“¿Quién podría creer que un guardián del Palacio de Justicia haya podido convertirse de repente en Presidente del congreso de los jueces de paz? ¿O un peluquero, en alto funcionario? ¿O un alférez ayer, hoy en Generalísimo?” (General ruso Zaleski, hace 100 años)

 

Existe el reduccionismo en sectores de la izquierda de contemplar la Revolución Rusa de 1917 como una sucesión de acontecimientos que evolucionan indefectiblemente hacia una situación donde, de manera casi irremisible, un Partido bolchevique unido se hizo con el poder esperando oportunamente su ocasión, como si tuviera un plan preestablecido. Pero en las auténticas revoluciones no hay nada parecido a un plan preestablecido que se lleve hasta el final.

El 25 de octubre de 1917 (en el viejo calendario ruso) la clase obrera, bajo la dirección del Partido bolchevique, tomó el poder en Rusia. En Petrogrado se estableció un gobierno obrero, como emanación directa de la voluntad de millones de obreros y campesinos, que fue elegido en el II Congreso de los Sóviets de Toda Rusia. Este episodio épico ha quedado registrado en la historia como la Revolución de Octubre. Este artículo, que continúa la saga que le venimos dedicando a la Revolución rusa de 1917 a lo largo de este año, aborda, además del triunfo revolucionario, las discusiones y preparativos finales en el Partido bolchevique y los sóviets que condujeron a tamaño acontecimiento.

 

Los dirigentes socialistas conciliadores, mencheviques y socialrevolucionarios, participantes en el gobierno de unidad nacional con los partidos burgueses, fomentaban la idea entre su base social de que la continuación de la guerra contra los imperios centrales era para salvaguardar las conquistas de la Revolución de Febrero. Aceptando esto, el soldado entendía la guerra como defensiva: "mientras el gobierno no consiga la paz habrá que defenderse". Estaba instalada la idea de "no más ofensivas", con la perspectiva de una paz general.

 

Un proceso revolucionario, como cualquier clase de combate, conoce diferentes alternativas. El fracaso o la falta de decisión de uno de los contendientes determinan en gran medida el resultado final. El fracaso de la sublevación de Kornílov en agosto dio un poderoso impulso a la radicalización de las masas, originando un movimiento en sentido contrario que se tornó aun más poderoso no sólo por la derrota física temporal del adversario, sino por las lecciones sacadas del conflicto.

 

Mayo de 1917 fue un mes de transición entre las luchas de masas que se habían desencadenado en abril y las que vendrán posteriormente en junio y julio. Pero no fue sólo eso, inmerso en un período tan excepcional, no pudo ser un mayo cualquiera.