Historia
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Hace setenta y cinco años un terremoto sacudió los cimientos del capitalismo británico. Fue la mayor demostración en su historia del poder militante de la clase obrera británica, ésta entró en acción en la huelga general de 1926. Durante nueve días, desde el 3 de mayo, ni una rueda o bombilla funcionó sin el permiso de la clase obrera. En este momento, con este poder, ¿habría sido posible la transformación de la sociedad? ¿Por qué terminó en derrota?

Tyldesley miners outside the Miners Hall during the 1926 General StrikeLa huelga general de 1926 no cayó del cielo. Durante la Primera Guerra Mundial los mineros, los ferroviarios y los estibadores formaron la Triple Alianza con casi un millón y medio de trabajadores. En el punto álgido de la lucha de clases, en 1919, sólo el engaño del gobierno y la vacilación de los dirigentes de estos sindicatos impidió una confrontación total. En el verano de 1920 los dirigentes laboristas y sindicales por primera vez amenazaron con una huelga general si se reanudaba la intervención británica contra el joven estado obrero soviético. Meses más tarde, en 1921, el enfrentamiento se intensificó cuando el gobierno anunció que abandonaba el control de las minas. Los propietarios de las minas inmediatamente anunciaron una reducción drástica de salarios. La Federación Minera rechazó este ataque y los mineros dejaron de trabajar el 31 de octubre.

El movimiento de 1921 fue el prólogo de los acontecimientos que ocurrirían cinco años más tarde. Las tropas ocuparon los pozos mineros. La Triple Alianza prometió unir a los mineros a la lucha el 15 de abril. En la víspera, el secretario de la Federación Minera (Fed), Frank Hodges, anunció que era posible un acuerdo basado en la negociación local. Esto fue rechazado por su propia ejecutiva pero fue utilizado por los demás dirigentes sindicales como una excusa para plegarse. Los avisos de huelga se retiraron y el 15 de abril es recordado como el Viernes Negro. Los mineros se quedaron aislados. Después de una lucha valiente que duró tres meses fueron derrotados. Los salarios fueron reducidos entre un 10 y 40 por ciento en casi todas partes.
No fue la última vez que la derrota de los mineros tendría un gran impacto en los demás trabajadores. Entre los propios mineros, la furia con el gobierno se emparejó con la furia ante la traición de Jimmy Thomas, el dirigente del sindicato ferroviario. Esta traición se repitió a una escala mayor en 1926.

Después siguió un cierto respiro para los mineros. Después de las devastadoras condiciones impuestas en 1921, en 1923 la minería experimentó un boom, después de la ocupación francesa del Rhur, lo que supuso un aumento de los salarios y una caída del desempleo.

Aumentó la militancia y con ella un giro a la izquierda de los sindicatos. La clave para este giro a la izquierda fue el trabajo del Movimiento Minoritario Nacional. Este grupo de la base estaba dirigido en 1924 por el joven Partido Comunista (PCGB). Según el Movimiento Minoritario su tarea “no era organizar sindicatos revolucionarios independientes o escindir a los elementos revolucionarios de las organizaciones existentes afiliadas al TUC... sino convertir a la minoría revolucionaria dentro de cada industria en una mayoría revolucionaria”.

Esta estrategia demostró ser correcta y hoy podemos aprender de ella. Construyeron una base de apoyo en el transporte, ferrocarril e ingeniería, y sobre todo entre los mineros. Cuando Hodges dimitió de la dirección de la Federación Minera en 1924 (aceptó un cargo en el gobierno) el Movimiento Minoritario apoyó para la dirección del sindicato al dirigente minero de Rhondda, Arthur James Cook. Éste había abandonado el PC en 1921 pero todavía se declaraba “discípulo de Carlos Marx y humilde seguidor de Lenin”.

Las condiciones económicas estaban cambiando. La retirada francesa del Rhur hizo que el carbón alemán regresara al mercado y las exportaciones británicas cayeron. El nuevo primer ministro tory, Stanley Baldwin, nombró como ministro de economía al mayor enemigo de los mineros y de la clase obrera internacional: Wiston Churchill. Su primer presupuesto en 1925 anunció el regreso al patrón oro y a la paridad con el dólar que existía antes de la guerra. Esto significó una sobrevaloración de la libra del 10 por ciento. Los empresarios de la industria compensaron esta sobrevaloración con la reducción de costes. Pero los costes que se redujeron no fueron los beneficios empresariales sino los salarios de los trabajadores.

Como era habitual, los propietarios de las minas lo primero que hicieron fue anunciar recortes.

El Viernes Negro no se había olvidado. Desde marzo los mineros estaban intentando organizar de nuevo la Triple Alianza. Los mineros volvieron a apoyar al Consejo General del TUC que se puso “sin reservas a disposición de la Federación Minera”.
Otros sindicatos industriales se unieron a la Triple Alianza. Estaba claro que el ataque a los mineros se iba a repetir. Todos los trabajadores se enfrentarían a los mismos ataques si no respondían ahora.

Esto fue confirmado por el propio Baldwin. Los mineros dijeron que en una reunión de dirigentes sindicales Baldwin había dicho: “Todos los trabajadores de este país tienen que enfrentarse a la reducción salarial para ayudar a poner de pie la industria”.

Para ambas partes estaba claro que se iba a producir una lucha seria. Baldwin intentó ganar tiempo introduciendo un subsidio de nueve meses para los mineros antes de que se firmara el acuerdo y mientras se reunía una comisión sobre la industria minera. Ya se habían reunido antes muchas comisiones. Sus recomendaciones nunca eran vinculantes para los gobiernos o propietarios de las minas. La mayoría aconsejaba alguna forma de nacionalización de las minas. En realidad Baldwin y compañía no estaban interesados en ningún informe, sólo querían ganar tiempo y prepararse mejor para el enfrentamiento.

Los trabajadores y Cook comprendieron esto. “El próximo mes de mayo”, anunció Cook, “nos enfrentaremos a la mayor crisis y a la lucha más importante que nunca hemos conocido y estamos preparados para lucharla... Tenemos que enfrentarnos no sólo a los empresarios, también al gobierno más fuerte de la época moderna”.

Esta victoria, y más, podía y habría sido posible. El principal obstáculo no era “el enemigo”, los empresarios y el gobierno, sino los dirigentes sindicales.

Las ideas de los burócratas del ala de derechas las expresaba claramente J. R. Clynes, del sindicato de trabajadores municipales: “No temo a la clase capitalista. La única clase que tema es a nuestra propia clase”.
Mientras que estas damas y caballeros preparaban la rendición antes de que hubiera comenzado la lucha, la clase dominante estaba preparándose con entusiasmo.

Se reorganizó el destartalado Comité de Emergencia de Suministro y Transporte creado por Lloyd George en 1919, fue reforzado y preparado para la lucha del Viernes Negro de 1921. Se reforzó con un organismo de “voluntarios”, la Organización para el Mantenimiento de los Suministros. El OMS se convirtió en algo repugnante que incluía a los fascistas.

La clase dominante, las organizaciones empresariales y el estado estaban ocupados preparando el momento decisivo. Mientras tanto, el Consejo General del TUC se reunió para discutir por primera vez su papel el 27 de abril de 1926, tres días antes de que se trazaran las líneas de batalla y terminase la subvención del gobierno.

El paro había crecido y la militancia sindical había pasado de 8,25 millones en 1920 a 5,25 millones en 1926. Los dirigentes sindicales no tenían el deseo ni la voluntad de luchar.

La publicación del Informe Samuel, los resultados de la comisión del gobierno, era su gran esperanza. El informe condenaba a los propietarios del carbón, pero no hacía la llamada a la nacionalización que sí había hecho en informes anteriores. Recomendaba recortes salariales, la retención de los acuerdos nacionales y la reorganización de la industria.

El Movimiento Minoritario Nacional inmediatamente condenó este informe. Convocó una conferencia estatal en Londres el 21 de marzo donde estaban representados cientos de miles de trabajadores, sino un millón. En el Movimiento Minoritario se encontraban las bases para una fuerza marxista de masas en Gran Bretaña. Sin embargo, la política del PCGB se basaba en el Comité Anglo-Ruso, un bloque entre los sindicatos rusos y el Consejo General del TUC. Este bloque dirigido por el PCGB para apoyar a la izquierda en las direcciones sindicales frente al ala de derechas, diluyó sus críticas. Este bloque continuó un año después de la huelga y fue derrotado a manos de los dirigentes del TUC. Al final, fueron los dirigentes sindicales británicos, que sólo habían utilizado el bloque como un tinte rojo ante sus militantes, quienes rompieron el comité en 1927.

A principios de 1926 el PCGB tenía grupos en 300 pozos y fábricas. Tenían posiciones importantes en los Consejos Industriales que jugaron un papel importante en la organización local de la huelga general. El PCGB tenían una posición sólida que le habría permitido crecer rápidamente, sólo hacía falta una política correcta, una política basada en desenmascarar la bancarrota de los dirigentes sindicales del ala derechas y sus variedades de izquierdas.

Cook defendía la posición de los mineros: “Ni un minuto del día, ni un penique del salario”. Sin embargo, los dirigentes del TUC veían el Informe Samuel como una salida. Los empresarios del carbón enviaron la noticia de que todo el empleo en las condiciones actuales terminaría el 30 de abril.

El Comité Industrial del TUC pidió una entrevista con el primer ministro, intentaba desesperadamente encontrar una salida y evitar un enfrentamiento. Mientras que los dirigentes del TUC continuaban suplicando a Baldwin para que interviniera en su nombre, ellos deberían haber estado preparando sus propias fuerzas. Baldwin ya estaba interviniendo en nombre de su clase. El gobierno no era un árbitro independiente del cual los trabajadores podrían conseguir algo favorable a sus intereses. Era, y sigue siendo, en esencia un comité para organizar los asuntos de la clase dominante. Baldwin estaba preparándose para luchar contra su enemigo, incluso cuando los oficiales del campo enemigo estaban llamando a su puerta en busca de ayuda.

El 20 de abril por la tarde los empresarios hicieron pública su propuesta. El regreso al Mínimo de 1921, una reducción salarial del 13 por ciento y jornada laboral de ocho horas diarias.

Rally in Hyde Park during the General Strike of 1926El sábado 1 de mayo un millón de mineros dejaron de trabajar. El Consejo General asumía ahora la responsabilidad de la lucha de los mineros. Inmediatamente pidieron el inicio de conversaciones con el gobierno y se prepararon para sacar a las “líneas de frente” durante la medianoche del 3 de mayo. El sábado por la tarde se reunieron con el primer ministro. Baldwin era consciente de que los dirigentes del TUC estaban aterrorizados y que querían un margen de maniobra. El resto del gabinete estaba dispuesto a luchar. El gobierno publicó una declaración exigieidno la capitulación total del TUC. Después siguió otra ronda de negociaciones sobre esta o cual cuestión que permitiera a los dirigentes del TUC retroceder y abandonar de nuevo a los mineros. A las once de la noche el comité ejecutivo de los mineros se unió al Consejo General en el número diez de Downing Street. Los mineros y el Consejo General rechazaron el acuerdo que se les presentó en la mesa de negociaciones y Bevin en su lugar, intentó llegar a un acuerdo que pudiera ser aceptable para los mineros. Estos planes fueron interrumpidos cuando Baldwin informó a los dirigentes del TUC que las negociaciones estaban rotas porque los trabajadores del Daily Mail ya estaban en huelga. El Consejo General abandonó Downing Street con una carta del gabinete exigiendo “ya se ha producido el incumplimiento y exigimos la retirada incondicional de la convocatoria de huelga general.”

Los dirigentes del TUC se dieron prisa en averiguar que había ocurrido en el Daily Mail. Resultó ser una huelga no oficial de los trabajadores que se negaban a editar el período con el siguiente titular: “Por el rey y el país”.

En lugar de apoyar a los impresores, Citrine rápidamente se dirigió al número diez de Downing Street con una carta repudiando este acción, pero resulta que el primer ministra ya se había ido a la cama y no se le podía molestar.

La propuesta de acuerdo de Bevin se pasó a votación en la ejecutiva del sindicato minero y fue rechazada por 12 a 6. El Consejo General aprobó el plan por unanimidad y aprobó la idea de que ellos estaban ahora al cargo de la lucha minera. Una vez más pensaban que habían encontrado una salida a la lucha. Sin embargo, el gobierno no estaba interesado en eso, sólo quería una garantía de que los mineros estaban dispuestos a aceptar recortes salariales y que el gobierno no negociaría hasta que no se desconvocara la huelga.

El parlamento aprobó el estado de excepción. Durante el debate, los representantes de la clase dominante demostraron un entendimiento riguroso de la naturaleza de la lucha de clases y los acontecimientos que se estaban desarrollando. Baldwin anunció que se “nos ha desafiado con una alternativa de gobierno... No pienso que todos los dirigentes cuando han consentido convocar la huelga general sean plenamente conscientes de que están amenazando las bases del gobierno, que están cerca de proclamar una guerra civil...”

El gobierno llevaba años preparando sus planes. Habían aprobado la Ley de Poderes de Excepción, habían acumulado comida, carbón y petróleo. Los Comisionistas Regionales Civiles tenían poderes dictatoriales y tenían orden de entrar en acción en cuanto recibieran un telegrama con la palabra: “¡Acción!” El telegrama se envió el 2 de mayo. Todo el ejército y la armada fueron movilizados. Desplegaron refuerzos de soldados en Escocia, Sur de Gales, Londres y Lancashire. Estacionaron buques de guerra en Tyne, Clyde, Swansea, Barrow, Bristol y Cardiff.

El OMS cedió su organización al gobierno. Quizás eran unos 100.000 hombres. Estas fueron las fuerzas que alinearon en contra de la clase obrera.

Cuando 4 de los 5,5 millones de trabajadores dejan de trabajar la pregunta es inevitable, ¿dónde está realmente el poder? No importa cual es su objetivo inicial, una huelga general plantea la siguiente cuestión, ¿quién gobierna la sociedad? Los dirigentes, si no están preparados para llevar la lucha hasta el final no tienen otra alternativa que traicionar al movimiento. Esta es la lección más importante de 1926.

El 4 de mayo el transporte quedó paralizado. El NUR y el ASLEF eran sindicatos sólidos. Londres estaba paralizado, sólo funcionaban 15 de los 315 metros. El martes 4 de mayo sólo circulaban 300 de los 4.400 autobuses. Al final de la semana sólo circulaban 40. Sólo transitaban 9 de los 2.000 tranvías. Esta imagen se repetía a lo largo y ancho del país. Desde el primer momento fue evidente el poder de la clase obrera. Nada se movía sin el permiso de los trabajadores. Al final del primer día se habían unido los siguientes sectores a los trabajadores del transporte, ferroviarios y estibadores: construcción, impresores, acero, metalúrgicos y química pesada. La huelga era sólida. Churchill emprendió la tarea de editar un periódico, este periodicucho obsceno se llamaba The British Gazette (La gaceta británica), su único objetivo era extender la propaganda y las mentiras del gobierno.

El TUC responde

La respuesta del TUC fue el The British Worker (El trabajador británico). En lugar de reunir a las tropas y llevar el movimiento hacia adelante, el principal objetivo del periódico parecía refutar las calumniosas acusaciones de la Gazette de que los sindicatos estaban organizando una revolución.

El papel de la dirección debería haber sido el de contrarrestar las mentiras de los empresarios, extender el movimiento e impulsarlo hacia adelante. En su lugar, intentaban desesperadamente mantener el control de los hombres y mujeres que marchaban hacia lo alto de la colina para que éstos dieran marcha atrás. Jimmy Thomas, el gran y viejo Duque de York, admitió el 13 de mayo en la Cámara de los Comunes: “Si en algún momento se pudiera poner las manos en aquellos que son capaces de ejercer algún control, todo hombre en su sano juicio sabe que habría ocurrido... Ese peligro, ese temor siempre estuvo en nuestra mente, porque queríamos al menos, incluso en esta lucha, dirigir un ejército disciplinado”.

El ejército del trabajo estaba muy bien organizado, al menos localmente. Los Consejos de Acción crecían en tamaño y autoridad por todo el país. Tomaron sobre sus hombros la responsabilidad de organizar los permisos de transporte, los piquetes y la ayuda financiera para aquellos más necesitados. En East Fife se organizaron cuerpos de defensa obreros. Al principio estaban formados por 150 trabajadores, pero sus filas crecieron a más de 700 trabajadores cuando comenzaron los enfrentamientos con la policía, este ejemplo ilustraba claramente la necesidad de este tipo de organizaciones. En Bolton, Merthyr y Methil se organizaron Consejos de Acción que funcionaban junto con el Comité de Huelga Central. Se editaron algunos boletines locales aunque no eran muy bien recibidos en los cuarteles generales del TUC.

En muchas zonas del país el control de las carreteras, el transporte y la distribución estaban en manos de los Consejos de Acción, pero éstos nunca estuvieron unidos por lo cual no podían llevar una política coordinada nacionalmente. El comité de huelga de Paisley expresaba claramente lo que ocurría: “La principal dificultad está en conseguir información certera de los cuarteles generales, particularmente con relación a la emisión de permisos”.

Churchill y Baldwin exageraban, no existía una alternativa de gobierno, pero sí podría haber existido. Si se hubiera unido a los consejos de acción y comités de huelga de todo el país, entonces se habrían puesto las bases para esa alternativa de gobierno, un gobierno obrero. Esto habría significado transformar la lucha, de una lucha defensiva para salvar a los mineros a una lucha ofensiva para cambiar la sociedad. Desafortunadamente, los dirigentes del TUC ni siquiera estaban dispuestos a realizar la batalla defensiva.
Su propia historia reciente no daba razón alguna para tener ilusiones en las direcciones sindicales. Incluso los dirigentes obreros más honrados y valerosos, como Cook, no tenía una perspectiva y un plan de acción claros. El Partido Comunista se limitó a apoyar a los dirigentes sindicales de izquierdas. Algunos de los mejores dirigentes locales eran comunistas y tenían posiciones importantes en los Consejos de Acción y comités de huelga. Sin embargo, no veían el potencial revolucionario que existía en el movimiento. Karl Raked en Rusia proporcionó al PCGB su dirección: “este no es un movimiento revolucionario. Simplemente es una disputa salarial”. En realidad, todavía no era un movimiento revolucionario, pero sí era una disputa salarial que implicaba una huelga general, consejos de acción, en algunas partes del país como el noreste, casi el doble poder con los trabajadores que controlaban todo lo que se movía. No era una simple disputa salarial. Era una batalla defensiva, pero según pasaban los días y las horas crecía la confianza de la clase obrera. Ésta podía ver y sentir el poder en la punta de los dedos. Después de la huelga hubo más de 3.000 causas judiciales, más de la mitad por actos de provocación, por ejemplo, a un limpiador de tranvía de Lambeth se le multó con 5 libras por gritar: “Queremos la revolución”.

Special Committee of the General Council of the Trades Union CongressEl 10 de mayo llegó una orden a través de The British Worker: “Manteneos firmes. Sed leales a las instrucciones y confiad en vuestros dirigentes”. Estos dirigentes intentaban desesperadamente encontrar la salida de incendios. La encontraron regresando al Informe Samuel. Cuando Thomas y compañía se dieron cuenta de que la clase dominante no estaba dispuesta a llegar a un acuerdo, se dieron cuenta que no tenían otra alternativa que... capitular. Buscaron todo tipo de excusas para pedir el regreso al trabajo (en realidad eran más los trabajadores que cada día se sumaban a la huelga), encontraron la salida en la nueva propuesta de Samuel. Esta incluía promesas de reorganización de las minas, pero insistía en la reducción salarial. El Consejo General aprobó la propuesta. Los mineros naturalmente la rechazaron y correctamente respondieron que se había omitido una de las demandas básicas del sindicalismo, una cláusula que garantizara que no habría represalias para aquellos que habían apoyado la huelga. Se les respondió que la aceptaban o la rechazaba. El 11 de mayo, después de una semana, cuando la huelga crecía en dimensiones y confianza, el TUC decidió desconvocarla al día siguiente sin ninguna garantía de negociaciones, sin defender una cláusula contra las represalias, sin ni siquiera una promesa sobre el final del cierre patronal. Fue una rendición miserable. El gobierno inmediatamente anunció que “no tenía poder para obligar a los empresarios a aceptar a todos aquellos que habían ido a la huelga”. Los dirigentes sindicales enviaron mensajes a sus militantes prometiendo que “les habían dado garantías” de que se “abrirían empresas”, etc., A lo largo y ancho del país los trabajadores recibieron las noticias con incredulidad, con una mezcla de furia y consternación. Los trabajadores habían sido traicionados por los dirigentes en los que habían depositado toda su confianza. Los empresarios rápidamente intentaron aprovechar su ventaja. Empezaron a despedir y reducir salarios en todas partes. Un grupo de huelguistas escribió una semana más tarde al Labour Weekly de Lansbury: “Los empresarios de todos los sectores sienten... que ahora tienen el movimiento sindical a sus pies, y que lo único que deben hacer es poner su sello sobre él”.

Furia

Como resultado de estos ataques y la ira por la traición del TUC, 100.000 trabajadores más salieron a la huelga el día después de la desconvocatoria de la huelga. La Gazette de Churchill era como un trapo rojo para los trabajadores donde se podía leer el siguiente titular: “Retirada incondicional de los avisos del TUC. Los hombres regresan en el acto. Se ha entregado la rendición al primer ministro en Downing Street”.

Sin embargo, la cobardía de los dirigentes no se debía confundir con el ambiente de los trabajadores. Los empresarios corrían el riesgo de ir demasiado lejos. Fenner Brockway escribía lo siguiente desde Manchester: “La Gazette... se ríe entre dientes por la gran rendición pero el ambiente entre los trabajadores era más militante de lo que jamás llegamos a pensar en Manchester... Por primera vez había sentimiento de amargura, amargura contra los empresarios que estaban en todas partes vengándose de los que habían participado en la huelga, amargura contra el Consejo General del TUC. Parecía que el final de la huelga podría ser el principio de la revolución”.

La rendición del TUC podía haber terminado en una derrota pero la lucha y la militancia de los propios trabajadores consiguió minimizar los ataques violentos de los empresarios.

Después de una semana, sin dirección, sin salida, los trabajadores comenzaron a regresar al trabajo.

Los mineros de nuevo quedaron aislados. A pesar de la disposición a luchar de los trabajadores, los dirigentes del NUR ahora se negaban a prohibir el movimiento de carbón. El TUC se negó a imponer un impuesto a los mineros. Después de una lucha heroica, un cierre empresarial de siete meses, los mineros regresaron al trabajo, al menos no hubo represalias, no hubo más horas de trabajo, pero con menos salario y sin un acuerdo nacional.

La clase dominante había gastado cientos de millones de libras, pero con todos los recursos a su disposición no habrían podido derrotar la huelga sin la traición de los dirigentes del TUC.

La militancia del PCGB creció, de 6.000 a 10.000 militantes. Es verdad que era pequeño, pero con una política correcta podrían haber conseguido diez veces más.

La derrota, o más exactamente la rendición, llevó a la introducción de una legislación antisindical violenta expresada en la Ley Sindical de 1927, donde se prohibía simpatizar con las huelgas y los sindicalistas tenían que pagar un precio político. ¿Suena familiar? Hay comparaciones espeluznantes con la huelga minera de 1984-5 donde la heroica lucha minera y el apoyo de la base de otros sindicatos, fue aplastada con la traición de los dirigentes laboristas y del TUC. La derrota minera de 1985 tuvo un impacto dramático en todos los trabajadores, los empresarios lanzaron ataques contra otros sectores y se introducía una legislación antisindical idéntica.
En 1926, el empresario minero Lord Londonderry, había pronosticado que los sindicatos quedarían hechos añicos. Pero no ocurrió eso. La rendición del TUC tuvo un impacto profundo sobre los trabajadores, pero su voluntad de lucha regresa una y otra vez. En cada una de las ocasiones sólo hacía falta una dirección capaz de dirigir la voluntad de lucha de los trabajadores. En el Movimiento Minoritario tuvimos el principio de una dirección alternativa a los sindicatos. Hoy la tarea es construir una nueva dirección en las organizaciones obreras. El primer paso debe ser estudiar y aprender las lecciones de la historia de la lucha obrera.