Mundo árabe y oriente medio
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El pasado 21 de noviembre se hicieron públicas dos declaraciones sobre el final de la guerra contra el Estado Islámico en Siria. La primera fue realizada por Vladimir Putin, en una reunión con Bashar al-Assad en Sochi, la segunda la hizo Qassem Suleimani: el general iraní al frente de las Fuerzas Quds (la Guardia Revolucionaria Islámica). Ambos, casi simultáneamente, declararon que "el terrorismo ha sido derrotado" en el país.

Un mes antes, las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), lideradas por los kurdos, se hicieron con la ciudad de Raqqa, capital del Estado Islámico (EI). Esta derrota fue un golpe decisivo para las últimas esperanzas de que el Estado Islámico estableciera su Califato.

En el mismo período, fuerzas leales al régimen compuestas por tropas “assadistas” y milicias respaldadas por Irán, con apoyo aéreo ruso, tomaron la ciudad de Deir Ezzor y todas las principales ciudades en la ribera del río Éufrates hacia la frontera iraquí. La insurgencia islamista respaldada por Occidente, de la cual surgió el EI, ha sido aplastada en todas las áreas importantes. Nada queda de los planes del imperialismo estadounidense –y de sus aliados tradicionales en la región- de derrocar al régimen de Assad y cortar la influencia iraní en la región.

La intervención rusa fue el elemento final que inclinó la balanza contra los intereses estadounidenses. El desarrollo de la guerra y su resultado final han hecho de Rusia un contrapeso a la influencia de Estados Unidos en toda la región. Esto subraya las limitaciones del imperialismo estadounidense. Si bien Estados Unidos sigue siendo, con mucho, la fuerza individual más fuerte a nivel mundial, está atada a una serie de crisis internas que limitan su margen de maniobra. Esto a su vez está abriendo un vacío para que otros poderes más pequeños maniobren. En Siria, tres fuerzas que tradicionalmente se han opuesto al imperialismo estadounidense, la milicia kurda, junto con Rusia e Irán, se han convertido en las fuerzas clave sobre el terreno. Al ser incapaz de intervenir directamente, Estados Unidos solo ha podido mantener cierta influencia en Siria a costa de apoyarse en la milicia kurda y poner así en peligro su relación con Turquía, un aliado clave de la OTAN.

Turquía y los kurdos

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, inicialmente intervino en Siria junto con Estados Unidos, con la ambición de utilizar a Siria como un trampolín hacia el logro de sus sueños de un Imperio Otomano moderno. Pero al ver la derrota venidera y ante el apoyo estadounidense a las milicias kurdas, hizo un trato con Rusia e Irán.

A cambio de vender a los grupos fundamentalistas islámicos respaldados por la CIA, Putin dio a Turquía más espacio para actuar contra los kurdos. Esto no debería ser una sorpresa. Lo que preocupa a Moscú no es el destino o la liberación de los pueblos oprimidos, sino la afirmación de su papel como potencia regional.

Al mismo tiempo, por supuesto, el fundamentalismo islámico no se ha desarraigado en Siria. Al Qaeda todavía controla la provincia de Idlib, pero lo hace a merced de Turquía, que, de acuerdo con Rusia e Irán, y para gran consternación de EEUU y Arabia Saudita, mantiene un estricto control. Erdogan apoya a los fundamentalistas como respaldo en el futuro juego político en Siria y los usa como ariete contra los kurdos.

Ankara no puede permitir la consolidación de la autonomía kurda en Siria. Turquía teme las consecuencias dentro de sus fronteras, donde viven al menos 15 millones de kurdos oprimidos. Erdogan ha sido muy crítico con el apoyo que EEUU  ha brindado a las FDS. Estados Unidos, por otro lado, no ha tenido ninguna otra fuerza en la que confiar para luchar contra el EI en Siria. Pero ahora que la guerra civil está llegando a su fin, el imperialismo estadounidense se está preparando para vender el futuro de los kurdos a cambio de un apaciguamiento con Turquía, que a su vez podría usarse contra Irán.

El 27 de noviembre, la portavoz de la Casa Blanca, Sarah Sanders, destacó esto diciendo que, al ir disminuyendo el territorio del EI, "estamos en condiciones de dejar de proporcionar equipamiento militar a ciertos grupos, pero eso no significa detener todo el apoyo de esos grupos individuales". La declaración de Sanders se hizo eco de la de Trump, quien le dijo al presidente Recep Tayyip Erdogan en una llamada telefónica que había emitido instrucciones para que no se entregaran armas a los combatientes YPG kurdos sirios (Unidades de Protección Popular). Estados Unidos parece estar listo para expulsar a los kurdos. Como hemos dicho varias veces, para el imperialismo estadounidense, los kurdos son sólo un peón en un juego más grande y si tuvieran que elegir entre ellos y Turquía, la elección siempre será a favor de este último.

Los líderes del YPG pensaron que podrían usar a EEUU para sus propósitos, pero está ocurriendo lo contrario. Cien años después de la Declaración de Balfour, los líderes pequeñoburgueses y burgueses de los movimientos de liberación en Orientel Medio  no han aprendido ninguna lección. No hay nada malo en un movimiento revolucionario que use las divisiones entre las potencias imperialistas, sin embargo, hay un límite para esta táctica. Al final, la liberación kurda sólo puede lograrse por medios revolucionarios, apelando a las masas en Siria, Irak, Irán, y lo más importante, en Turquía para un derrocamiento revolucionario de todos estos regímenes y el establecimiento de un Kurdistán Socialista como parte de una Federación Socialista de Medio Oriente. Fue la revolución en el oeste de Siria la que en primer lugar creó el vacío para que el movimiento kurdo se levantara. Pero los líderes de las diferentes facciones kurdas se han apoyado cada vez más en acuerdos con las grandes potencias, en lugar de desarrollar una política revolucionaria para conectarse con la lucha de las masas iraníes, turcas, sirias e iraquíes. Al hacerlo, también han otorgado importantes concesiones a los imperialistas.

En Siria, los líderes kurdos no solo recibieron armas de EEUU, sino que también permitieron que EEUU construyera más de una docena de bases en todo el territorio controlado por los kurdos. También han permitido que las fuerzas rusas y sirias entren en su territorio y, en diferentes ocasiones, han llegado a acuerdos con los representantes iraníes y el gobierno central iraquí. Lo absurdo de esta política alcanzó su máximo durante la crisis de Qatar y Arabia Saudita, cuando algunos líderes del PYD apoyaron públicamente la colaboración con Arabia Saudita. Estos errores de los líderes kurdos no sólo debilitan militarmente al movimiento de liberación kurdo, sino también políticamente, al repeler a las capas más radicales que se oponen ferozmente a la intromisión imperialista de Estados Unidos, Arabia Saudita y Rusia. Las pequeñas naciones son apenas un pequeño cambio en los acuerdos alcanzados entre las grandes potencias. Y cuando llegue el momento de llegar a un acuerdo, todas estas concesiones se utilizarán para intentar frenar al movimiento kurdo.

Arabia Saudita

Al mismo tiempo, la derrota de la campaña estadounidense en Siria significa una consolidación de la posición de Irán y su aliado tradicional en el Líbano, Hezbolá. Esto está generando nuevas contradicciones y representa una situación insostenible para el reino saudí que está siendo sacudido por la crisis. Como respuesta, éste último se embarcó en un ataque contra el gobierno libanés, fuertemente influenciado por Hezbollah. Al ver como una amenaza la indulgencia del primer ministro Saad Hariri hacia el movimiento chií, los saudíes lo secuestraron básicamente y lo obligaron a dimitir durante una visita al país. Los sauditas esperaban azuzar un conflicto sectario dentro del Líbano y forzar así la mano de Israel para atacar a Hezbollah. La Liga Árabe, siguiendo una propuesta saudí, declaró a Hezbollah como "organización terrorista" y a Irán como "amenaza regional". Pero el movimiento tuvo el efecto opuesto. Dentro del Líbano, la opinión pública se volvió bruscamente contra Arabia Saudita, en simpatía con Hezbollah. Mientras tanto, la presión internacional obligó a los saudíes a liberar a Hariri, después de lo cual se retractó de su dimisión.

Al mismo tiempo, los saudíes lanzaron una alianza militar muy publicitada "para liberar al mundo del terrorismo islamista". De no ser porque la vida de hombres, mujeres y niños inocentes está involucrada, dicha declaración sería candidata a la mejor broma de 2017. Arabia Saudita fue fundada sobre los principios del wahabismo: una de las ideologías más reaccionarias del mundo. Durante décadas, los saudíes han financiado el terrorismo islámico, y todavía lo hacen.

El último resultado de esto fue el ataque terrorista islamista, que mató a 235 personas en una mezquita sufí en el Sinaí, Egipto. Fue llevado a cabo por el Estado Islámico, que tenía fuertes vínculos con el régimen saudí y que se ha visto fortalecido por los fondos y recursos entregados a los islamistas en la guerra civil siria por parte de Arabia Saudita y otras potencias occidentales. Por supuesto, ahora han escapado al control total de sus antiguos maestros.

La alianza militar establecida por los saudíes no tiene nada que ver con la lucha contra el terrorismo. Junto con el resto de la política exterior saudí,  ésta apunta a un solo objetivo: Irán.

Arabia Saudita se ha convertido en el mayor perdedor de la guerra civil siria. Este resultado ha llevado a Riyadh a adoptar una actitud que está lejos de ser remisiva. De hecho, sus posiciones en política exterior se han vuelto cada vez más agresivas. El ascenso de Mohammed bin Salman (MBS como se le llama), hijo del rey actual, es la expresión de esto. Como ministro de Asuntos Exteriores, MBS lanzó en 2015 una intervención militar contra las fuerzas Houthi, que controlaban gran parte de Yemen. Tras el silencio ensordecedor del imperialismo occidental (y el apoyo tácito, dado que las potencias occidentales continúan vendiendo armas al Reino), la agresión saudí ha dejado decenas de miles de muertos y ha creado más de tres millones de refugiados. Según las Naciones Unidas, el 80 por ciento de los yemeníes se encuentran en situación de emergencia humanitaria.

Con todo, los saudíes están perdiendo la guerra en Yemen y los frentes de guerra apenas se han movido durante el año pasado. Hace sólo dos semanas, los saudíes hicieron su último intento desesperado de cambiar las tornas cuando convencieron al aliado Houthi, Abdullah Saleh, para que rompiera con los Houthis. Pero tuvo resultados infructuosos, ya que Saleh fue asesinado poco después y sus tropas fueron liberadas de Sanaa. Esta derrota sólo deja al descubierto la debilidad de Arabia Saudita, que a pesar de tener uno de los ejércitos más caros del planeta, no pudo forzar su voluntad en uno de los países más pobres del mundo. Cada derrota en la región empeora las crisis internas del régimen, que a su vez sigue aumentando las apuestas como un jugador en una racha perdedora.

En mayo, el Reino provocó un conflicto con Qatar, instando a los qataríes a romper las relaciones con Turquía e Irán, así como a cerrar medios como Middle East Eye y Al Jazeera. En respuesta, Qatar hizo lo contrario y fortaleció sus relaciones con Irán y Turquía. Si bien Donald Trump inicialmente apoyó a MBS en este empeño, se retiró rápidamente al descubrir que Estados Unidos tiene una base militar importante en la península. Qatar no es un caso aislado. La crisis del imperialismo estadounidense también es una crisis del régimen saudí que siempre ha dependido del imperialismo para su supervivencia. Estados Unidos no apoyó a Arabia Saudita contra Irán en Irak; de hecho, Estados Unidos tuvo que llegar a un acuerdo con Irán para asegurar su propia retirada del país. En Siria, Trump ha abandonado las delegaciones respaldadas por Arabia y está maniobrando para llegar a un acuerdo con Rusia. En Yemen, Trump está apelando abiertamente al fin de la guerra, que supondría esencialmente una derrota para Arabia Saudita. Cualquier intento de los saudíes de llevar la lucha al Líbano eventualmente conducirá a un resultado similar.

Pero si los estadounidenses no van a interceder en las guerras de Arabia Saudita, ¿quién lo hará? El hecho es que el Reino no tiene verdaderos súbditos leales, por lo que nunca se ha atrevido a enviar a su ejército a luchar en una guerra. Por lo tanto, la falta de apoyo de Estados Unidos plantea un peligro existencial para el régimen.

A principios de noviembre, se llevó a cabo una campaña "anticorrupción" bajo las órdenes de MBS. La mayoría de los principales oponentes del príncipe heredero de la familia real fueron arrestados. Estas son las primeras primicias de los próximos conflictos dentro del Reino. La crisis económica mundial y la caída de los precios del petróleo están poniendo a prueba las redes de mecenazgo que han mantenido unido al Reino desde sus inicios.

Por primera vez en diez años, el Producto Interno Bruto disminuyó en los dos primeros trimestres de 2017 y el FMI prevé para este año un crecimiento cero. Para hacer frente al aumento de la deuda pública, MBS planea una serie de privatizaciones, incluida la venta del 5 por ciento de Aramco, la compañía petrolera, cuyo valor se estima en alrededor de 2 mil millones de dólares. En un país donde el 40 por ciento de la población vive por debajo del umbral de pobreza, el gobierno ya ha recortado en un 15 por ciento los salarios de los empleados estatales, junto con otros subsidios. ¡Y todo esto está sucediendo en el mayor exportador de petróleo del mundo!

Se está preparando una situación explosiva por abajo. Además de la población sunita, la minoría chiíta en las áreas nororientales, ricas en petróleo, llevan mostrando su descontento desde 2011 y la juventud urbana ha estado exigiendo cada vez más derechos democráticos.

Las derrotas en política exterior están magnificando esta crisis. La guerra en Yemen fue en parte una concesión a los Wahabis, pero se está convirtiendo a nivel interno en un desastre entre la opinión pública. Mientras tanto, las nuevas declaraciones "liberales" de MBS apuntan a atraer a la juventud de clase media. MBS quiere atraer a estas capas del lado de la monarquía, pero estas fuerzas se oponen diametralmente entre sí, así como con respecto a la monarquía misma.

Con los ingresos de la venta de Aramco, Riyadh aumentará su gasto militar. El pasado mayo, llegó a un acuerdo armamentístico con EEUU por un valor superior a los 110 mil millones de dólares. En su visita oficial, Trump brindó un apoyo casi incondicional a las acciones de los saudíes en Medio Oriente. El régimen está tratando de desviar la atención y recuperar por la fuerza su posición dominante en la región, pero está librando una batalla perdida.

MBS intenta mantener la iniciativa y llevar la delantera, pero no puede resolver la crisis y, por lo tanto, tarde o temprano los acontecimientos lo alcanzarán. Todas las fuerzas de la sociedad saudí están tirando en direcciones opuestas amenazando con desgarrar al régimen. Lo que estamos presenciando es, pues, esencialmente el comienzo del declive de Arabia Saudita tal como lo conocemos.

Irán

Si el imperialismo occidental estaba tratando de frenar la influencia iraní, han logrado exactamente lo contrario. Irán nunca ha sido más influyente en Siria, Irak o el Líbano. Esto es un resultado directo de la ruptura del orden regional impuesto en la región por Estados Unidos con la destrucción del Estado iraquí después de la derrota de Saddam Hussein. El vacío que se creó está convirtiendo a Irán en la potencia clave de la región junto con Turquía.

En su frontera norte, Israel pensó que había creado un equilibrio con Assad y Hezbollah, pero con el aumento de los poderes iraníes respaldados en Siria, ese equilibrio se ve interrumpido radicalmente. Israel ha intentado no ser absorbido por la guerra civil siria, pero hace unas semanas se vio obligado a aumentar su participación bombardeando una base militar iraní al sur de Damasco. La posibilidad de que se establezcan bases militares y navales, junto con fábricas de armas iraníes, en la frontera de Israel representa una gran amenaza para el régimen israelí.

Junto con Arabia Saudita y Estados Unidos, quieren "hacer retroceder" a Irán. Arabia Saudita ya ha hecho varias aperturas públicas a Israel. Los dos países, a pesar de no tener relaciones diplomáticas formales, admitieron que están en contacto a través de sus servicios de inteligencia, y el ministro de Defensa israelí, Lieberman, llamó a la necesidad de comenzar un nuevo frente de guerra "inminente" en el Líbano.

Junto con Trump, estos señores están tratando de retrasar el reloj hasta antes de la guerra de Irak, antes de la crisis capitalista y antes de la revolución árabe. Trump ha estado tratando de dar un giro de 180 grados con respecto a las políticas de Obama en Medio Oriente como si éstas hubieran sido preferencias personales de Obama y no estuvieran dictadas por intereses estratégicos del imperialismo estadounidense. Primero aumentó el apoyo a los rebeldes sirios y llevó a cabo un patético ataque con misiles en una base aérea gubernamental vacía en Siria. Nada cambió. Al final, tuvo que llegar a un acuerdo con Rusia sobre Siria. También en Yemen, inicialmente apoyó la guerra brutal, en vano sin embargo. Ahora se ha visto obligado a pedir el fin inmediato de la guerra.

Trump también está tratando de desechar el acuerdo nuclear alcanzado con Irán, pero está claro que otras potencias mundiales no harán lo mismo. Sin embargo, el acuerdo con Irán no era una hoja de papel arbitraria, sino la formalización de un proceso que había tenido lugar en la región. Fue el reconocimiento formal de la creciente influencia de Irán sobre el terreno y la necesidad del imperialismo estadounidense de aceptarlo.

Trump está apoyando casi todo lo dicho en Riyadh y Jerusalén, pero una y otra vez, como durante la crisis de Qatar, pronto se dará cuenta de que su posición socava los intereses clave de EEUU La semana pasada reconoció oficialmente a Jerusalén como capital de Israel. Por supuesto, éste es sólo el último clavo en el ataúd de la solución utópica de dos Estados y la farsa de las negociaciones de paz llevadas a cabo por las potencias mundiales durante 25 años. Sin embargo, está provocando una reacción violenta contra el imperialismo estadounidense en toda la región y, por lo tanto, socavando la influencia política saudí, al tiempo que aumenta la de Hezbollah e Irán.

La administración estadounidense probablemente pensó que, después de la derrota del Estado Islámico, tenían una oportunidad para moverse contra Irán. Pero la situación en Medio Oriente no se basa en el nivel de cobardía de este o aquel político estadounidense. Trump, a pesar de toda su arrogancia, tiene un pequeño problema. En un contexto de crisis económica mundial, de crisis de deuda pública, el aumento de un estado de ánimo anti-sistema en Estados Unidos, la crisis del sistema político estadounidense y, después de las desastrosas aventuras en Iraq y Afganistán (donde, por cierto, todavía están empantanados desde la invasión de 2001), Estados Unidos no puede desplegar cantidades significativas de tropas en Orientel Medio . De modo que tiene que confiar en alianzas con regímenes y fuerzas plagadas de crisis y cuyos propios intereses no siempre coinciden necesariamente con los de EEUU

Mientras tanto, Irán y sus representantes han atrincherado su posición como la fuerza política y militar más fuerte, con cientos de miles de soldados curtidos en la batalla y comprometidos en la defensa de un territorio, que comprende desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo, a través de Irán, Iraq, Siria y Líbano. Ningún otro régimen en Orientel Medio  puede jactarse de una influencia similar y, por lo tanto, no se puede ignorar a Irán o hacerla retroceder simplemente.

Las limitaciones del poder de Estados Unidos dejaron un vacío en Orientel Medio  que fue ocupado parcialmente por Rusia y parcialmente por Irán. Sin embargo, ninguno de los poderes regionales tiene la fuerza para reemplazar a Washington por completo, a pesar de que todos desean hacerlo. Al ver el surgimiento de Irán, que es una amenaza existencial para el régimen de Riyadh y en cierta medida también para Jerusalén, es probable que las tensiones aumenten y que el conflicto se replique en toda la región.

Mohammad Bin Salman, que está desesperado por mantener el conflicto a fuego lento fuera de sus fronteras, ha estado tratando de provocar un enfrentamiento en el Líbano, cuyo país cuenta con 4,3 millones de habitantes, y que se ha vuelto mucho más inestable después de la llegada de 1,5 millones de refugiados sirios. El régimen israelí también se está preparando para la guerra en el Líbano, pero Hezbollah ya hizo retroceder al ejército israelí en la guerra de 2006. Once años después, Hezbollah es más fuerte, tanto militarmente como en términos de popularidad. Las presiones saudíes sobre el Líbano sólo han tenido el efecto de aumentar la popularidad del movimiento chiíta dentro del país.

Por lo tanto, si los imperialistas se involucran en un nuevo conflicto abierto, es probable que tengan resultados similares a los de Siria. Aquellos que pagarán el mayor precio serán los pueblos oprimidos, como los palestinos y los kurdos, que son utilizados como peones en este "gran juego". A medida que la crisis del capitalismo avanza, las clases dominantes de la región están dispuestas a ahogar en un mar de sangre su territorio para proteger sus propios privilegios.

Mientras los diversos regímenes despóticos permanezcan en el poder, este escenario de pesadilla para los pueblos de Oriente Medio seguirá empeorando. La única salida es que todos estos regímenes sean derrocados. Esa tarea le pertenece a los trabajadores y a los pobres en todos estos países. La revolución árabe de 2011 nos brindó una idea de lo que es posible.

Solo una solución basada en la independencia de clase, en los intereses comunes de las masas oprimidas, más allá de la religión, la etnia y el idioma, puede liberar al Medio Oriente de la pesadilla de la reacción y la guerra en que se encuentra enredado actualmente.

La tarea de los marxistas en la región es explicar pacientemente esto y construir una fuerza que sea capaz de intervenir en los inevitables movimientos de masas del futuro. Irán en 2009, Egipto en 2011, Turquía en 2013 mostraron el inmenso poder que tienen los trabajadores en estos tres países clave. Es este poder, si se desafía correctamente, lo que finalmente puede poner fin al infierno viviente que los imperialistas han creado para todos los pueblos de Medio Oriente.