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El artículo de Julio Anguita, Manolo Monereo y Héctor Illueca, “¿Fascismo en Italia? Decreto dignidad”, ha generado una enconada polémica sobre la naturaleza del nuevo gobierno italiano. Italia está provocando no pocas jaquecas a la izquierda española. La soflamas y piruetas de Di Maio y Salvini están seduciendo a unos pocos y soliviantando a muchos. Entre pasiones tan febriles, bueno sería recurrir a la aspirina del marxismo, que nos ahorraría muchos dolores de cabeza.

Según Anguita, Monereo e Illueca, el decreto de la dignidad aprobado por el parlamento italiano empieza a revertir veinte años de ataques a los derechos laborales, protagonizados tanto por la derecha como por el centro izquierda del Partido Democrático, en particular por el gobierno de Matteo Renzi. Centrándose en “datos y hechos”, y no “en intenciones” (algo propio sólo de “pobres mentes que carecen de argumentos racionales”), explican que la ley “supone un cuestionamiento de los principios que inspiran la construcción neoliberal del mercado europeo”. Asimismo, “fortalece la posición de poblaciones laborales completas que hasta ahora asistían impotentes a la degradación sistemática de sus condiciones de vida”. Es un avance progresista que despeja cualquier duda de que este gobierno sea fascista, término “banalizado” en exceso por la izquierda “cosmopolita”. En definitiva, “la importancia del Decreto Dignidad no puede ser ignorada”. Ciertamente, este artículo ha conseguido que este acontecimiento “no sea ignorado”, generando una acalorada polémica. Los autores no dicen, sin embargo, qué debe hacer la izquierda con este decreto más allá de “no ignorarlo”. 

En un artículo sucesivo, los tres autores desarrollan sus vagas exhortaciones a “no ignorar” esta ley. Detrás del decreto de la dignidad yace “una gran alianza político-social que expresa la ira acumulada por la gestión neoliberal de la crisis””. El auge de Salvini es fruto del fracaso de “una izquierda que se hizo neoliberal y ya no es capaz de entender a su pueblo”. Ha sido, pues, la Lega y el Movimento 5 Stelle (M5S) quienes han entendido a su pueblo y “canalizado las energías de cambio latentes”. Sí es cierto, matizan, que hay “divergencias y contradicciones” en el seno del nuevo ejecutivo, como la “política migratoria” de Salvini. Pero estas discrepancias son naturales, pues “reflejan la complejidad de su base social”, dividida entre el “pequeño y mediano empresariado” del norte y “las clases subalternas” del sur, con intereses un tanto diferentes pero unidos en su común rechazo a Bruselas. El racismo exacerbado de Salvini y su esfuerzo sostenido por generar una guerra entre pobres y cebarse con los refugiados y migrantes es barrido bajo la alfombra por nuestros autores. Concluyen:   

"Se acabó el tiempo del europeísmo ingenuo y evanescente. Se acabó el tiempo de “más Europa”. La clave, se quiera o no, es la contradicción cada vez más fuerte entre los partidarios de la globalización neoliberal y aquellos que, con más o menos conciencia, defienden la soberanía popular y la independencia nacional y apuestan por la protección, la seguridad y el futuro de las clases trabajadoras." 

Es, en definitiva, un llamamiento, un tanto equívoco en su contenido pero entusiasta en las formas, a convertir la defensa de la “soberanía popular” y la “independencia nacional” y la oposición a la UE y a la “globalización neoliberal” en el eje de la política de la izquierda. 

Matteo Salvini Cena di gala 30 anniversario Lega Nord Bergamo

“Datos y hechos” 

El gran filósofo escocés del siglo XVIII, David Hume, decía que es imposible saber a ciencia cierta si saldrá el sol mañana, pues, incluso aunque esto haya pasado todos los días hasta hoy, no tenemos ninguna prueba de que esto tenga que ocurrir mañana necesariamente. Hume era un extraordinario pensador que llevó el escepticismo al extremo en la revolución contra la superstición religiosa que supuso la Ilustración. Anguita, Monereo e Illueca nos invitan a hacer caso sólo a “datos y hechos” y a evitar vaticinar desarrollos “absolutamente impredecibles", haciendo gala de un escepticismo parecido, dirigido en esta ocasión no contra la superstición religiosa sino contra un análisis de clase e histórico de las “intenciones” del nuevo gobierno italiano, empresas propias “de pobres mentes”, y, en definitiva, contra todo sentido común de la izquierda. 

El problema es que cuando has analizado suficientes “datos y hechos”, van empezando a aparecer patrones, que a su vez te hacen ver los datos con los que partiste bajo otra luz. En primer lugar, cabría fijarse en el decreto dignidad con una lupa más potente y una cabeza más sobria que la de nuestros eufóricos amigos. Este supuesto varapalo a “los principios que inspiran la construcción neoliberal del mercado europeo” tiene la audacia de limitar los contratos temporales de tres a dos años y la renovación de contratos temporales de las actuales 5 veces a 4 (¡qué audacia!). Poco les costará a los empresarios encontrar a otros jóvenes dispuestos a ser explotados en un país en el que el paro juvenil supera el 30%. Además, el decreto reintroduce en algunas industrias el viejo sistema de cupones de consumo para pagar los salarios (que Renzi tuvo que eliminar bajo presión de los sindicatos). En la práctica, el decreto dignidad reduce la lucha contra la deslocalización a multar a empresas de más de mil trabajadores que hayan recibido ayudas públicas en los últimos diez años. Por otra parte, más allá de un ligero aumento de la indemnización por despido, no se toca el controvertido Jobs Act del PD, que liberalizaba los despidos y que Di Maio anatemizó durante la campaña electoral. Tampoco trata otros problemas candentes de la campaña electoral, como las falsas cooperativas o las externalizaciones para evadir impuestos y saltarse la legislación laboral. Anguita, Monereo e Illueca por otra parte no mencionan la renta mínima, propuesta estrella de Di Maio. Pero esta omisión no ha de sorprendernos, porque esta promesa ha sido rebajada a una mera prestación por desempleo que exige a cambio realizar trabajos municipales. Para más inri, esta prestación será financiada con una amnistía fiscal parecida a la de Montoro. Como en la fábula de Esopo, aquellas montañas que daban señales de enorme convulsión y despertaron las expectativas de los lugareños, acaban pariendo un mísero ratoncillo. 

Pero veamos otros “datos y hechos” bastante elocuentes. La deuda pública del gobierno italiano es de un 132% del PIB, muy superior a la de España. Para apaciguar a los adalides de la “independencia nacional”, cabe señalar que mayoría de esta deuda está en manos de inversores patrios, sólo un 35,6% pertenece extranjeros (la tasa más baja de Europa). El déficit previsto para 2019 es de un 3%, tope que Salvini ha prometido respetar e incluso rebajar a un 2% para contentar a los mercados. En los últimos años, la sostenibilidad de esta deuda ha dependido del Banco Central Europeo, que llegó a comprar entre 9 y 12 mil millones de bonos del tesoro en el punto álgido de la expansión cuantitativa, cifra reducida hoy a 3,5 mil millones. El BCE tiene previsto cerrar el grifo el año que viene, e Italia deberá financiar su déficit en los mercados, exponiéndose a intereses altos y fluctuantes. Al mismo tiempo, una de las medidas claves de Salvini y la Lega (que Anguita, Monereo e Illueca no mencionan) es el impuesto simplificado a la renta del 15-20% y la eliminación de los cinco tramos actuales, algo que socava el principio progresivo de los impuestos y beneficia netamente a los ricos. Lo cierto es que la deuda italiana y la determinación de recortar impuestos empuja inevitablemente al nuevo gobierno a continuar las políticas de austeridad. La amnistía fiscal que prepara es un intento desesperado de recaudar calderilla para parchear durante un tiempo el abismo entre gastos e ingresos. 

La crisis de la deuda y la austeridad en Italia se enmarcan en el contexto de la crisis histórica del capitalismo italiano, lastrado por la baja productividad, el dominio de la pequeña empresa y un bajo nivel de inversiones. Entre 2001 y 2016 la economía italiana creció tan sólo un 4%, muy por debajo del resto de países europeos. Su productividad creció sólo un 0,14% anual; de los países de la OSCE sólo a Grecia le fue peor. El capitalismo italiano es el hombre enfermo de Europa. La burguesía del país transalpino se ve obligada a apretar las tuercas a la clase obrera para seguir siendo competitiva, no por su ideología “neoliberal” o por los malvados dictados de Bruselas, sino por las leyes inexorables del capitalismo en un país en crisis.  

En lo que respecta al supuesto “cuestionamiento” de la “globalización neoliberal”, poco podrá hacer este gobierno cuando un 31% del PIB italiano procede de las exportaciones (en 1960 era sólo un 12,5%), la mayor parte de las cuales van a Alemania y a Francia. En general, la industria italiana depende de cadenas producción y suministro que se extienden más allá de sus fronteras, recorren el planeta entero y la atan de pies y manos al mercado mundial.   

En definitiva, lo que muestran los “datos y hechos” es que la deuda, y la interconexión de la economía italiana con el resto del mundo, actúan como una camisa de fuerza a cualquier intento de romper con la “globalización neoliberal” y de fortalecer la “posición de poblaciones laborales completas”. La histeria de la burguesía italiana ante las reformas limitadísimas del decreto dignidad muestra que cualquier avance significativo para la clase trabajadora se topará con la oposición frontal de la gran propiedad privada. El pánico de la burguesía italiana no parte de su filosofía neoliberal, sino de su necesidad imperiosa de aumentar la explotación de los trabajadores italianos para hacer frente a su declive histórico. Tienen miedo no a Di Maio y al “decreto dignidad” como tal, sino a las expectativas que su demagogia puede despertar de que se pueda dar marcha atrás en el sendero de la austeridad. 

Un enfrentamiento real con la precariedad, la deslocalización y con la austeridad promovida por la UE empujaría a una lucha generalizada contra el sistema capitalista en su totalidad. Y la pregunta es, ¿está dispuesto realmente el nuevo gobierno italiano a plantar cara a la burguesía italiana y a la UE? No queremos “juzgar intenciones” como hacen las “pobres mentes”. Basémonos pues en “datos y hechos” y dejemos que responda a esta pregunta Giovanni Tria, ministro de economía del gobierno de Di Maio y Salvini. “La posición del gobierno es nítida y unánime. No está en discusión ningún proyecto para salir del euro. El gobierno está decidido a impedir de cualquier manera que se materialicen las condiciones que empujen a la salida.” (Corriere della sera, 09/06/2018) 

Hasta cierto punto es cierto, como señalan Anguita, Monereo e Illueca, que el decreto de la dignidad representa la primera ley en décadas que amplía derechos (aunque de manera muy restringida) para la clase trabajadora en vez de recortarlos. Aunque hay que matizar que bajo presión de la central sindical CGIL, Renzi tuvo que realizar algunas reformas superficiales como la eliminación de los cupones. Sin embargo, las leyes del capitalismo, y las propias contradicciones entre el M5S y la Lega, se harán sentir sobre el gobierno italiano y lo empujarán a seguir recortando y atacando derechos. Lo que otorguen por un lado lo tendrán que quitar por otro con creces. Porque gestionar el capitalismo implica también gestionar sus crisis. 

Hay otro decreto que ha pasado desapercibido por la izquierda española y que “no debería ser ignorado”. El gobierno de Vladimir Putin, poco sospechoso de ser un defensor de la “globalización neoliberal y cosmopolita” o un vasallo de Bruselas, acaba de aumentar la edad de jubilación en cinco años (de 60 a 65 años para los hombres, y de 55 a 60 años para las mujeres). Uno puede colgar todas las banderas que quiera, puede hacer alardes de “independencia nacional”, puede berrear contra la globalización e incluso contra el imperialismo, pero el capitalismo tiene reglas que se acaban imponiendo. 

Ni los más forofos del gobierno italiano se atreverán a decir que éste está dispuesto a romper con el capitalismo o de avanzar en esa dirección. Ya tenemos bastantes “datos y hechos” en este sentido, con la represión de diversas huelgas como la de COOP Florencia, cuyos piquetes fueron dispersados por una policía indistinguible de la de Renzi. La tarea de un marxista no es aplaudir los brindis al sol de Di Maio, sino explicar pacientemente que, en un contexto de crisis profunda, sus promesas sólo se pueden realizar con métodos revolucionarios, y esperar a que la realidad muestre en la práctica a los votantes del M5S la vacuidad e impotencia de este partido. 

“La globalización” 

Inspirados por el heroísmo de Di Maio y Salvini, los compañeros Anguita, Monereo e Illueca se postulan como defensores de “la soberanía popular” y la “independencia nacional” contra la “globalización neoliberal”. ¿Qué es esta globalización neoliberal de la que tanto se habla? Ya en 1847, Marx y Engels explicaron que el capitalismo tiene la necesidad de expandirse por el globo, conquistando nuevos mercados y profundizando la explotación de los antiguos, y dando “al consumo de todos los países un sello cosmopolita”, “destruyendo los cimientos nacionales de la industria entre los lamentos de los reaccionarios”. Setenta años más tarde, Lenin adaptó estas conclusiones al contexto de la gran guerra imperialista de 1914-18. La furiosa competencia decimonónica había dado lugar a gigantescos monopolios entrelazados por el capital financiero y apoyados en poderosos Estados militaristas, que las distintas burguesías usaban como ariete para luchar por unos mercados cada vez más saturados por la sobreproducción inherente al sistema. La estrechez del Estado-nación para asimilar las extraordinarias fuerzas productivas acumuladas por el capitalismo empujaban al imperialismo, a la repartición violenta del mundo por un puñado de potencias. 

La interpenetración de la economía mundial, en curso desde hace más de doscientos años, no responde sólo al imperativo del mercado de crecer para sobrevivir. Esencialmente, es la consecuencia del desarrollo tecnológico, que exige economías de escala cada vez más centralizadas e interconectadas, a nivel nacional y mundial, imposibles en las economías fragmentadas y atrasadas del Medievo, pero indispensables para la gran industria moderna. Es una banalidad decir que una mayor centralización económica acarrea una mayor centralización política. La integración de los pequeños reinos, condados y principados feudales al Estado-nación responde a esta tendencia. La formación de instituciones supranacionales como la UE son un paso más en este camino. Sin embargo, este proceso progresista es incapaz de avanzar de manera sostenida bajo el capitalismo, en el seno del cual reviste formas reaccionarias. Si durante los años de bonanza fue posible una cierta integración europea, la crisis hace surgir tendencias centrífugas y desenmascara el carácter reaccionario de la UE como herramienta de la burguesía europea en general, y de la burguesía más fuerte del continente, la alemana, en particular. 

A Marx, Engels y Lenin no se les ocurrió responder a estas verdades enarbolando la bandera de la “independencia nacional” y la “soberanía popular”, sino de la revolución mundial y de las Internacionales obreras. El comunismo no rechaza la “globalización”, antes al contrario, la refunda sobre bases nuevas y racionales, las de la economía planificada internacional, que reviertan en la paz, la prosperidad y el bienestar de la humanidad. Querer volver a la “independencia nacional”, lo que presuntamente, si somos materialistas, quiere decir concentrar la producción en los Estados-nación, es querer rebobinar el reloj de la historia, una empresa (literalmente) reaccionaria y abocada a la tragedia (o a la farsa). Tener que explicar este ABC es bastante bochornoso. Anguita, Monereo e Illueca podrían dejar de lado un momento a Walter Benjamin y desempolvar sus viejos ejemplares del Manifiesto Comunista. Si son honestos, se sentirán identificados con lo que decían Marx y Engels sobre los socialistas pequeñoburgueses:

"Este socialismo no tiene más aspiración que restaurar los antiguos medios de producción y de cambio, y con ellos el régimen tradicional de propiedad y la sociedad tradicional, cuando no pretende volver a encajar por la fuerza los modernos medios de producción y de cambio dentro del marco del régimen de propiedad que hicieron y forzosamente tenían que hacer saltar.  En uno y otro caso peca, a la par, de reaccionario y de utópico."

Desde hace tiempo, el capitalismo y sus dos patas, la propiedad privada y el Estado-nación, se han convertido en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas, arrastrando a la sociedad a la guerra, la crisis y la barbarie. Resulta irónico hablar hoy de “globalización neoliberal” cuando nos encontramos en los albores de una guerra comercial y la UE se deshilacha. De hecho, estos acérrimos enemigos de la globalización van diez años a la zaga de los acontecimientos. Desde 2008 la globalización se ha convertido en su contrario. El comercio mundial, baremo del grado de integración mundial de la economía, ha caído un 3% desde 2011. Hoy, por primera vez en décadas, el comercio internacional se expande a un ritmo inferior al del PIB mundial. Síntomas todos no de una reconquista de la “independencia nacional” y de la “soberanía popular”, sino de la profunda crisis de sobreproducción del capitalismo, que empuja a las principales potencias a una lucha encarnizada por los mercados, fundamentalmente a la potencia actualmente hegemónica, los EEUU, a aislar sus mercados (el nacional y sus vasallos) del auge de China. Naturalmente, esta constatación no nos exime de librar una lucha contra la UE, órgano, como puede atestiguar el gobierno griego, del gran capital imperialista. Pero se ha de hacer sobre líneas nítidamente de clase e internacionalistas y no nacionales (es decir, interclasistas), que es la única manera de diferenciarse del euroescepticismo reaccionario de un Salvini, un Boris Johnson o una Le Pen, y, huelga decir, de desarrollar una alternativa coherente y progresista a la crisis del capitalismo europeo. Actualmente el principal peligro no es subordinarse a la maltrecha y ajada “globalización”, sino al auge del proteccionismo imperialista de Salvini, Trump, Putin y las burguesías nacionales que tratan de proteger sus mercados. 

El proteccionismo 

Los compañeros Brais Fernández y Miguel Urbán plantean una cuestión adicional importante en este debate, el proteccionismo. La chulería de Salvini ante la UE es, a su forma de ver, síntoma de una “disputa entre sectores de las clases dominantes”. El sector que representa la Lega busca “una recomposición en clave nacional” a través del proteccionismo. Es así como se debe entender el “alineamiento del Gobierno italiano con Trump y Putin frente a Merkel”. 

En general, estos compañeros tienen razón, aunque presentan la cuestión de manera un tanto vaga e imprecisa. Ciertamente, las burguesías de las potencias en declive, a la sazón EEUU y Europa, buscan proteger sus mercados, sobre todo frente a China. Resienten el “dumping” del excedente industrial chino de mercancías baratas, como el acero, en sus mercados. Aún más grave para las viejas potencias son los éxitos de China en el frente tecnológico, que amenazan con modificar las cadenas de producción mundiales en perjuicio de EEUU y Europa. De lo que se trata es de bloquear la penetración china en sus mercados y afianzar su control sobre éstos, no exactamente de una “recomposición nacional” del capitalismo. En esta empresa, EEUU y Europa no marchan del todo al unísono, y su común desconfianza hacia Pekín no excluye que se den eventuales zarpazos, dictados por la saturación de los mercados existentes. 

Es, por lo tanto, un proteccionismo que va de la mano con la intervención imperialista. Y es una tendencia que antecede a Trump y a Salvini. Ya Obama empezó a poner zancadillas a China, sobre todo en materia tecnológica, y la propia Merkel, sediciente defensora de la globalización, también lo está haciendo, aunque a un ritmo más lento y con más discreción que Trump. 

Giuseppe Conte y Donald TrumpEl primer ministro italiano Giuseppe Conte con Donald Trump

El presidente de Confindustria (la patronal italiana, equivalente a la CEOE) en las provincias de Lecco y Sondrio, de las más ricas del país, explicó de manera bastante elocuente el dilema de la burguesía europea:

Hay dos aspectos a tener en cuenta, tenemos que ver con muy buenos ojos el papel de una Europa fuerte que sea capaz de tener palabra propia y dialogar con la economía más fuerte del mundo, y sea capaz de evitar los aranceles [de EEUU]. Hasta ahora, el resultado ha sido muy bueno, las empresas europeas son libres de exportar sus productos a EEUU, la Comisión Europea está trabajando bien. Por otra parte, tenemos que entender el impacto que tienen las medidas estadounidenses sobre nosotros, porque ante los aranceles, China tratará de recuperar en Europa el espacio perdido en América y no podemos admitir ser ‘invadidos’ por mercancías chinas, esto generaría una crisis para nuestros productores. Tenemos que pensar en medidas para salvaguardarnos. (Lecconotizie, 27/03/2018) 

Este proteccionismo está intercalado con eventuales acercamientos a China, que puede hacer mella entre sus adversarios tentándoles con enormes inversiones. El propio Di Maio acaba de viajar a China para estrechar lazos. Pekín tiene puestos los ojos en el puerto de Trieste, y a pesar de las reticencias del gobierno italiano, la tentación de las inversiones chinas en el marco del proyecto One Belt One Road son a menudo irresistibles. 

Hay que evitar el impresionismo en la cuestión del supuesto enfrentamiento entre Salvini (y, según Fernández y Urbán, imaginamos, también de un sector de la clase dominante italiana) con la UE dominada por Merkel. La verdad, es que no hay evidencia de un giro euroescéptico entre la clase dominante italiana. Antes al contrario, una de las críticas más comunes de Confindustria al nuevo gobierno son sus rencillas con la UE. Y lo cierto es que, hasta ahora, el enfrentamiento de Salvini con Alemania no ha ido más allá de la retórica. Sus famosas riñas con Macron tampoco han tocado temas económicos claves, y se han centrado en la inmigración o en si profundizar o no la integración política del continente. 

La verdad es que, aunque el gran capital italiano se resienta de la competitividad del alemán, en última instancia está atado de pies y manos a éste. Puede exigir reformas parciales a la UE, puede incluso chocar con sus socios, pero no cuestionar la esencia del mercado común. Alemania es, con diferencia, el principal importador de bienes italianos (un 12,8% del total, cifra que aumenta cada año). Sí hay un sector del pequeño empresariado del norte que opera a nivel nacional, que se topa con la competencia de las mercancías extranjeras, y fantasea con la idea de salir de la UE, añorando volver a la lira. Pero estos empresarios están unidos por mil hilos al gran capital y son incapaces de seguir una línea independiente. Pueden entusiasmarse ante los discursos antieuropeos de Salvini, pero cuando se trata de la perspectiva de un choque real con Bruselas, les acaba entrando vértigo y se arrodillan ante los grandes capitalistas.  Esto ya se vio en julio, cuando las amenazas de la Lega a la UE llegaron a su punto álgido y se preparaba el decreto dignidad. Salvini recibió un toque de atención en una conferencia de la pequeña burguesía del noreste, que ve la salida de Europa como un verdadero cataclismo. Efectivamente, una encuesta de 2015 (llevada a cabo después del referéndum griego) mostró que un 95% de los empresarios del noreste de Italia están en contra de salir de la UE (Libero Quotidiano, 10/07/2015).

Siendo imposible desgajarse de la UE, el único camino que le queda al capital italiano para mantener y mejorar su deslucida posición es atacar a la clase obrera. Y la burguesía italiana tiene confianza en que Salvini y Di Maio vayan a seguir su estrategia. El presidente de Confindustria, Vicenzo Boccia, hacía gala de su optimismo hace unos días: 

“Me parece que las declaraciones de Salvini van adquiriendo una gran responsabilidad: de prestar atención a las reglas europeas, y en el marco de éstas, una visión a medio plazo…. Se empieza a tener una perspectiva mucho más clara, una atención hacia el déficit, y, añadimos, hacia el crecimiento y la competitividad… Tenemos la impresión que la acción [del gobierno] tiene un gran sentido de responsabilidad y se pone las metas correctas con el programa que busca realizar… Las declaraciones de Salvini nos dan esperanzas en el buen sentido… Es inútil seguir polemizando sobre el decreto [dignidad], ya hemos dicho lo que pensamos. Vayamos hacia delante.” (Il Sole 24ore, 05/09/2018) 

En definitiva, el proteccionismo tendrá lugar desde la UE, no en su seno. La retórica euroescéptica de Salvini es demagogia. Lo que diferencia realmente a Renzi de Salvini no es que representen sectores diferentes de la clase dominante, como insinúan Fernández y Urbán, sino el clima político y el sustrato social en el que se asientan. Es la demagogia lo que enfrenta a Salvini con Bruselas, como fue el caso con David Cameron, experiencia catastrófica para la burguesía de la que la Lega ha aprendido. Esto no quiere decir que la UE no pueda resquebrajarse como consecuencia de la profunda crisis económica que atraviesa, o al calor de futuras movilizaciones políticas y sociales. Pero esto no será en ningún caso iniciativa de la clase dominante.  

“El neoliberalismo” 

Anguita, Monereo e Illueca reprochan a sus críticos haber banalizado el fascismo. “Cuando todo es fascismo, nada lo es”, aseveran, “y se pierde la sustancia de lo que fue y significa la dictadura terrorista del capital monopolista”. Estamos de acuerdo con esta crítica y con su sintética definición del fascismo, cuestión a la que ahora volveremos. Pero antes, deberíamos aplicar esta protesta a la banalización del término “neoliberalismo” por Anguita, Monereo, Illueca y por sus propios críticos, como Brais Fernández y Miguel Urbán, que no dudan en tachar a Salvini y Di Maio de neoliberales. ¡Término utilísimo! Nos permite etiquetar a Salvini y a Renzi, a Rajoy y a Zapatero, a Donald Trump y a Barack Obama, a Tony Blair y a Margaret Thatcher, a Michelle Bachelet y a Augusto Pinochet. Pero cuando todo es neoliberalismo, nada lo es. 

¿Qué quieren decir Fernández y Urbán con neoliberalismo? Citando a Dardot y Laval, nos explican que se trata de una “nueva razón del mundo” que intenta “reorganizar toda la vida social en torno a relaciones mercantiles”. No sabemos cómo de nueva es esta razón del mundo, pero ciertamente estaba ahí en 1847 cuando Marx y Engels decían que la burguesía “no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas”. Ellos no hablaban de “neoliberalismo” sino del capitalismo y sus leyes, sus crisis, sus bonanzas y sus contradicciones, y la lucha de clases que se libra en su seno. El capitalismo siempre ha tratado de “reorganizar toda la vida social en torno a relaciones mercantiles”, es una ley que le es inherente. Sólo en periodos excepcionales y necesariamente efímeros, ante la amenaza de que la burguesía lo pierda todo, o ante una grave desorganización de la economía (ambas premisas se dieron en Europa en 1945) ha sido revertido este proceso. 

Va siendo hora de que la izquierda reconozca la absoluta inutilidad del término neoliberalismo, usado ad absurdum, que podía tener sentido en referencia a la escuela austríaca de Hayek y Mises y su entorno, pero que se desdibuja y pierde todo sentido cuando se la usa como sustituto para el capitalismo y el análisis marxista de éste. Un término tan confuso pero tan extendido no echa raíz porque sí, tiene que haber una razón política de fondo. La obsesión con el neoliberalismo desde los años noventa se explica por el pesimismo y la confusión sembrada por las derrotas de aquellos años, cuyo culmen fue la caída de la URSS, y que empujó a gran parte de la izquierda, sobre todo a los intelectuales, a abandonar la convicción en el socialismo y en el marxismo. El término neoliberalismo es complementario a este estado de ánimo derrotista, porque sugiere que hay otros capitalismos posibles, que lo que hay que combatir es una forma concreta de capitalismo, el capitalismo neoliberal, y alude a una explicación fundamentalmente subjetiva a la austeridad y al deterioro del nivel de vida de la clase trabajadora, que dejan de ser la expresión de la inevitable guerra de clases para pasar a ser una ocurrencia ideológica, que puede ser combatida con mera voluntad política. Es también una añoranza de los “años de oro” del capitalismo Occidental en la segunda posguerra, periodo excepcional fruto de una compleja combinación de factores históricos que ya no volverá, y a la que muchos reaccionarios (en la definición literal de la palabra, no queremos ofender a nadie) de izquierdas se agarran como a un clavo ardiendo. 

¿Un pueblo tiene el gobierno que se merece? 

Pero volvamos al caso italiano. Anguita, Monereo e Illueca nos explican que este nuevo gobierno representa una “gran alianza político-social” de “de perdedores que salieron con los huesos rotos de la globalización”. El actual gobierno “refleja” los intereses de “el pequeño y mediano empresariado” del norte y “las clases subalternas” del sur; de ahí las “divergencias” en su política. Coincidimos en que la base social de la Lega es la pequeña burguesía del norte, y la de el M5S, la clase trabajadora, la juventud precaria y los sectores más empobrecidos de la pequeña burguesía, sobre todo en el sur (pero no sólo). También coincidimos en que el voto al M5S, y, de manera muy distorsionada, la Lega, expresa la “ira acumulada” tras años de crisis y recortes. Tienen razón también en vincular este auge con el descrédito de una izquierda al servicio de la burguesía que ha frustrado una y otra vez las expectativas de su base social. 

Pero, ¿cómo de viable es esta alianza? Y, ¿hasta qué punto “refleja” este gobierno los intereses de sus votantes? La crisis ha abierto fisuras no sólo entre las distintas burguesías nacionales, sino que también genera asperezas entre la burguesía y sus representantes políticos. En épocas de tranquilidad social, fruto tanto de factores objetivos (un crecimiento económico lo suficientemente fuerte para elevar el nivel de vida de la mayoría, generando lealtad hacia el sistema y hacia la clase dominante) y subjetivos (las derrotas y traiciones que desmoralizan y erosionan la conciencia del proletariado), la clase dominante afianza su control sobre el Estado y sobre la política. Las elecciones se limitan a dar un beneplácito rutinario a los representantes de la burguesía. El parlamento se vuelve una mera correa de transmisión de los designios de los capitalistas. Pero en periodos de crisis, esta simbiosis entre la burguesía, el Estado y los políticos se ve sacudida. Los votantes están enfadados, se hace más difícil ganar elecciones, los políticos burgueses, antaño siervos pasivos del gran capital, ven cada vez más complicado asegurar su poltrona. Esto les hace reafirmar una cierta autonomía frente a la clase dominante, y tratar de amoldarse a la indignación popular. Esta es la base del llamado populismo. 

Los partidos de cuño populista anidan en el descontento social, pero son incapaces de llegar a la raíz de ese descontento, la crisis del capitalismo (los partidos populistas de izquierda, como Podemos o France Insoumise, merecerían una explicación aparte). Sería una verdadera locura pensar que Di Maio, por no hablar de Salvini, puede enfrentarse al capitalismo y sus instituciones y romper con éstas. Ni sabe cómo hacerlo ni, obviamente, quiere hacerlo. Incapaces de ir al fondo de los problemas, estos partidos se ven abocados a las carambolas, apoyándose ora en la burguesía, ora en las masas, mezclando la verborrea contra “el establishment” con ataques feroces contra la clase trabajadora. El M5S no es exactamente un partido burgués, tampoco es exactamente un partido obrero. No es una puya gratuita tachar al M5S de formación pequeñoburguesa. Las oscilaciones, estériles y alocadas, entre el capital y la mayoría explotada son típicas de los estratos medios, separados de las clases fundamentales de la sociedad, la gran burguesía y la clase trabajadora, que son las que tienen en sus manos las palancas de la economía capitalista.   

La base del gobierno de la Lega y el M5S es demagógica, porque es incapaz de resolver ninguna cuestión fundamental, su programa es aria fritta, aire frito, como dicen los italianos. Esto implica que la “gran alianza político-social” entre la pequeña burguesía del norte y “las clases subalternas” del sur que reivindican Anguita, Monereo e Illueca, ese “nuevo bloque histórico”, del que hablan Alberto Tena y Giuseppe Quaresma en otro artículo, tiene pies de barro. Y cuerpo de barro también. Lo que vienen a decir Anguita, Monereo e Illueca es que este es un bloque social duradero, y que el gobierno refleja sus intereses de manera fidedigna. En realidad, este bloque no es duradero, y sólo expresa los primeros pasos confusos de una clase obrera aletargada por las traiciones repetidas de la izquierda, pero que pronto aprenderá en base a su experiencia. 

Nuestros amigos protestan contra la izquierda que tacha a los votantes del M5S y la Lega como “trabajadores atrasados”. Pero más desprecian ellos a la clase obrera asumiendo que es incapaz de aprender, de radicalizarse y de romper con Di Maio y Salvini. Proponen la disputa a la derecha en los parámetros marcados por ésta, ante la creencia de que la clase obrera no puede romper con estos parámetros. En vez de tratar de elevar la conciencia de la clase, se adaptan a ésta en su bajamar. En vez de plegarse a la somera demagogia de este gobierno el papel de la izquierda debería ser oponerle una política de clase que señale sus mentiras y explique sus inevitables capitulaciones ante los capitalistas y la UE, para ganarse a las masas cuando se decepcionen ante las promesas frustradas. 

Por otra parte, los compañeros Brais Fernández y Miguel Urbán de Anticapitalistas presentan al gobierno de la Lega y el M5S como un caso de “transformismo”, una maniobra astuta de la clase dominante para desviar la lucha de clase hacia trochas seguras haciendo alguna que otra concesión. Si para Anguita, Monereo e Illueca el gobierno italiano expresa los deseos del pueblo, para Fernández y Urbán es un reflejo fidedigno de los designios de la clase dominante. Por desgracia, estos compañeros tienden sistemáticamente a sobreestimar la sagacidad y la solvencia de la burguesía, de la misma manera que subestiman el poder de la clase trabajadora, “destruida y atomizada”, llegando a conclusiones característicamente pesimistas.  

“La izquierda que se hizo neoliberal” 

Anguita, Monereo e Illueca explican que el auge del M5S y la Lega es fruto de “una revolución frustrada” (aunque no dicen cuál). La “izquierda que se hizo neoliberal” dejó de expresar los intereses “del pueblo”, dejando un vacío político que ha sido ocupado por estas nuevas formaciones. En general, este análisis es correcto. De manera elocuente, detallan los ataques y traiciones del centroizquierda del PD, a lo que habría que añadir el papel vergonzoso de Rinfondazione Comunista en el gobierno de Prodi en 2006-2008. Pero estos compañeros tienen algo de amnesia. El PD no cayó del cielo. Nació de la costilla del partido comunista más poderoso de Europa Occidental. 

Efectivamente, Di Maio y Salvini han arraigado sobre una “revolución frustrada”. El Partido Comunista Italiano (PCI) jugó un papel decisivo en la liberación del país del fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. La guerra de liberación entre 1943-45 fue una verdadera gesta revolucionaria que movilizó a millones de obreros y campesinos contra el yugo del fascismo y del capitalismo putrefacto sobre el que se alzaba Mussolini. El poder de los partisanos comunistas en 1945 era enorme. Sin embargo, la dirección del PCI, encabezada por Palmiro Togliatti, rehusó tomar el poder, alegando la presencia de tropas estadounidenses en la Península itálica. En vez de eso, entró en una coalición con partidos burgueses llenos de fascistas reciclados y que representaban poco más que a su propia sombra. Los dirigentes del PCI se implicaron con ahínco en la construcción de una democracia capitalista. En efecto, la colaboración con los partidos burgueses no fue sólo fruto de un cálculo táctico para evitar la intervención estadounidense. Había toda una elaboración teórica para justificar la colaboración de clases del PCI. El socialismo no estaba sobre la mesa, era el momento de establecer una democracia popular, un “nuevo bloque histórico” que aunase a la clase obrera, el campesinado, la pequeña burguesía y la “burguesía nacional y progresista”, diferente de la burguesía fascista y monopolista. Y obviamente, mantener a ésta última implicaba dejar intacto el sistema de explotación y dominación capitalista. Los explotadores, se suponía, desarrollarían las fuerzas productivas de la nación en colaboración fraterna con los explotados. Más adelante, en un futuro incierto, consolidada la democracia, se podría avanzar hacia el socialismo. No era una línea muy diferente de la que hoy propugnan Anguita, Monereo e Illueca (aunque éstos ya ni hablan de socialismo), que también han bebido de la fuente del estalinismo.  

Esta línea había sido elaborada por la Internacional Comunista estalinista en 1934-35 con la teoría del Frente Popular. No era más que las ideas del menchevismo recalentadas para justificar las negociaciones y maniobras de la URSS de Stalin con las potencias imperialistas occidentales, en las que los comunistas eran usados como monedas de cambio. Previsiblemente, la “burguesía nacional y progresista” no tenía mucho interés en colaborar con los comunistas. Una vez reconducida la situación, los burgueses desecharon a los comunistas, expulsándoles del gobierno en 1947 y reprimiendo duramente al partido y a su militancia, dando lugar a un largo periodo reaccionario (la suerte de los comunistas griegos fue mucho peor, masacrados despiadadamente en 1946-49 por sus antiguos aliados). Pero eso no desanimó a los dirigentes del PCI, que tenían el consuelo de sus actas parlamentarias y las numerosas prebendas que les daba el Estado burgués. 

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Enrico Berlinguer, secretario general del PCI de 1972 a 1984

Cuando volvió a estallar una nueva crisis revolucionaria a finales de los 60 y principios de los 70, con una oleada de huelgas y protestas sin precedentes, y con los comunistas obteniendo más de un 30% del voto en las elecciones, el PCI estaba ya totalmente adaptado al Estado burgués. Previsiblemente, el partido volvió a responder a esta situación revolucionaria con un nuevo giro a la derecha. Del golpe de Estado en Chile, el PCI de Enrico Berlinguer extrajo la conclusión de que, lejos de haber tenido que enfrentarse abiertamente con los capitalistas y el Estado burgués, Allende fue demasiado radical y tendría que haber hecho más para ganarse la confianza de “la burguesía nacional y progresista”. El PCI se dispuso a alcanzar un nuevo “compromiso histórico” con la burguesía italiana representada por la Democracia Cristiana. El alejamiento del PCI de la política revolucionaria que le dio vida en 1921 era ya inexorable. El éxito de la socialdemocracia europea para gestionar el Estado capitalista suponía una tentación irresistible para la burocracia comunista. La caída de la URSS fue el colofón que llevó al PCI a cambiar de nombre y a fusionarse con un sector de la Democracia Cristiana para formar el actual PD, que tanto detestan Anguita, Monereo e Illueca. Es importante recordar esta trayectoria, de Togliatti, a Berlinguer, a Renzi, a Salvini. De la “democracia popular” al Jobs Act. De aquellos polvos, estos lodos. 

El capitalismo tiene sus leyes, en 1945 y en 2018, que se imponen independientemente de lo que uno desee. La tarea de la izquierda es explicar esas leyes a la clase trabajadora y animarla a superar el capitalismo, ofreciéndole un horizonte socialista. Hay que explicar que la “clave” no es la “contradicción cada vez más fuerte entre los partidarios de la globalización neoliberal y aquellos que… defienden la soberanía popular”, sino la contradicción entre burgueses y proletarios. Anguita, Monereo e Illueca proponen, como Togliatti, un pacto interclasista en defensa de un capitalismo “nacional” utópico, que confunde a las masas y las hace vulnerables ante la demagogia del Salvini o el Di Maio de turno. Es una rampa resbaladiza hacia la peor degeneración, de Togliatti a Salvini. 

¿Fascismo en Italia? 

Es cierto que el gobierno de Italia no es fascista, como afirman Anguita, Monereo e Illueca, y que es inútil banalizar el término. El fascismo se caracteriza por la destrucción violenta de las organizaciones de la clase obrera y de cualquier atisbo de democracia a través de la movilización de la pequeña burguesía reaccionaria. El fascismo sirve los intereses del gran capital, que, sin embargo, ha de pagar un peaje por sus servicios, dejando que la pequeña burguesía contrarrevolucionaria se adueñe en gran medida del aparato de Estado e imponga una dictadura totalitaria. Los ejemplos de Italia y Alemania son los más clásicos, pero en el periodo de entreguerras vemos elementos de esto en Hungría, Rumanía, Yugoslavia, Grecia, Portugal, España, etc. Otra característica del fascismo es que siempre toma el poder después del fracaso repetido de la clase obrera en la disputa por el poder. Es el impasse que surge tras periodos prolongados de lucha de clases, en los que ni la burguesía ni el proletariado son capaces de imponerse, lo que enloquece a las masas pequeñoburguesas y permite que se lancen a la ofensiva. Claramente, la Italia de hoy dista de ser fascista. 

Brais Fernández y Miguel Urbán, en su crítica al artículo en cuestión, dicen que “puede ser correcto” afirmar que el gobierno italiano no es fascista “todavía” (énfasis nuestro). Estos compañeros sobrerreaccionan ante la demagogia derechista de Salvini. El fascismo surge en el ocaso de una revolución. Hoy, en cambio, aunque sorprenda a las mentes impresionistas, nos encontramos en los albores de un alza en la lucha de clases (y es bien sabido que la noche es más oscura antes del amanecer). La clase obrera está fresca, todavía no ha probado su fuerza. Las bases sociales de la reacción, sobre la que se apoyó el fascismo de entreguerras, la pequeña propiedad, es hoy mucho más magra que en aquella época; la clase trabajadora, asalariada y urbana, mucho más numerosa y culta. Las conquistas sociales y democráticas de las que goza, aunque erosionadas, están mucho más arraigadas que hace ochenta años. Es, precisamente, la inmadurez y la confusión del primer despertar de la clase trabajadora, y no su cansancio y desmoralización, lo que ha dado lugar al gobierno populista y ecléctico de Salvini y Di Maio. Los acontecimientos traerán claridad, sobre todo si la izquierda, en vez de bailarle el agua al gobierno, o caer en un pesimismo paralizante, sale al paso con un programa de clase nítido y una oposición firme y activa al nuevo gobierno.

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Dicho esto, es innegable que la Lega representa un peligro grave que debe ser combatido implacablemente. Es un partido de extrema derecha racista y autoritario que, tras una crisis revolucionaria prolongada, y tras numerosos giros en la sociedad hacia la izquierda y la derecha, puede convertirse en un germen de un partido fascista. Tenemos que matar a la víbora cuando aún está en el huevo. Cierto es que actualmente la política xenófoba de Salvini no se ha diferenciado mucho de la de Renzi, excepto en la soberbia con la que exhibe su racismo y en la crueldad y arbitrariedad que introduce en las medidas estructuralmente racistas del Estado italiano. El problema es que Salvini, de manera más consciente y sistemática que Renzi, utiliza esta cuestión para dividir, asustar y confundir a los explotados. Haciendo gala de un empirismo increíblemente miope, Anguita, Monereo e Illueca creen poder separar el llamado decreto dignidad del racismo de Salvini, como quien va cogiendo florecillas de entre las zarzas. Pero, como han señalado diversos críticos, son cosas que no se pueden separar. 

¿Cuál es la naturaleza de clase del racismo de Salvini? El capitalismo actual ha alcanzado un nivel de desigualdad sin precedentes. En Italia, en los últimos veinte años, la porción de la riqueza del país detentada por el 90% más pobre ha caído de un 60 a un 45%; la del 10% más rico, ha aumentado hasta el 55% (en España los datos no son muy diferentes). El abismo que separa hoy a ricos y pobres, a explotadores y explotados, no tiene parangón. El expolio sistemático de éstos por aquéllos es tan grotesco, tan visiblemente injusto, que la clase dominante sólo puede mantener sus privilegios dividiendo y confundiendo a los explotados, enfrentando a los penúltimos con los últimos por unas migajas. 

Este es el objetivo del racismo de la Lega, un partido burgués que tiene la misión (probablemente consciente entre sus mentes más lúcidas, inconsciente entre sus cuadros más estúpidos) de generar una guerra fratricida entre pobres en líneas raciales. Esta retórica tiene especial éxito entre los pequeños empresarios y la aristocracia obrera, que tiene algo a lo que aferrarse y se apresta a ver en la transformación étnica y cultural de Italia un reflejo desfigurado de su propia proletarización, como las ansiedades y miedos que se deforman en las pesadillas. La charlatanería hueca contra la UE busca igualmente el mismo fin, desviar la contradicción fundamental, que es la agudísima división entre pobres y ricos, hacia cauces menos peligrosos para el sistema. 

En este sentido, los dirigentes pequeñoburgueses del M5S son diferentes de la Lega, pues, erigiéndose sobre los sectores más explotados de la población, tiene que hacer referencia, aunque de manera distorsionada y confusa, a la contradicción entre las clases. Combatir este racismo no es sólo un deber moral para la izquierda (que también, pues qué hay más ruin que convertir a los más vulnerables en cabeza de turco, que cebarse con refugiados y migrantes que escapan de la miseria y la guerra del imperialismo), también es un deber político. Para acabar con el capitalismo es necesario unir a la clase y hacerla consciente de su común interés, que la enfrenta con sus opresores. Esto sólo es posible con un combate tenaz contra el racismo y otras formas de opresión como el machismo. La única unidad genuina se basa en el respeto y la igualdad. Y, ¿por qué no se puede separar el racismo de Salvini del decreto dignidad? Porque Salvini busca dividir y domesticar a la clase obrera, y las míseras concesiones del decreto dignidad son la cara de la misma moneda de su racismo divisor. 

La indignidad de la izquierda 

Por último, es hora de preguntarse cómo dirigentes destacados de la izquierda española han caído en la vieja trampa del rojopardismo. Su indigna capitulación ante la demagogia del gobierno italiano es la consecuencia de su falta de fe en la capacidad de la clase obrera de transformar la sociedad y en la revolución socialista mundial. Es una izquierda que, en definitiva, ha abandonado el marxismo. Confundida por las traiciones y zigzags del estalinismo y su colapso final, incapaces de entender el largo reflujo que siguió a la caída del Muro de Berlín, se apresuraron a buscar “nuevas verdades”. Hoy, nos enfrentamos a la terrible contradicción de que ante una grave crisis del capitalismo, gran parte de la izquierda ha abandonado cualquier perspectiva socialista. Desarmados teóricamente, viviendo en el eclecticismo y la indigencia intelectual, coqueteando con el nacionalismo y con toda clase de reformismos reaccionarios, quedan embaucados por los primeros cantos de sirena de Salvini como los marineros de Ulises, y, sin nada que les ate al mástil, se arrojan por la borda hacia su perdición. Allá ellos. Que las nuevas generaciones recuperen la brújula del marxismo y dirijan a la izquierda a buen puerto.