Mundo árabe y oriente medio
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Mientras escribimos, martes 15, Brega ha caído probablemente de manera definitiva bajo el control de las fuerzas de Gadafi. Estas han entrado también en Ajdabiya. Desde ahí hasta Bengasi hay 160 kilómetros y dos horas de viaje. Si en el este las noticias son confusas, desde el oeste prácticamente son ausentes.

Mucho se ha hablado de la caída de Az Zawiyah, como si se hablase del fin de la resistencia. Esta es una pequeña villa a unos cuarenta minutos hacia el oeste de Trípoli. No hay que sorprenderse de que haya caído, sino de que haya resistido casi una semana bajo el ataque conjunto desde aire y tierra. Tras unos pocos días, se ha sabido que las tropas de Gadafi tuvieron que intervenir también en Zuwara, todavía más al oeste.

Las últimas noticias nos hablan de un fuerte ataque a Misrata por parte de las tropas leales al régimen, donde hasta ahora los insurgentes habían conseguido parar todos los asaltos. Estamos hablando de la tercera ciudad libia, que cuenta con cerca de 300.000 habitantes. Prácticamente aislada desde el principio de la insurrección, de las ciudades sublevadas al este y al oeste, se ha quedado fuera del alcance de aprovisionamiento de hidrocarburos, géneros de primera necesidad y bajo bombardeo. En esta situación es difícil hipotetizar que pueda resistir todavía por mucho tiempo. Sin embargo, Misrata demuestra también otra cosa: atacar pequeñas urbanizaciones petroleras en el desierto o bombardear durante una semana una pequeña ciudad con algunas decenas de miles de habitantes es una cosa; otra historia es aplastar y controlar una ciudad relativamente grande.

Por esto el futuro de la insurrección se juega en Bengasi. En la batalla de Bengasi la superioridad de unas fuerzas u otras será definitivamente aclarada. Es posible que las tropas de Gadafi aprendan de lo que ha pasado en Misrata. Podrían antes intentar conquistar Tobruk y aislar Bengasi en una ofensiva. Pero, por el contrario, si intentasen un blitz (ataque sorpresa) directamente sobre Bengasi podrían estar, numéricamente, en situación de desventaja ante los insurrectos.

De todas formas, la guerra es una ecuación difícil de preveer y lo es todavía más para quién no esté directamente implicado. El objetivo de este articulo no es el de lanzar hipótesis. Empecemos desde un hecho palpable: Gadafi ha conseguido organizar una ofensiva. La revolución, una vez apagada en las calles de Trípoli, ha entrado en un impasse sobre el cual el régimen ha retomado la iniciativa y ha agregado fuerzas para atacar a los insurgentes ¿Qué ha determinado este cambio de fuerzas? En la respuesta a esta pregunta no viene sólo el futuro de Bengasi, sino una lección para cualquier revolución futura.

Guerrilla y ejército regular

Si se tratase de una cuestión simplemente militar, la revolución sería perdedora desde el principio. La lucha entre simples trabajadores, desempleados, estudiantes y un ejército organizado acabaría siempre con una victoria de este último. Sin embargo, una revolución no es una conquista militar en contra del ejército, sino una conquista social del ejército mismo.

Bajo la presión social, el ejército puede escindirse en líneas de clase a través de la ruptura de la cadena de mando entre los altos mandos militares y los soldados simples. Puede pasarse a la parte de los insurgentes o sencillamente ser neutralizado por la sensación de no ser lo bastante fuerte para reprimir a la población en su conjunto. El instante en el que se crean lazos de solidaridad entre las tropas y las masas es el punto más delicado y significativo en el proceso químico de cada revolución. Así ha sido en las más clásicas de la revoluciones. Así ha ido en Egipto, Túnez y Libia.

Aquí, sólo entre el 17 y el 20 de febrero el 30% del ejército ha desertado, negándose a disparar al pueblo. En Bengasi el Estado no ha sido derrotado en la guerra. Simplemente ha dejado de existir. La insurrección se ha rápidamente extendido hacia el oeste de país sin que las fuerzas militares de Gadafi pudiesen hacer nada. Sin embargo en Trípoli la insurrección no ganó. A lo largo de varios días los barrios populares han intentado sublevarse, con duras batallas nocturnas. Es en estos barrios donde la revolución ha pagado sus limitaciones subjetivas.

La insurrección no ha perdido en las calles de Trípoli sino en el Consejo Provisional de Bengasi. Aquí, el 27 de febrero, se ha instaurado el gobierno provisional, guiado por el exministro de justicia libio, Mustafá Abdul Jalil. El embajador libio en América muy pronto de declaró fiel al nuevo gobierno, elogiándolo: “estoy seguro de que ganará el apoyo de todos los libios y de toda la comunidad internacional”. Un día después, los portaviones se acercaban a las costas libias.

Así como en Egipto, en los primeros días de la insurrección, EEUU enviaba su marioneta El Baradei para autoproclamarse futuro guía del Egipto democrático, también en Libia el acercamiento de los barcos de la OTAN es un mal intento por parte del imperialismo de quitar al pueblo libio la victoria contra Gadafi y de poner límites a la expansión social de la propia revolución.

Hasta este punto, es un juego fácil para Gadafi presentar a los insurgentes del este como los amigos de las fuerzas extranjeras. Es significativo como ayer (lunes 14 de marzo) la televisión del Estado libio haya hecho ver un supuesto prisionero de los rebeldes que había combatido contra Gadafi y que se había arrepentido cuando se dio cuenta de la amenaza externa contra Libia. Mubarak intentó algo parecido en Egipto en los enfrentamientos entre sus partidarios y los manifestantes de la plaza Tahir, hablando de la mano extranjera detrás de la revolución.

Desde sus primeras horas de vida, el gobierno provisional de Bengasi planteó la toma de Trípoli como un problema exclusivamente militar. Grupos de milicianos mal armados y adiestrados, salieron con rumbo a Trípoli sin intentar sacar apoyo de entre el proletariado de la capital pero sí intentaron tomar el control de las rutas petroleras para asegurarse el apoyo de la “comunidad internacional”. La revolución no explicó de ninguna forma ni su programa democrático ni un principio de programa social.

Mientras que la guerrilla empezó a marchar hacia Trípoli, ha sido posible enfrentarse a ella bajo un aspecto puramente militar, al igual que una invasión extranjera. Una guerrilla miliciana no puede aguantar un enfrentamiento directo con un ejército regular y esto es todavía mas cierto en el desierto. Muy explicativo es lo que cuenta Il Sole 24 Ore [periódico económico de la burguesía italiana] durante la temporal reconquista de Brega:

“Siguiendo un guión ya repetido días atrás, la anárquica armada revolucionaria confluyó luego en masa para enfrentarse a sus enemigos. Al igual que las otras veces, en enfrentamientos directos cercanos donde los aviones y la artillería pesada sirven de poco, tampoco parece ser que hayan ganado (15 de marzo de 2011). Una guerrilla gana a su propio adversario en la retaguardia, consiguiendo disgregar el Estado a través de la simpatía que consigue entre el pueblo. Hasta hace una semana, las masas en Bengasi estaban firmemente en contra de cualquier intervención extranjera. En las pancartas se leía: “no a la intervención extranjera. Los libios pueden solos”. 
 

Times escribe:

“Para quienes lo hubiesen olvidado, tengan en cuenta lo que les pasó a un grupito de espías británicos que llegaron para una no requerida misión de ayuda a favor de las milicias anti-Gadafi. Una de estas misiones de las fuerzas especiales que, no precisamente en secreto, suelen hacer los servicios occidentales, incluso la nuestra, que con ansiedad han intentado saber quiénes son los rebeldes y cómo se los puede ayudar para librarles del mismo Gadafi. Descubiertos con un pequeño arsenal al estilo James Bond, los británicos han sido capturados por los milicianos del consejo revolucionario de Bengasi y luego liberados a la marina de Su Majestad que estacionaba en aguas frente a Libia acompañados por un aviso paternal de uno de los oficiales insurgentes: “no hay que portarse así en medio de una revolución”.
 

Sin embargo cada error tiene su propia lógica. Una vez reducida la lucha contra Gadafi a un aspecto solamente militar, se empieza a considerar la necesidad de actuar bajo u punto de vista militar. Se siente la necesidad de contraponer aviones con aviones, ejército preparado con ejército preparado. Como eso no es posible por parte de las fuerzas revolucionarias, éstas sienten la necesidad de un apoyo de fuerzas ajenas, las extranjeras.

Así es como los manifestantes en Bengasi empezaron a sacar pancartas que pedían la “zona de exclusión aérea”. Una reacción esta, absolutamente natural para quién mira a sus seres queridos morirse en el frente, pero al mismo tiempo absolutamente dañina para la propia revolución. Una zona de exclusión aérea es un acto de guerra al igual que una invasión por tierra. Entre las dos opciones hay sólo una diferencia técnica, no cualitativa. Al mismo tiempo, se han empezado a aceptar viejos exponentes del régimen de Gadafi para preparar rápidamente las tropas:

“Abdel Fattah Younes, ex ministro de interior, pasado a la parte de la revolución a finales de febrero. Hasta hace unos pocos días había sido apartado, considerado por los revolucionarios un amigo del enemigo con un pasado manchado de sangre y no digno de confianza. De repente, el domingo por la noche en rueda de prensa Younes explicó su nuevo papel y prometió dura resistencia en la ciudad de Ajdabya”. (La República, 8/3/2011).
 

El problema entonces es este: primero la guerra, luego el desarrollo de la revolución. De esta forma la revolución pierde su impulso propulsivo para dividir al enemigo y empieza a perder su unidad entre sus propias filas. Las corrientes de orientación estalinista deberían saberlo bien, ya que detentan, de alguna forma, el “copyright” histórico sobre esta táctica perdedora. Sin embargo están demasiado ocupados hoy en día celebrando los éxitos del pequeño “padre Gadafi” - pero para empeorar aún más- añaden que hay que “mediar” entre Gadafi y los insurgentes. Entonces, para cerrar el círculo: los insurgentes son pagados por la CIA y nosotros pedimos diálogo entre la CIA y el régimen de Gadafi. Una obra maestra.

Gadafi y la intervención extranjera

El 9 de febrero, ocho días antes del comienzo de la revolución, el FMI elogiaba la Libia de Gadafi:

“Un ambicioso programa de privatización de los bancos y el desarrollo del sector financiero se está preparando. Los bancos han sido parcialmente privatizados, liberadas las tasas de intereses e incentivada la competencia, la intervención de reestructurar y modernizar con éxito el Banco Central libio se está desarrollando con la ayuda del fondo”.
 

El hijo de Gadafi, ha conseguido un doctorado en la London School of Economics (LSE), gracias a un donativo de un millón y medio de libras a favor de la entidad. El doctorado tiene que ver con las reformas laborales y económicas de los sistemas autoritarios. En el consejo directivo de la LSE hay ex miembros del equipo de Blair, entre ellos el ex jefe del sector de Oriente Medio, Sir Allen. Actualmente Sir Allen es un directivo del Monitor Group. El Monitor Group ayudaba al gobierno libio el la “mejoría del perfil de Libia y de Gadafi”. A través del Monitor Group se han pasado por la tienda de Gadafi personalidades como el neocon americano Fukuyama.

El imperialismo no necesitaba en ese momento quitar a Gadafi del poder y, ni mucho menos, a través de una revolución. Las mismas palabras de Gadafi lo confirman. Se ha declarado traicionado por su “amigo” Silvio Berlusconi y por “Occidente”. Ha amenazado a Italia con vender su propio petróleo a China. Ha acusado a los insurgentes de ser agentes de Al Qaeda mientras ha amenazado a Occidente con “salir de los pactos contra el terrorismo” y de hacer una alianza entre Libia y Al Qaeda. Una página web satírica árabe publica una viñeta con las dos caras de Gadafi. En una dice:

Occidente! Yo os protejo de Al Qaeda! Yo os doy el petróleo! Yo os protejo de la migración africana y de los piratas !Yo hago todo lo que me decís! Soy un espía! Soy un colaboracionista! Soy un sirviente que obedece!
 

Y por el otro lado, la viñeta expone:

“Pueblo! Yo soy el comandante de la revolución contra el colonialismo, contra los espías y los colaboracionistas que ejecutan lo que pide Occidente y protegen sus intereses! Estoy en contra de las ratas complotistas que quiere traer el imperialismo y sus colaboradores!”.
 

No era necesaria una revolución apoyada por los extranjeros para que los imperialistas hiciesen sus negocios con Libia. Al contrario, la revolución ha obligado a los imperialistas a valorar una intervención para cuidar sus intereses. Sin embargo está por ver si habrá dicha intervención. Según el periódico Al Hayat, propiedad de un príncipe saudí, bastarían cinco días para una actuación de la aviación compuesta por países árabes para imponer una zona de exclusión aérea en toda Libia. La cuestión es que de nada sirve una zona de exclusión aérea si no puedes basarte sobre fuerzas en el campo de batalla.

Las experiencias anteriores de zonas de exclusión aérea han demostrado que esta táctica se reduce casi a cero sin la eficacia de un ejército de tierra. Lo saben bien los estrategas americanos y es la motivación de su titubeo en intervenir. Saben que no pueden basarse en una revolución que no han provocado y que les costaría controlar. La invasión de Libia no tendría como objetivo a Gadafi, algo en lo que no estaban interesados antes y en lo que están relativamente interesados ahora, sino en crear un Estado marioneta que sea capaz de intervenir en la crisis revolucionarias de toda el área. Sin embargo, tal escenario está fuera del alcance de los EEUU.

El pasado 25 de febrero, el ministro de Defensa Gates ha declarado ante los cadetes de West Point:

“Cualquier ministro futuro de defensa que aconseje al presidente enviar otra vez una gran armada estadounidense en tierras de Asia o medio oriente o África “debería hacerse examinar el cerebro!”.

En el mismo discurso Gates explicó que se prevén recortes por 78 billones de dólares para los próximos cinco años. Las ideas no caen del cielo y esto vale también para los estrategas de EEUU. Tras haber teorizado en los 90 sobre la táctica del bombardeo aéreo prolongado; en 2001 sobre la de “choque rápido” para invadir Afganistán; y en 2003 la de la ‘supremacía aplastante’ para ocupar Irak, hoy en las escuelas militares americanas avanza la idea de la guerra “en red”, basada en pequeños grupos de inteligencia puestos a la cabeza de fuerzas extrajeras en el campo de batalla. Dudamos de que funcione, sin embargo responde mucho  más a las exigencias al balance de sus conclusiones.

Lo cierto es que los EEUU tienen un aliado en la zona, Arabia Saudí, y están preocupados más que nada en estar listos para correr en ayuda de su aliado más fiel. Arabia Saudí tiene todas las papeletas para ser el gendarme militar en la zona por decreto. Un papel nuevo, y sus consecuencias son difícilmente calculables. Las tropas saudíes intervinieron tan sólo hace dos años en Yemen, rompiendo un tabú histórico, y hoy acaban de enviar un contingente militar propio para acabar con la revolución en Bahrein.

Aunque la intervención militar en Libia siga siendo una posibilidad, es también posible que la solución sea mucho más sencilla. Los barcos frente a las costas libias, el congelamiento de los bienes de Gadafi, las amenazas de acudir ante el Tribunal de La Haya podrían ser elementos puestos encima de la mesa en el momento justo para llegar a una nueva forma de acuerdo con el dictador. Varias misiones diplomáticas salieron de Trípoli estos últimos días hacia El Cairo, París y quizá Londres. El imperialismo estaba listo para quitar de las manos a los revolucionarios la victoria y no se desesperará si la estabilidad del país es reconstituida por el propio Gadafi.

La situación se parece más a la que se determinó en Irak de 1991, cuando frente a la insurrección estallada en el sur de país, las tropas estadounidenses prefirieron detener su avance y pactar temporalmente con Sadam Husein. Bajo el imperialismo los pueblos son sólo marionetas, lo están aprendiendo en su propia piel los revolucionarios de Bengasi. Justamente ayer, un representante de los suyos declaró a la emisora Al Jazeera que el Occidente había perdido “cualquier forma de credibilidad”.

Sin embargo, con respecto a 1991, los EEUU no pueden permitirse un ataque a Libia durante diez años con embargo y mantenimiento del espacio aéreo cerrado. La situación en la región ha cambiado radicalmente, con la revolución que contagia un país tras otro y que nunca aguantaría una intervención imperialista tan prolongada en el tiempo.

Para que se tranquilicen los actuales “campeones antiimperialistas”, la derrota de la revolución en Bengasi sería probablemente el principio de un nuevo acercamiento lento entre Gadafi y el imperialismo. Si, por un lado, Libia fuese catapultada hacia la órbita económica china, como amenazó más de una vez el coronel, por el otro lado el volumen de sanciones y amenazas favorecerían maniobras de reacercamiento con Italia y EEUU. No es casualidad que el imperialismo italiano, cuya inutilidad es igual a su política de “dos caras”, haya únicamente suspendido y nunca invalidado con un voto el tratado con Libia y se haya atrasado más que los demás países en congelar parte de los bienes de Gadafi.

Pero hoy ya es otro día. En Bengasi se está escribiendo otro capítulo de la insurrección del pueblo libio. Estas masas han sido acusadas de ser “monárquicas” o de moverse por razones tribales. En realidad el jefe del Consejo de los Representantes Tribales ha renovado su propio apoyo a Gadafi, limitándose a apelar a un alto al fuego. La jerarquía tribal tiene fuertes lazos con Gadafi y es un elemento conservador con respecto al régimen actual.

Si se quiere apreciar la analogía de las masas insurrectas en Libia y los procesos en Egipto y Túnez, basta con echar un vistazo a la manifestación del 8 de marzo en Bengasi. Una manifestación de miles de mujeres, de todas las edades, organizada por un grupo de jóvenes llamadas “las hijas de Omar Al Mukhtar”. Omar Al Mukhtar es un héroe del movimiento anticolonial en contra de la invasión fascista de Libia. Fue condenado a muerte por el fascismo en 1931, tras casi siete años de resistencia. Al Mukhtar era un senusita, un religioso, sin embargo es reconocido como héroe anticolonial en todo el país. Al principio del actual régimen, el mismo Gadafi utilizó esta misma personalidad para identificarse con la lucha en contra del colonialismo italiano. Las tropas de Gadafi entrando en Bengansi encontrarán a las hijas de Omar Al Mukhtar y, como entonces, sabremos de qué lados estar.