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En este año de elecciones federales y estadales los marxistas están llamados a hacerse la siguiente interrogante: ¿hasta qué punto las elecciones realmente pueden cambiar la sociedad?  ¿Cuáles son las posibilidades que tienen los trabajadores de transformar el Estado bajo el capitalismo?


Para Marx y Engels, la aparición histórica del Estado está relacionada con la división de la sociedad en clases. En las sociedades humanas antiguas donde imperaba el llamado "comunismo primitivo", no había Estado. Bajo estas formaciones sociales - que aún hoy se pueden encontrar en algunas comunidades indígenas de Brasil - los hombres y las mujeres reproducían sus vidas de forma comunitaria. Los frutos de la naturaleza que aseguraban la supervivencia de estas personas eran obtenidos a través del trabajo común y eran compartidos por toda la comunidad. No había la propiedad como tal. 

Con el desarrollo histórico, ocurren transformaciones sociales que cambian la estructura económica y social de la sociedad. En un texto de Marx llamado “formaciones económicas precapitalistas", él relata cómo diferentes coyunturas históricas dan lugar a distintas formas de relaciones entre clases, y por lo tanto aparecen diferentes tipos de Estado.

En el llamado modo de producción asiático, había la propiedad común de la tierra. Sin embargo, los que trabajaban en la tierra eran obligados a pagar impuestos a una autoridad central que monopolizaba las funciones políticas y militares, y que al mismo tiempo se responsabilizaba de grandes obras públicas, como la irrigación. Se le llamó el despotismo asiático, donde el poder gira en torno a un solo gobernante. 

En la antigua Roma, había una combinación de propiedad común y privada. Los esclavos obtenidos en las guerras se han convertido en la mayor parte de la clase trabajadora. Al mismo tiempo, el dominio de la tierra tanto común como privada era exclusivo de los ciudadanos romanos. Es decir, para utilizar la tierra tenía que ser un ciudadano. Así, las ciudades romanas donde vivían los ciudadanos eran el Estado. Estas ciudades se unificaron alrededor de la ciudad "madre", Roma. 

El feudalismo europeo, que precedió históricamente el capitalismo, se basaba en la explotación del trabajo servil. Los siervos trabajan la tierra para ellos y también para la clase dominante. Cada feudo era una especie de unidad política y económica dominada por señores que vivían de los excedentes producido por los siervos. 

En todos los casos, el Estado adquiere características distintas. Sin embargo, existe una característica común que es el monopolio del poder militar y político que es utilizado por las clases dominantes. 

El Estado moderno que conocemos es el producto de la crisis del feudalismo europeo. En la medida que crecen las revueltas campesinas y al mismo tiempo las disputas entre los propios señores, la centralización política se convierte en una condición para la supervivencia de la nobleza feudal. 

La burguesía que se desarrolla desde el desarrollo de actividades comerciales adopta actitudes contradictorias delante de este nuevo Estado. Por un lado se alía a él en iniciativas comerciales, como la colonización de las Américas. Por otra parte, a medida que gana consciencia de clase la burguesía se rebela contra la falta de libertad económica y política impuesta por las monarquías de la época. La Revolución Francesa es el mayor ejemplo de este último proceso. 

Con el desarrollo capitalista y el surgimiento del proletariado moderno, nuevas contradicciones salen a la luz. El Estado burgués, a diferencia de sus predecesores, ya no se basa sobre la coacción política del trabajo. [1] 

En la medida en que los trabajadores bajo el capitalismo son totalmente privados de los medios de producción, están económicamente obligados a vender su fuerza de trabajo. Aunque formalmente los trabajadores sean libres bajo el capitalismo, eso no quiere decir que posean verdadera libertad, pues tienen que sobrevivir como empleados. Por eso Marx no deja de considerar el trabajo asalariado como una "forma moderna de esclavitud". 

De ahí surge una profunda tensión. Pues por un lado la burguesía para legitimarse como clase dominante ha planteado las banderas de la libertad y la igualdad política, por otro lado esas banderas  tienden a volverse contra la misma burguesía en función de la lucha de la clase obrera. Como el capitalismo es un sistema económico y social que sólo puede basarse en la explotación del trabajo y en la desigualdad entre los hombres, el Estado burgués en muchas ocasiones sólo puede seguir  políticamente a través de la más pura represión. Es decir, la burguesía no siempre puede ejercer su dominación a través de sus canales institucionales tradicionales (parlamento, elecciones, etc.). Por eso la alternancia es la forma que adquiere el Estado en su historia, que va desde las dictaduras más autoritarias hasta diversas formas de democracia liberal burguesa. 

En otras palabras, la lucha de clases es lo que finalmente determina las características del Estado burgués. Sin embargo, en el capitalismo el Estado nunca dejará de ser burgués. Por otra parte, incluso en las democracias burguesas, el Estado no puede renunciar al control de las fuerzas de represión. La defensa de la propiedad privada de los medios de producción son los límites de la democracia burguesa. 

Justo en ese punto los marxistas revolucionarios se distinguen de los reformistas. Para Marx, la actividad política de los comunistas simplemente nunca podría limitarse a buscar reformas en el marco del capitalismo y su Estado. Por eso los trabajadores deberían tomar el Estado para ellos mismos y hacer que la economía y la política se vuelvan hacia los intereses del pueblo y no el capital. Más aún: para Marx, en una futura sociedad comunista, en la que no habría más clases, el propio Estado perdería su función y desaparecería. 

Hemos hecho estos comentarios históricos porque pensamos que son útiles para pensar el contexto actual. En las elecciones de este año, es inevitable que se plantee la cuestión del poder y el Estado. Por mucho que el debate electoral tiende a ser cada vez más despolitizado (en Brasil), el simple hecho de que habrá un cambio de gobierno permite que se busque politizar el debate entre la juventud y los trabajadores. 

En la izquierda y en el movimiento obrero hay dos posiciones con las cuales no estamos de acuerdo. Por un lado están los que dicen que todo lo que se necesita en esta elección es apoyar el PT y a Dilma sin presentar ninguna crítica hacia las alianzas con otros partidos de la derecha y al mismo tiempo aplaudir  parado todas las medidas del gobierno de Lula. Por otro lado, hay quienes comparan al PT con  el PSDB, diciendo que nada está en juego en las elecciones, y llaman a votar por uno de los cuatro candidatos que se presentan a la izquierda del PT como protesta. 

Tales posiciones, aunque aparentemente opuestas, a nuestro juicio tienen un punto común. Pues ambas terminan por conducir a la falsa idea de que es imposible una posición independiente y activa de los trabajadores en las elecciones. 

La Izquierda Marxista piensa que necesitamos una tercera posición que dé cuenta exactamente de esa postura. Estamos por la victoria del PT y de Dilma. No comparamos al PT con el PSDB. Hemos dejado claro que la victoria de Serra sería una grave derrota para los trabajadores no sólo en Brasil como en América Latina en su conjunto. Insinuaciones de Serra y de su vice sobre un vínculo entre el narcotráfico y el PT tienen el claro objetivo de calificarlo como representante de los sectores más reaccionarios de la sociedad. Justo aquellos que quieren criminalizar a los movimientos sociales y que quieren que Brasil tenga una postura de hostilidad a los gobiernos de Morales y Chávez. 

Al mismo tiempo, nuestra actitud en la campaña y el voto al PT de ninguna manera es un cheque en blanco a la política de la dirección del partido. Nuestro objetivo es el poder político y económico de los trabajadores. Nuestro objetivo es el socialismo. Durante las elecciones decimos que el PT debe romper con la burguesía, lo que significa romper tanto con sus partidos como con su política. Nos oponemos a una política de defensa del capitalismo que se ha apoderado de nuestro partido. 

Así, en las elecciones no podemos tener en cuenta sólo las apariencias. Nosotros deberíamos tener la medida exacta del contenido de lo que está en juego. La candidatura de Dilma, como la lleva a cabo la dirección de nuestro partido, no apunta a ninguna transformación efectiva de la estructura de poder y el carácter del Estado burgués. Pero, precisamente porque creemos en la necesidad de esta transformación no podemos adoptar una postura izquierdista de que su victoria o derrota es irrelevante para el futuro de la lucha de clases en Brasil y en América Latina. 


Notas: 

[1] Por supuesto, estamos debatiendo el modelo del Estado burgués que surge en Europa Occidental. Sabemos que el desarrollo del capitalismo en todo el mundo se llevó a cabo de diferentes maneras. En Brasil, por ejemplo, el modo de producción capitalista coexistió con las formas de trabajo semi-obligatoria en las zonas rurales, incluso después de la Abolición de la Esclavitud. Como decía Trotsky, en los países atrasados en términos del capitalismo hay un desarrollo desigual y combinado, donde conviven formas "modernas" y "arcaicas" de producción.

Fuente: Esquerda Marxista www.marxismo.org.br