¡Bienvenidos a la miseria!

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Algunos de nosotros hemos traspasado el umbral de la pobreza y comenzamos a palpar la miseria en algunas o en todas sus acepciones. Una de ellas se refiere a la “mezquindad”. Hace algo más de un año, desde septiembre a noviembre de 2010,  ante la circunstancia extrema de agotar el subsidio por desempleo en agosto, tuve que acudir a los Servicios de Bienestar Social del Ayuntamiento.

crisis-1929_foto_sueo_americanoSupuso un periodo interminable de semanas de espera y de citas con la trabajadora social; presentación de documentos administrativos, impedimentos burocráticos y negativas por multas pendientes de pago que con posterioridad he pagado. Finalmente pude acceder en última instancia a la asistencia de “CÁRITAS DIOCESANA” por mediación de la trabajadora social de los servicios sociales del Ayuntamiento del Rincón de la Victoria.

Tras una demora de una semana, recibí una llamada de la persona responsable de zona para acordar una cita.  En aquella cita comparecimos mi pareja y yo. Se prolongó por más de 2 horas; debimos aportar la misma y sempiterna documentación manoseada; nos hizo preguntas sobre nuestros trabajos, profesiones,…, todo ello en una afable conversación en que nos explicaba rasgos de  la vida de la entrevistadora. Todo era intrigante pues teníamos la extraña impresión de que cualquier palabra pudiera ser decisiva en lo que nos pudiera deparar aquello.

Efectivamente, surgió en una de  mis respuestas que yo pertenecía a Comisiones Obreras y acto seguido la entrevistadora emitió su opinión con su correspondiente chantaje:

“Sí, claro, pero no son precisamente ellos los que en este momento te estén ayudando ahora”.

A ello alegué: “claro, es un sindicato y no una organización benéfica”.

Y replicó con otra de sus opiniones pragmáticas:

“En mi opinión si quieres encontrar y mantener los trabajos, es más recomendable que no andes mucho con los sindicatos”.

Miré con simpatía a aquella señora mayor de clase media, viuda de médico, activista hiper-activa católica recalcitrante que pretendía hacer una buena obra caritativa y redentora entregándome 100 € para comprar alimentos.

Solo me queda concluir manifestando que no podemos permitir que nuestros derechos se conviertan en una mera voluntad benéfica y que el trabajo se convierta en la gratitud del empresario.