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Elecciones gallegas: una oportunidad para echar al PP de la Xunta en medio de la mayor crisis industrial en décadas 

La década de la infamia

La era Feijóo ha supuesto 11 largos años de sufrimiento, explotación y miseria para la clase trabajadora gallega. La caricatura de autonomismo moderado y amable no es suficiente para ocultar todos los atrasos llevados a cabo, que han mermado fuertemente la popularidad de Feijóo con respecto a pasadas elecciones. 

Galiza presenta desde hace más de 30 años un saldo vegetativo negativo, con más defunciones que nacimientos. Las últimas políticas demográficas de la Xunta no han servido de nada para atajar este escandaloso problema estructural, fruto de la enorme precariedad del mercado laboral. Según Nós diario, Galiza cuadriplica la media estatal de contratos temporales, con una clara tendencia al pluriempleo. Sólo en esta última década, 80.000 jóvenes abandonaron el país. 

El desmantelamiento de la industria y del empleo estable que proporcionaba continúa a marchas forzadas, acelerado ahora por la crisis económica provocada por la pandemia. Alcoa, Endesa, Factorías Vulcano, Barreras, Meirama… son las últimas cuentas del rosario de cierres industriales que asolan Galiza y que la Xunta no ha hecho nada por evitar. 

Sin embargo, donde más ha calado la experta mano privatizadora de Feijóo ha sido en la sanidad pública. La sobrecarga de la Atención Primaria gallega, que ha sufrido un recorte del 21%, ya era conocida antes de la pandemia. Miles de profesionales llevan años encadenando contratos eventuales cada vez más precarios. Otro gobierno del PPdeG llevaría al Sergas al borde de su privatización absoluta.

En educación, el cierre de unidades públicos y la no renovación de plazas no ha cesado en todos estos años, agravándose en el ámbito rural. Una de las consecuencias más dramáticas de esto es la agonía del gallego: un reciente estudio revela que 1 de cada 4 menores de 15 años es incapaz de hablarlo, el índice más bajo de falantes de la historia.  

El 42% de los incendios del Estado español de la última década se produjeron en Galiza. La privatización del dispositivo contraincendios, con la precarización de los brigadistas, ha tenido efectos devastadores para el monte gallego. No menos culpables son la celulosa ENCE y la maderera FINSA, que han estado obteniendo jugosos beneficios de la plantación indiscriminada de eucalipto (especie no autóctona de rápido crecimiento y que supone mayor sequedad para el suelo y tiene mayor facilidad para arder) sin ningún tipo de control, todo ello subvencionado por la Xunta.

Si Feijóo tiene bastantes posibilidades de conservar la mayoría absoluta no es sino por la absoluta irrelevancia de Vox y C’s en Galiza. El hecho de que ambos partidos no consigan representación parlamentaria juega a favor del PPdeG, que se libra de la división de la derecha que sí se ha producido en otras partes del Estado español. Además, la pandemia también ha tenido un efecto conservador en las capas más despolitizadas de la sociedad ante la crisis económica en ciernes. 

Desplome de En Marea y subida del BNG: la enésima derrota del cretinismo parlamentario

El cambio más significativo se producirá sin duda en la izquierda. La última encuesta del CIS coloca al BNG en segundo lugar, que podría superar al PSdeG por primera vez en casi 20 años. La encuesta de GAD3 del 6 de marzo sigue vigente en buena medida en lo que a izquierda se refiere. Se prevé un traspaso importante de votos hacia el BNG (6 a 13-14 escaños) y una caída estrepitosa de En Marea (de 14 a 3-4). Esta última ha quedado dividida en la nueva Galicia en Común, que aglutinaría estos escaños, y Marea Galeguista, heredera de la marca y que ni siquiera lograría representación parlamentaria. El PSOE podría ganar de 4 a 6 escaños, partiendo de sus 14 actuales. 

La implosión de En Marea era la crónica de una muerte anunciada. La que fuera una propuesta ilusionante para muchos trabajadores en Galiza acabó exponiendo los peores problemas de UP en otras partes del Estado: falta de democracia interna, reformismo sin reformas, y renuncia a todas las consignas rupturistas con el Régimen del 78, incluido el derecho de autodeterminación. Política que, como está demostrado, conduce a la irrelevancia política primero, y a la cuasi desaparición después. 

Por contra, el BNG ha hecho sus deberes y ahora se erige como el partido de izquierda más radical, sobre todo a partir del acuerdo arrancado al PSOE en la investidura del Gobierno español. Frente a las medias tintas de UP-En Marea, en estos últimos años el BNG ha apoyado con decisión todos los movimientos sociales opuestos a las políticas de Feijóo. Ahora sus esfuerzos se ven recompensados. 

El mejor ejemplo de la divergencia de tácticas y resultados entre UP-En Marea y BNG lo estamos viendo en la lucha mantenida por los trabajadores de Alcoa San Cibrao, la última fábrica de aluminio primario de todo el Estado español. La planta, de orígenes públicos, fue vendida a Alcoa en 1998 por el gobierno de Aznar, que desde entonces se ha estado beneficiando del trabajo de toda la comarca y de muchos millones en ayudas públicas. Ahora la multinacional pretende desmantelarla definitivamente, destruyendo 534 empleos. 

El BNG ha apostado abiertamente por la nacionalización, mientras que UP ha pasado de pedir la intervención del gobierno del PSOE antes de la coalición, a la misma inacción que éstos una vez dentro del gobierno. Como bien señaló el diputado del BNG en el Congreso Néstor Rego, ni el marco normativo gallego, ni el del Estado, ni el de la UE impiden la nacionalización de la planta, sólo se necesita voluntad política. Y no hay rastro de la de UP desde que entraron en el Gobierno de coalición. En cambio, el BNG gana en popularidad gracias a su apoyo a los trabajadores, situándose a la izquierda de UP y En Marea. 

Vender la fábrica de San Cibrao a otro inversor, la posición del PSOE, significaría volver a hacer depender el pan de 534 familias del afán de lucro de los despachos estadounidenses. Las ayudas recibidas deben ser devueltas y la planta nacionalizada sin indemnización. La puesta bajo control de los trabajadores de la misma servirá para cubrir las necesidades del sector público, que no escasean en estas circunstancias. 

A pesar del predecible triunfo de Feijóo, las dos últimas elecciones generales han mostrado una clara tendencia hacia la izquierda del electorado gallego. En ambas el bloque de partidos de izquierda (PSOE, BNG, UP y Más País) superó en más de 100.000 votos al bloque de derechas (PP, Vox y C’s). En las elecciones de abril, el PSOE superó por primera vez en votos al PP, hecho inédito en la democracia. Si la izquierda activara y movilizara a toda su base social echándose a la calle, como hace el BNG, el apoyo a Feijóo se derrumbaría como un castillo de naipes. 

¡Echemos a Feijóo en las calles! 

La noble lucha que sostienen los trabajadores de las diferentes plantas de Alcoa muestra cómo la clase obrera gallega no está dispuesta a abandonar sus últimos modos dignos de vida antes de la emigración, la precariedad o el desempleo. Esta larga década ha sembrado la rabia entre las familias trabajadoras. Antes de la pandemia, el PPdeG recogía sus peores tempestades bajo el clamor de las movilizaciones masivas del feminismo gallego, el rearme de la lucha sindical, el hartazgo de las enfermeras precarias y la combatividad de la juventud. La crisis en ciernes radicalizará aún más a amplios sectores de la población, augurando una legislatura intensa en lucha de clases. 

Quizá uno de las mejores factores para conocer la radicalización de la clase trabajadora en Galiza es el crecimiento del sindicalismo más combativo, representado por la nacionalista CIG. Ésta ha conseguido por primera vez en su historia ser la primera fuerza en número de delegados, desbancando a UGT y CCOO. Asimismo cada vez tiene más representación en sectores clave como sanidad y educación no universitaria. 

También cabe destacar el ejemplo de la comarca de Verín (Ourense), que se ha convertido en el estandarte de la lucha contra Feijóo. Ante el anuncio del cierre del paritorio comarcal se celebró una manifestación de 10.000 personas que tumbó la resistencia de la Xunta, obligándola a reabrir el centro. En dicha movilización se fusionaron perfectamente la lucha contra los recortes con las demandas del feminismo gallego, que convocó movilizaciones de apoyo en toda Galiza. 

La lucha de Verín es uno de los tantos faros que alumbran el camino para echar a Feijóo, que no pasa sólo por las urnas. Si finalmente éste se alza con la mayoría absoluta, tendrá que gestionar una crisis económica mucho mayor que la de 2008. La mejor receta para echar al PPdeG de la Xunta son movilizaciones masivas de todos los movimientos sociales contra sus recortes, que eleven la conciencia y tumben las contrarreformas llevadas a cabo. El partido de izquierdas que entienda este descontento y sea capaz de liderarlo en las calles tendrá la llave para derrotar a Feijóo de una vez por todas. 

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