores unas interpretaciones de una intensidad abrumadora con el mínimo de gestos y palabras; una parquedad y un hieratismo que parecen inspirados por otro gran autor sevillano, el dramaturgo Salvador Távora.

Motín Modelo Barcelona, julio 1977

Motín de la Cárcel Modelo de Barcelona, julio de 1977.

El descenso a los infiernos de Manuel y Pino tras el motín, en un periplo de traslados, aislamientos y torturas, es análogo al descenso del propio movimiento obrero desde el verano del 77, cuando la traición abierta de las direcciones de la izquierda bloquearon las aspiraciones de las masas de un verdadero cambio social y una verdadera ruptura con la dictadura; ruptura que, como muestra la película, no llegó a darse en ningún ámbito y menos aún en la cárcel. Pero la respuesta digna y valiente de nuestros protagonistas es análoga también a la del propio movimiento obrero que, pese a la traición, no cejó en su lucha reivindicativa e hizo de un año de reflujo como 1979 el año con más horas perdidas por huelgas de la historia de España. En la última entrevista con el abogado de la COPEL, Manuel resume sus conclusiones tras esos meses de lucha: “Nada va a cambiar, este país es para los hijos de los dueños”.

Al final, la derrota colectiva forzará a los protagonistas a buscar la salida individual en forma de plan de fuga, como pasó con tanta gente que abandonó las organizaciones obreras y de la izquierda desencantada tras el pacto de la Transición. Sin embargo, incluso la salida individual de la fuga es planificada en común y de forma solidaria, siguiendo la máxima de Pino de que “el derecho de todo preso es fugarse”.

El final es más feliz para nuestros protagonistas que el que tuvo la Transición para la clase trabajadora; aun así, deja el regusto amargo de la derrota colectiva aunque el individuo logre seguir adelante. Eso sí: pese a la derrota, la impronta de aquellos años extraordinarios de lucha quedará indeleble en el carácter de los que la vivieron. Modelo 77 no es sólo un homenaje a los olvidados luchadores de la COPEL, es un homenaje a toda esa generación que luchó contra el franquismo y que fue traicionada y vendida por sus dirigentes. Modelo 77 es cine de gran altura que muestra como los más oprimidos y pisoteados pueden alzarse en una lucha revolucionaria.

 

 

1A destacar Grupo 7 (2012), basada en un hecho real de corrupción policial ligada al narcotráfico en la Sevilla anterior a la Expo 92, y El hombre de las mil caras (2016) que narra la historia real de la fuga del ex director general de la Guardia Civil Luís Roldán y de las maquinaciones del agente de inteligencia Francisco Paesa. Rodríguez y Cobos se retrotraen incluso a la génesis del capitalismo español y global en su magnífica serie La Peste (2018-2020), situada en la pujante y corrupta Sevilla del siglo XVI.

2El motín de la Modelo tendrá su reflejo poco después en el cine, en la película Perros Callejeros 2: busca y captura, de José Antonio de la Loma, y en el cómic en varias historietas de Makinavaja, de Ramón Tosas “Ivà”.

3El Cine Quinqui de los 70-80 reflejó con realismo la realidad carcelaria heredada de la dictadura, pero debemos tener en cuenta que la realidad que reflejan películas como Perros Callejeros 2 o El Pico 2 es la de la cárcel posterior a la derrota y desaparición de la COPEL y a la introducción masiva de la heroína, que empeoró aún más la situación.

4Juntos, Lucía y Manuel protagonizan el soberbio último plano de la película, que pasará a la historia del mejor cine español.

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