El asalto israelí en Yenín: crean un infierno en la tierra y lo llaman paz

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A partir de la medianoche del 3 de julio, una tormenta se abatió durante 48 horas sobre el campo de refugiados de Yenín (Palestina). Dejó tras de sí escenas que parecían el infierno en la Tierra. La tormenta fue provocada por una incursión del ejército israelí.

El uso simultáneo de incursiones aéreas y terrestres se combinó con un avance terrestre en el campo de refugiados y sus alrededores utilizando enormes excavadoras militares. Estas se utilizaron para destrozar todo lo que encontraban a su paso: carreteras, sistemas de agua y alcantarillado, aplastando coches y dañando edificios. Las fuerzas israelíes dispararon fuego real y gases lacrimógenos contra los hospitales locales en varias ocasiones para «expulsar» a los terroristas.

Eran escenas que no se veían en Yenín desde el asedio de 2002, hace más de 20 años, cuando la mitad del campo de refugiados quedó destruido en la operación israelí «Muro de Defensa».

Cuando las tropas israelíes se marcharon en la mañana del miércoles 5 de julio, Yenín se parecía al paisaje de Gaza tras la ofensiva israelí de 2021, con las calles reducidas a lodazales tras ser alcanzadas por bombas y misiles.

Según el ministro de Sanidad de la Autoridad Palestina (AP), trece personas murieron (once de ellas de entre 16 y 23 años) y al menos 150 resultaron heridas. De las 16.000 personas que viven en el campo de refugiados, 3.000 han tenido que abandonar sus hogares debido a los graves daños sufridos.

En un golpe de macabra ironía, el ejército israelí bautizó esta masacre con el nombre en clave de «Operación Hogar y Jardín». Estamos ante un auténtico crimen de guerra. Pero, ¿dónde estaban los gritos de indignación de los medios de comunicación occidentales?

No hubo ninguna conferencia de prensa de la presidenta de la Comisión Europea, Von der Leyen, ni del secretario general de la OTAN, Stoltenberg, condenando estos bombardeos indiscriminados. Ni siquiera la ONU se atrevió a culpar a Israel. De hecho, el Secretario General de la ONU se limitó a expresar su «profunda preocupación», afirmando que «todas las operaciones militares deben llevarse a cabo respetando el derecho internacional humanitario».

Ah, la ONU no califica esto de acto de guerra. Al contrario, se trata simplemente de una «operación militar», ¡una operación militar que no dudó en matar adolescentes! Estaremos de acuerdo en que suena mucho mejor.

Estas atrocidades dejan más claro que el agua la total hipocresía de los medios de comunicación occidentales. Ponen el grito en el cielo cuando Putin en Rusia se refiere eufemísticamente a la invasión de Ucrania como una «operación militar especial», prohibiendo la palabra «guerra», pero con respecto a Israel adoptan voluntariamente la misma fraseología del gobierno de Netanyahu.

Podemos estar seguros de que ningún tribunal de La Haya condenará jamás al gobierno israelí por estos crímenes de guerra.

Bastión de la resistencia palestina

Yenín, situada en el norte de Cisjordania, es un bastión tradicional de la resistencia palestina. En esta ciudad fue asesinada el año pasado la periodista palestina Shireen Abu Akleh. Y de nuevo en Yenín, en enero, otra incursión del ejército israelí dejó 10 muertos.

Este último ataque había sido preparado durante semanas. Imagen: Issa Amrom, Twitter.

Este último ataque había sido preparado durante semanas y precedido de una ensordecedora ofensiva mediática por parte del gobierno más derechista de la historia de Israel.

El 25 de junio, el ministro de «Seguridad» israelí, Itamar Ben-Gvir, pidió abiertamente una amplia ofensiva militar en Cisjordania: «Hay que colonizar la Tierra de Israel [y] lanzar una operación militar. Demoler edificios, eliminar terroristas. No uno o dos, sino decenas y cientos, incluso miles si es necesario».

En la retórica sionista, todo palestino es un «terrorista», incluidos mujeres y niños.

Además de satisfacer los apetitos de estos elementos extremistas, el levantamiento del cuco palestino sirve para desviar la atención de la población israelí.

Netanyahu se enfrentó durante meses a una movilización masiva contra su reforma judicial. Tras suspender temporalmente el debate sobre la ley a finales de abril por temor a una escalada de protestas callejeras, propuso reiniciar el debate en mayo. Pero con ello también se reanudaron las protestas. Dado que los líderes del movimiento son políticos burgueses, fueron capaces de encontrar un terreno común con Netanyahu en la cuestión palestina.

Este liderazgo es uno de los principales puntos débiles de las protestas, que no enfrentaban más que diferentes facciones de la clase dominante israelí.

Dividir Cisjordania

La estrategia israelí es clara: intentan acabar con la resistencia de los palestinos dividiendo Cisjordania en pequeñas zonas aisladas. A los ojos del Estado israelí, Yenín, Nablús y Ramala deben estar aisladas unas de otras, para que el ejército israelí pueda ir y venir a su antojo, desatando la máxima violencia con la menor resistencia.

Para lograrlo, cuentan con un baluarte clave de la reacción: los 700.000 colonos que viven en los territorios ocupados de Cisjordania y Jerusalén Este. A finales de junio, el gobierno autorizó asentamientos ilegales para otros 5.000 israelíes. Estos asentamientos violan directamente múltiples tratados internacionales, aunque no todos son iguales ante la ley –los amigos del imperialismo son ciertamente «más iguales» que los demás.

Estos colonos son utilizados por el ejército como auxiliares: participan constantemente en provocaciones cometiendo ataques terroristas descarados contra la población palestina. La autodefensa de los palestinos sirve entonces de excusa al ejército israelí para intervenir en los pueblos y campos de refugiados.

El presidente palestino Mahmoud Abbas es un hombre viejo y enfermo, totalmente desacreditado a los ojos de las masas. Imagen: Пресс служба Президента России, Wikimedia Commons.

Las incursiones del ejército israelí en Cisjordania también se han hecho cada vez más frecuentes debido a la profunda crisis de la Autoridad Palestina (AP). En los Acuerdos de Oslo, firmados hace casi 30 años, en mayo de 1994, se establecía claramente la función de la AP: su propósito es vigilar a los palestinos e impedir cualquier movilización de las masas. En la actualidad, la AP es incapaz de cumplir este deber.

El presidente palestino Mahmoud Abbas (también conocido como Abú Mazén), presidente de Fatah y presidente de la Autoridad Nacional Palestina, es un hombre viejo y enfermo, totalmente desacreditado a los ojos de las masas. No se han celebrado elecciones en Cisjordania desde 2006. Su gobierno sólo sobrevive gracias al crédito que le conceden Israel y Estados Unidos.

Sin embargo, para los dirigentes políticos y militares israelíes, la cuestión de qué hacer con la AP aún no tiene respuesta. Una parte de la clase dirigente, incluido Netanyahu, apuesta por la AP, porque ayuda a mantener una apariencia de estabilidad, dado que garantiza puestos de trabajo y servicios públicos a millones de palestinos.

Otros empiezan a preguntarse: «¿Cómo debe tratarse a la AP, como parte del problema o como parte de la solución?». Meir Ben Shabbat, ex asesor del gobierno para la Seguridad Nacional, hablando sobre la incursión en Yenín, declaró: «Si el objetivo de la operación es liberar la zona y luego entregarla a la Autoridad Palestina, entonces no merece la pena correr los riesgos asociados a una ofensiva tan vasta». La razón es sencilla: no se confía en la capacidad de la AP para luchar contra los grupos armados palestinos.

El ascenso de estos grupos armados, incluidas las Brigadas de Yenín y la Guarida de los Leones en Nablús, supone un verdadero cambio en la situación de Palestina. Incluso grupos como las Brigadas de Yenín, que surgieron por iniciativa de la Yihad Islámica Palestina (brazo armado de Hamás), están abiertos también a miembros de otros grupos políticos y a todos los jóvenes que quieran luchar contra la ocupación.

Estos grupos gozan de un amplio apoyo. Según un sondeo de opinión del Centro Palestino de Investigación de Políticas y Encuestas, «el 68% apoya la formación de grupos armados, como la ‘Guarida de los Leones’, y el 87% cree que la AP no tiene derecho a detener a los miembros de estos grupos».

También es digno de mención que, según el sondeo, «el 61 por ciento espera el estallido de una tercera intifada armada» y prácticamente el mismo porcentaje cree que la AP no tomará parte en ella.

Este apoyo masivo significa que, a pesar de que la fuerza militar del ejército israelí es significativamente mayor, su objetivo de erradicar por completo la resistencia armada en Cisjordania será muy difícil de alcanzar.

¡Por una nueva Intifada!

Un paso importante en la radicalización de estas capas fue el movimiento de masas que siguió al bombardeo de Gaza en 2021, que desembocó en la huelga general del 18 de mayo de ese año.

Hay toda una generación de jóvenes que nacieron después de los Acuerdos de Oslo e incluso después de la muerte de Arafat en 2004. Para ellos, Al Fatah no es la organización que sus padres o abuelos conocieron. Para ellos, ya no simboliza la resistencia contra la ocupación. En su lugar, Al Fatah ha pasado a ser reconocida como la organización que dirige el gobierno de Ramala, lleno de políticos corruptos que colaboran con Israel en la represión de su lucha. No ven los supuestos beneficios de la creación de la AP, que sólo ha ayudado a la burguesía palestina. Por el contrario, la AP representa una continuación de la miseria, la privatización y la desesperanza.

En resumen, la Autoridad Palestina ya no tiene ninguna autoridad entre los jóvenes. Según Il Manifesto:

«Cuando Mahmoud Al Aoul, número dos de Fatah, llegó ayer al campo de refugiados y desde un escenario intentó dirigir mensajes de solidaridad y apoyo a los residentes, se vio abrumado por los insultos. Cientos de personas le echaron coreando ‘Barra, barra’ (¡fuera, fuera!)».

La búsqueda de la unidad y la desconfianza hacia la AP son dos pasos importantes para el movimiento. Al mismo tiempo, la resistencia armada por sí sola no puede derrotar al ejército israelí. Sólo un movimiento de masas de la clase obrera y de las masas oprimidas, una nueva Intifada, podría lograr cumplir esta tarea.

Lo que se necesita es un programa revolucionario, capaz de vincular la lucha por la liberación de Palestina con la lucha contra la burguesía, ya sea árabe o israelí.

Sólo un llamamiento clasista podría abrir una brecha en el bloque sionista, actualmente cimentado en la mentira de que los obreros y los patronos israelíes tienen los mismos intereses porque son judíos.

Sólo una federación socialista de Oriente Medio podría garantizar la libertad y una auténtica autodeterminación para todos los pueblos de la región.

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