Trotsky y la lucha por una internacional revolucionaria (1933-1946). Primera parte

Escrito por Patrick Larsen (CMI-Venezuela) Martes 31 de Mayo de 2011
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Cuando uno lee las centenares de cartas que Trotsky escribió para forjar una nueva dirección marxista, y cuando uno estudia la actividad de sus partidarios durante la Segunda Guerra Mundial, no es posible hacer otra cosa que asombrarse frente a la magnitud de las lecciones que esta época contiene para el presente.

Introducción

trotskyLa figura de Lev Davidovich Trotsky está siendo objeto de una nueva oleada de interés entre historiadores y escritores de todo tipo. Recientemente salieron dos nuevas obras sobre el revolucionario ruso, la primera del profesor norteamericano Robert Service y la segunda de Bertrand M. Patenaude, un historiador de la universidad de Standford. Ambas pertenecen a la clase de libros comerciales de la burguesía- llenos de errores sobre los hechos más básicos- que tratan de presentar a Trotsky como un actor político autoritario que solo perdió la lucha de poder contra Stalin por sus descuidos tácticos.

Otra obra, mucha más simpática en su estilo y en su contenido, es la reciente novela de Leonardo Padura, “El Hombre que amaba a los perros” que transmite un relato de las vidas de Trotsky y su asesino Ramón Mercader, ambas historias proyectadas sobre la vida de Iván, un cubano que representa la generación de la Cuba post-revolucionaria.

En otro artículo hemos reseñado esta importante contribución, pero es importante destacar que aunque tiene gran valor a la hora de reivindicar a Trotsky, también contiene ciertos errores en la apreciación que el autor hace de algunos aspectos de su actividad política. La razón principal es que la mayor parte de los datos que conciernen a la vida de Trotsky han sido tomados por Padura de la triología de Isaac Deutscher – El profeta desarmado, El Profeta Armado y El Profeta Desterrado. Esta biografía, aunque contenía algunos datos interesantes, tenía la enorme desventaja de ser escrito por un hombre que no tenía una comprensión fundada del método de Trotsky y por lo tanto cayó en toda una serie de malinterpretaciones de elementos claves de su vida, sobre todo de su última fase.

Lo que une todos los libros mencionados es la falta de un análisis serio del intento de Trotsky de crear una nueva internacional revolucionaria, la Cuarta Internacional. Todos los ven con cierto desprecio, haciendo alusión a su tamaño reducido, a su aislamiento de las grandes masas trabajadoras y a las escisiones que tuvieron lugar en el movimiento.

Mientras la mayor parte de los biógrafos de Trotsky estaban llenos de aprecio por las grandes obras literarias de Trotsky, como Mi Vida o Historia de la revolución rusa, nunca entendieron porqué el creador del ejército rojo llegó a gastar horas incontables de sus últimos años en redactar cartas, críticas, manifiestos y programas que solo llegaban a un puñado de personas y que en muchos casos trataron cuestiones prácticas del trabajo cotidiano.

En nuestra opinión este gran inconveniente se debe principalmente al hecho de que los autores eran intelectuales al margen del movimiento obrero. No tenían el conocimiento de un activista y consecuentemente sus libros no fueron escritos con la metodología de un militante revolucionario. En cambio, cuando uno lee las centenares de cartas que Trotsky escribió para forjar una nueva dirección marxista, y cuando uno estudia la actividad de sus partidarios durante la Segunda Guerra Mundial, no es posible hacer otra cosa que asombrarse frente a la magnitud de las lecciones que esta época contiene para el presente.

El objetivo de este artículo es, por un lado, servir como una introducción a la lectura de los últimos escritos de Trotsky y, por el otro lado, extraer las principales lecciones del intento de crear una Cuarta Internacional. Por razones de espacio, no podemos dar un análisis completo de la posterior historia del trotskismo y hemos decidido limitarnos a dibujar las principales razones del declive de la Cuarta Internacional después la Segunda Guerra Mundial. Para una historia más completa recomendamos la lectura de la obra de Ted Grant: Historia del trotskismo británico.

En el trabajo de investigación para este artículo ha sido necesario rescatar al verdadero Trotsky, enterrado bajo una montaña de distorsiones y manipulaciones. No solo estamos haciendo referencia a las perversas mentiras del estalinismo, ni tampoco a las caricaturas de los historiadores burgueses, sino también a los “teóricos” de las pequeñas sectas mal llamadas trotskistas que han usurpado el nombre del gran revolucionario.

Siempre obstinados con las peleas internas y con los antagonismos personales, estos señores tenían un modus operandi, un estilo y una vida completamente apartados del movimiento real de las masas. Sus denuncias histéricas y su esquematismo no les permitió nunca entrar en contacto con el verdadero movimiento obrero y, en consecuencia, dieron un mal nombre al trotskismo, cosa que hizo a muchos trabajadores alejarse y rechazar la colaboración con la IV Internacional y sus fragmentos posteriores.

El mismo Trotsky, que tenía un profundo conocimiento de la psicología de las masas, hizo todo lo posible por deshacerse de sectarios y por educar a sus cuadros en el método bolchevique de ganar a las masas. En este artículo mostraremos cómo Trotsky hizo varios intentos por empujar a sus seguidores hacia las organizaciones de masas, no solo para influir sobre ellas, sino también para renovar su propio movimiento con sangre nueva y romper con el círculo vicioso de la vida de un grupo pequeño.

“La obra más importante de mi vida”

Es en el año 1933 que Trotsky llega a la conclusión de que habrá que construir una nueva internacional revolucionaria. Antes había mantenido la postura de oposición dentro de los partidos comunistas oficiales, intentando reconquistar los partidos y la Internacional Comunista para un verdadero programa marxista. Pero fue la catástrofe en Alemania, donde la loca “teoría” del Tercer Período y la consecuente denominación de los socialdemócratas como “social-fascistas”- impidieron un frente único entre el PC y la socialdemocracia alemana que podía haber evitado la llegado de Hitler al poder, abrió las puertas al fascismo.

Desde aquel momento, Trotsky sacó la conclusión de que un partido y una internacional que no solo eran incapaces de actuar correctamente en los momentos decisivos, sino que también eran orgánicamente incapaces de aprender de sus errores, al proclamar la derrota histórica de la clase obrera alemana como una victoria (“Después Hitler, nuestro turno”), no podían ser recuperados como instrumentos de la revolución proletaria.

Contrariamente a sus biógrafos, el mismo Lev Davidovich consideró que la tarea de forjar esta nueva internacional revolucionaria era la “obra más importante de su vida”. En uno de sus escritos menos conocidos, El diario en el exilio, escribió en 1935 lo siguiente:

“Y aún pienso que el trabajo en el que estoy comprometido ahora, a pesar de su naturaleza extremadamente insuficiente y fragmentaria, es el más importante de mi vida, más importante que 1917, más importante que el período de la guerra civil o cualquier otro.

“Para aclarar mejor el asunto, lo explicaré de la siguiente manera: aunque yo no hubiera estado presente en 1917 en San Petersburgo, la Revolución de Octubre hubiera sucedido igualmente, a condición de que Lenin estuviera presente y al mando. Si Lenin ni yo hubiéramos estado presentes en San Petersburgo, no hubiese habido Revolución de Octubre: la dirección del Partido Bolchevique habría impedido que sucediera -¡no tengo la menor duda!-. Si Lenin no hubiera estado en San Petersburgo, dudo que hubiera podido vencer la resistencia de los líderes bolcheviques. La lucha contra el "trotskismo" (contra la revolución proletaria) habría comenzado en mayo de 1917, y el resultado de la revolución habría estado en entredicho. Pero, repito, la presencia de Lenin garantizó la Revolución de Octubre y su desarrollo victorioso. Lo mismo se podría decir de la guerra civil, aunque en su primer período, en especial en el momento de la caída de Simbirsk y Kazán, Lenin tuviera muchas dudas. Pero esto sin duda fue un ambiente pasajero que, con toda probabilidad, nunca le admitió a nadie excepto a mí.

“Así que no puedo hablar de la ‘indispensabilidad' de mi trabajo, incluso en el período de 1917 a 1921. Pero ahora mi trabajo es ‘indispensable' en el pleno sentido de la palabra. No es arrogancia. El colapso de las dos Internacionales ha creado un problema que ninguno de los dirigentes de estas Internacionales está dispuesto a resolver. Las vicisitudes de mi destino personal me han situado ante este problema y armado con una experiencia importante para ocuparme de él. Ahora lo más importante para mí es llevar adelante la misión de armar a una nueva generación con el método revolucionario, por encima de los dirigentes de la Segunda y de la Tercera Internacional. Y yo estoy totalmente de acuerdo con Lenin (o incluso con Turgueniev) que el peor vicio es tener más de 55 años de edad. Necesito al menos cinco años más de trabajo ininterrumpido para asegurar la sucesión”i

Los primeros pasos: El bloque de los cuatro

Según Trotsky, la nueva internacional por supuesto no iba a caer del cielo de un día para el otro, sino que iba a ser un proceso de formación, involucrando distintos sectores dentro del movimiento obrero que habían llegado a esta conclusión, o que se acercaban a ella. La degeneración de la Tercera Internacional y la bancarrota de la Segunda, en un contexto de auge del fascismo y de la peor crisis capitalista de la historia, creaba un vacío en la escena política.

Fue en este contexto que Trotsky recibió con gran entusiasmo la noticia de la formación y el brusco giro a la izquierda del ILP, el Partido Laborista Independiente de Gran Bretaña. Los líderes del ILP incluso comenzaron a flirtear con la idea de crear una nueva internacional revolucionaria, aunque posteriormente dieron marcha atrás. Otras organizaciones, sobre todo escisiones de los partidos socialistas en Europa, estaban acercándose a la misma conclusión.

Los partidarios de Trotsky, los bolcheviques-leninistas, participaron en este debate y en la Conferencia que se celebró entre catorce organizaciones y partidos del movimiento obrero en Paris en agosto de 1933. El encuentro fue parecido a la conferencia de Zimmerwald en 1915 que, pese a la enorme confusión teórica, agrupó a la gente que estaba opuesta a la guerra mundial. Igual que en Zimmerwald, también en la conferencia de Paris se evidenció un sector de derechas y otro de izquierdas. Los integrantes del último fueron cuatro organizaciones, (la OPI [Oposición de Izquierda Internacional], el SAP de Alemania y dos partidos holandeses, el RSP y el OSP), que firmaron una declaración a favor de una nueva internacional.

Esta iniciativa, a pesar de las limitaciones programáticas y los posteriores desacuerdos, mostraba que Trotsky estaba plenamente dispuesto a trabajar con otros grupos, incluso con gente que venia de otras tradiciones dentro del movimiento obrero. Jamás tuvo miedo a la discusión franca y honesta con grupos o individuos que se estaban moviendo hacia el programa bolchevique. No obstante, al mismo tiempo exigía una transparencia y honestidad a sus aliados y se reservaba el derecho a mantener y defender siempre sus propias posturas:

“La intransigencia revolucionaria no consiste en exigir que se reconozca a priori nuestro "liderazgo", ni en presentarles continuamente a nuestros aliados ultimátums y amenazas de rupturas, de eliminación de firmas, etcétera. Esos métodos se los dejamos, por un lado, a los burócratas stalinistas y por el otro, a algunos aliados impacientes. Somos muy conscientes de que más de una vez surgirán desacuerdos entre nosotros y nuestros aliados. Pero esperamos, más aun, estamos convencidos, de que la marcha de los acontecimientos revelará en la práctica la imposibilidad de participar simultáneamente en el bloque principista de los cuatro y en el bloque sin principios de la mayoría. Sin recurrir a "ultimátums" impropios, reivindicamos sin embargo nuestro pleno derecho no sólo a levantar nuestras ban­deras sino también a plantearles abiertamente a nues­tros aliados lo que opinamos respecto a lo que conside­ramos sus errores. Esperamos de parte de ellos la mis­ma franqueza. Así se fortalecerá nuestra alianza.”ii

El giro francés

Trotsky era completamente consciente de la debilidad de sus fuerzas, no solo desde el punto de vista numérico, sino también de la falta de experiencia política de las fuerzas del trotskismo. En una de sus discusiones con un visitante en su casa en México en abril de 1939 lo explicó así:

“Tenemos camaradas como Naville y otros que se nos han acercado hace quince, dieciséis o más años, cuando eran muchachos jóvenes. Ahora son personas maduras y en toda su vida consciente sólo han sufrido golpes, derrotas terribles a escala internacional y, por lo tanto, están más o menos acostumbrados a esa situación. Ellos aprecian mucho la corrección de sus concepciones y pueden analizar, pero nunca tuvieron capacidad para penetrar, para trabajar con las masas, y no la han adquirido.”iii

Este fue uno de los factores principales por el que comenzó a recomendar un giro hacia los partidos socialistas, comenzando en Francia, y en especial a sus federaciones juveniles. En su opinión, los trotskistas debían entrar a estas organizaciones para ganar a los mejores elementos proletarios. La táctica que posteriormente fue llamada “el entrismo”, no solo tenía como intención incrementar el número de seguidores, sino también dar una vida nueva al régimen interno de los grupos trotskistas.

Esto era vital para educar a los cuadros marxistas en la escuela de la lucha de clases. Para Trotsky no era suficiente simplemente comentar la vida de un partido desde la óptica de un observador externo, sino que era necesario confluir con las masas en la propia acción revolucionaria, luchando hombro a hombro con la izquierda contra la derecha:

“Para un revolucionario, no basta con tener ideas correctas. No olvidemos que El capital y el Manifiesto comunista ya establecieron ideas correctas, sin que ello impidiera la propagación de ideas falsas. La tarea del partido revolucionario consiste en fundir esas ideas correctas con el movimiento obrero de masas. Solo de este modo pueden las ideas transformarse en fuerzas motrices.

“Un periódico y sus lectores no bastan para formar una organización revolucionaría. Uno puede escribir y leer artículos revolucionarios día y noche y seguir, en realidad, fuera del movimiento revolucionario. Se pueden dar buenos consejos a las organizaciones obreras... desde fuera del campo de juego. Esto ya es algo, pero no basta para constituir una organización revolucionaria. (…)

“En relación con el Partido Socialista, la Liga ha demostrado no sólo insuficiente iniciativa, sino también un obstinado sectarismo. En vez de asumir como tarea la de crear una fracción dentro de la SFIO tan pronto como se manifestó una crisis en su seno, la Liga exigió que todo socialista se convenciera de la corrección de nuestras ideas y dejara su organización de masas para unirse al grupo de los lectores de La Verité. Para crear una fracción interna habría sido necesario seguir al movimiento de masas, adaptarnos al medio, llevar a cabo tareas cotidianas menudas. Pero precisamente en este campo decisivo la Liga hasta el momento, no ha sido capaz, con muy pocas excepciones, de avanzar en lo más mínimo. Se permitió la pérdida de mucho tiempo valioso. (...)

“Las críticas, las ideas, las consignas de la Liga son en general correctas, pero particularmente inadecuadas en el actual período. Las ideas revolucionarias deben volverse vivas cotidianamente por medio de la experiencia de las masas mismas. Sin embargo, ¿cómo podría la Liga explicar esto a las masas, cuando ella misma está separada de la experiencia de aquéllas? Es necesario agregar, por otra parte, que varios camaradas ni siquiera ven la necesidad de tal experiencia. Les parece suficiente formarse una opinión en base a los relatos periodísticos que leen, y luego expresar esos conceptos en artículos o charlas. La verdad es que hasta las ideas más correctas escapan por completo a la atención de las masas, cuando no reflejan directamente su pensamiento y acción.”

(Trotsky, La liga frente a un giro, Junio de 1934iv)

Posteriormente Trotsky hizo las mismas recomendaciones a sus seguidores en Inglaterra respecto al ILP (El Partido Laborista Independiente) y en Estados Unidos con el Partido Socialista. En muchos de los casos, sus partidarios recibieron los consejos con bastante conservadurismo y se negaron a entrar en las organizaciones mencionadas, o entraron solo un puñado y demasiado tarde para influir sobre las corrientes de izquierdas que se estaban desarrollando en el seno de los partidos socialistas.

Trotsky y la revolución española

El país dónde la negativa de los camaradas de Trotsky a seguir sus recomendaciones generó más controversia, fue sin duda España. El estudio de los escritos de Trotsky sobre la revolución española merece un artículo o incluso un libro apartev, pero aquí vamos a limitarnos a analizar los puntos más importantes para aclarar las lecciones principales.

Desde la proclamación de la Segunda República en abril de 1931, España había vivido una revolución de enormes dimensiones en toda la vida social y política. La posterior incapacidad del gobierno republicano-socialista de cumplir con sus promesas, sobre todo con una reforma agraria para el beneficio del campesinado pobre y explotado, dio origen a la derrota electoral de la izquierda en noviembre de 1933 y al “bienio negro”.

La heroica resistencia de los trabajadores ante la posible entrada al gobierno nacional del partido de ultraderecha, la CEDA, en 1934 fue el inicio de la insurrección y la comuna proletaria en Asturias que solo pudo ser aplastada por el ejército, al mando del general Franco. Fue éste último quien de nuevo dirigió una intentona golpista en julio de 1936, para destruir la revolución de una vez por todas. Pero los valientes trabajadores de Cataluña y de gran parte de España se levantaron e impidieron la victoria fascista, haciéndose los gobernantes temporales de Barcelona y de otras partes del país. La guerra civil española comenzó en julio de 1936 y duró tres años hasta la victoria definitiva de Franco en abril de 1939.

Fue en este contexto que Trotsky intentó construir un partido revolucionario que pudiera jugar el mismo papel que el Partido Bolchevique había jugado en Rusia en 1917. Una victoria de la revolución en España hubiese significado un verdadero terremoto que podría haber cambiado toda la correlación de fuerzas a nivel internacional, cosa que justifica la gran atención que Trotsky prestó a la revolución española.

Desde 1930 Trotsky había tenido a uno de sus viejos amigos, su ex-secretario Andreu Nin, en España. Nin era un cuadro experimentado que permaneció muchos años en la URSS, como Presidente de la Federación Sindical Roja. Desde su llegada a España inició un gran intercambio de correspondencia con Trotsky sobre los problemas actuales de la revolución y las tareas de los comunistas españoles. Nin desarrolló cada vez más diferencias con Trotsky; mientras el primero deseaba una fusión sobre un programa ecléctico con el grupo comunista de derechas alrededor de Joaquin Maurin, Trotsky planteó la necesidad de preservar la claridad ideología y la disciplina.

En el curso del año 1934 se dio en España el mismo fenómeno de radicalización en las Juventudes Socialistas que se había visto en Francia. La Federación de Juventudes Socialistas incluso llegó a invitar a los trotskistas a entrar al Partido Socialista para “bolchevizarlo”vi. El dirigente del ala de izquierdas del Partido Socialista, Largo Caballero, quien organizaba a su gente alrededor de la revista Claridad, hablaba a favor de la “dictadura del proletariado” y citaba los escritos de Lenin. Pero en lugar de entender esta posibilidad histórica, Nin y la gente de su entorno rechazaron los llamamientos de Trotsky a entrar al PS y la FJS. Los estalinistas fueron más astutos y lograron fusionar su minúscula organización juvenil con las juventudes socialistas, conquistando por primera vez una base sólida en la juventud de la clase obrera.

La fusión del grupo de Nin (la Izquierda Comunista) con la organización catalana de Maurín (el Bloque Obrero y Campesino) dio origen a un nuevo partido: el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Aunque fue acusado de ser trotskista por los estalinistas, y aunque sus militantes de base mostraron gran valentía en la guerra civil (incluido el propio Nin que fue torturado y asesinado por los estalinistas), el POUM nunca fue trotskista. En lugar de organizar la revolución desde abajo, extendiendo el poder de los consejos obreros y campesinos, vacilaron entre posturas reformistas y revolucionarias.

Reconocieron la legitimidad del gobierno burgués catalán, la Generalitat, y entraron a este gobierno con Nin en el cargo de Ministro de Justicia. Aceptaron la entrega al gobierno de las armas de las milicias, cosa que el gobierno estaba fomentando con la excusa de crear un ejército profesional único. Los dirigentes del POUM también decidieron llamar a sus militantes a la retirada durante las famosas Jornadas de Mayo en Barcelona, en 1937, cuando los estalinistas intentaron liquidar el control obrero en la central telefónica de la ciudad.

Todo esto fue criticado duramente por Trotsky, quien en última instancia explicó la derrota de la revolución española por la no existencia de un verdadero partido revolucionario. En su brillante escrito Clase, partido y dirección explicó que el aplastamiento de la revolución española no fue el resultado de una supuesta “baja conciencia” de la clase obrera sino de la traición de sus dirigentes:

“El camino de lucha seguido por los obreros cortaba en todo momento bajo un determinado ángulo el de las direcciones y, en los momentos más críticos, este ángulo era de 180º. La dirección entonces, directa o indirectamente, ayudaba a someter a los obreros por la fuerza de las armas. En mayo de 1937, los obreros de Cataluña se sublevaron, no sólo a pesar de sus propias direcciones sino en contra suya. (...)

El proletariado puede "tolerar" durante bastante tiempo a una dirección que ya ha sufrido una total degeneración interna, pero que no ha tenido la ocasión de manifestarlo en el curso de los grandes acontecimientos. Es necesario un gran choque histórico para revelar de forma aguda, la contradicción que existe entre la dirección y la clase. Los choques históricos más potentes son las guerras y las revoluciones. Por esta razón la clase obrera es tomada a menudo de sorpresa por la guerra y la revolución. Pero incluso cuando la antigua dirección ha revelado su propia corrupción interna, la clase no puede improvisar inmediatamente una nueva dirección, sobre todo si no ha heredado del período precedente los cuadros revolucionarios sólidos, capaces de aprovechar el derrumbamiento del viejo partido dirigente. (...)

La victoria no es el fruto sazonado de la "madurez" del proletariado. La victoria es una tarea estratégica. Es necesario utilizar las condiciones favorables de una crisis revolucionaria a fin de movilizar a las masas; tomando como punto de partida el nivel determinado de su "madurez", es necesario empujarlas a ir hacia adelante, enseñarles a darse cuenta que el enemigo no es omnipotente, que está desgarrado por sus contradicciones, que reina el pánico detrás de su imponente fachada. Si el partido bolchevique no hubiese conseguido llevar a buen término ese trabajo, no se podría hablar ni de revolución proletaria. Los soviets hubiesen sido aplastados por la contrarrevolución y los pequeños sabios de todos los países habrían escrito artículos o libros cuyo motivo hubiese sido que sólo visionarios impenitentes podían soñar en Rusia con la dictadura de un proletariado tan débil numéricamente y tan poco maduro.”

Increíblemente, los mismos argumentos sobre la “falta de madurez” y “bajo nivel de conciencia de las masas” son utilizados por los reformistas en relación a la revolución venezolana para encubrir su propia bancarrota a la hora de completar la revolución, expropiando a los capitalistas, los banqueros y los terratenientes.

Igual que en España, en Venezuela el problema central es la falta de una auténtica dirección marxista al frente de la revolución. Y tal como en la revolución española, en Venezuela durante las jornadas del 11, 12 y 13 de abril de 2002, la actividad de las masas estaba en 180 grados de contradicción con la actividad de los ministros reformistas. Mientras los últimos se estaban escondiendo y huyendo del golpe de estado, las masas se opusieron valerosamente, tomando el control de las calles y confraternizando con los elementos revolucionarios en el ejército.

Pero precisamente, como en la revolución española, la Venezuela revolucionaria puede ser derrotada, pues carece de una dirección marxista que pueda conducir toda la energía de las masas a la toma del poder por parte de la clase obrera.

Los debates con los dirigentes del SWP norteamericano: El método de reivindicaciones transitorias

El partido más grande del movimiento de Trotsky era sin duda el SWP norteamericano (Socialist Worker Party). Sus dirigentes habían seguido sus consejos y en poco tiempo habían logrado, primero, fusionarse con el partido de Muste (el American Workers' Party), en realidad para ganar a los seguidores de AWP al trotskismo, sin hacer concesiones políticas, y luego habían entrado el Partido Socialista para ganar a su organización juvenil, la Young Peoples Socialist League. También habían conquistado posiciones importantes en Minneapolis, dirigiendo la gran huelga de los camioneros en 1934. El SWP contaba alrededor de 2,000 militantes al final de los años 30.

No obstante, Trotsky era plenamente consciente de la debilidad teórica de los dirigentes del partido norteamericano. Intentaba prepararlos para los grandes acontecimientos que estaban por venir, dotándolos de un método de análisis dialéctico y de una actitud militante frente a la intervención en el movimiento de masas. Durante 1938 y 1939 tuvo varias discusiones importantes con Cannon, Schatchman, Vincent Dunne, Joseph Hansen y otros líderes de la sección estadounidense.

Las discusiones duraron días enteros y su contenido tenía un carácter amplio, no solo tratando de la situación actual del trabajo práctico en los Estados Unidos, sino también de cuestiones más generales de táctica y estrategia revolucionarias. Las notas tomadas de las discusiones fueron publicadas posteriormente y constituyen una verdadera mina de oro en cuanto a lecciones para el trabajo revolucionario.

El punto trascendental en todos los debates fue el método para conectar con las capas más activas de las masas y, por ende, las consignas transitorias para ganarlas. En aquellos momentos había un ambiente creciente entre los trabajadores norteamericanos a favor de la acción unitaria del proletariado, pero la clase carecía de un partido obrero a nivel nacional.

Un reflejo de este ambiente fue el lanzamiento del LNPL (Labour's Non-Partisan League) como una herramienta política de los trabajadores. El LNPL fue formado por líderes sindicales que trataban de limitarlo a ser una oficina bajo su control burocrático que recomendaría el voto al candidato burgués Roosevelt. Los dirigentes del SWP estaban dudosos sobre participar en el LNPL pero Trotsky insistía en luchar por “una política que pueda dar a los sindicatos la posibilidad de poner su peso en la balanza”.

Explicaba que era necesario contraponer las consignas revolucionarias a las del reformismo en el seno del LNPL, de una forma concreta y audaz que pudiera ser entendido por los trabajadores:

“Nosotros estamos por un partido, por un partido independiente de las masas trabajadoras, que tome el poder del estado. Debemos concretarlo: estamos por la creación de comités de fábrica, por el control obrero en la industria a través de los comités de fábrica. Todas estas cuestiones están ahora en el ambiente. Ellos hablan de tecnocracia y adelantan la consigna de “producir para utilizar”. Nosotros nos oponemos a esta fórmula de charlatanes y proponemos el control obrero de la producción mediante los comités de fábricas.

(...)

Nosotros decimos, los comités de fábrica deben examinar los libros de contabilidad. Hemos de desarrollar este programa paralelamente a la idea del partido obrero en los sindicatos y a la de piquetes de obreros armados, es decir, la milicia obrera. De lo contrario es una abstracción, y una abstracción es un arma en manos de la clase enemiga.

(...)
Naturalmente, debemos dar nuestro primer paso de tal forma que acumulemos experiencia para el trabajo práctico, no comprometernos en fórmulas abstractas, sino desarrollar un programa concreto de acción y de reivindicaciones, en el sentido de que este programa de transición surge de las condiciones actuales de la sociedad capitalista, pero conduce inmediatamente más allá de los límites del capitalismo.

(...)

También nos es posible difundir las consignas de nuestro programa de transición y observar la reacción de las masas. Veremos qué consignas se deben eligir y cuáles abandonar; pero si renunciamos a nuestras consignas antes de experimentar, antes de examinar la reacción de las masas, entonces nunca avanzaremos.”vii

Frente al escepticismo, sobre todo por parte de Schatchman, Trotsky explicó que la consigna de una milicia obrera era una necesidad inherente en la situación concreta de Estados Unidos, aún cuando este país estaba muy lejos y la amenaza fascista parecía algo ajena. Subrayó por un lado que los acontecimientos de Europa tenía un impacto fuerte en la conciencia de los obreros norteamericanos y por otro lado que la milicia obrera podría plantearse como una forma concreta para proteger mítines sindicales y piquetes de las bandas fascistas y de los rompehuelgas (esquiroles) comprados por los patrones.

Otro debate clave fue sobre la enmienda Ludlow, un parlamentario burgués norteamericano que había propuesto un referéndum sobre la participación o no de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. El pensamiento esquemático y abstracto de los dirigentes del SWP había conducido al partido a rechazar cualquier uso de la consigna a favor de este referéndum.

Trotsky se opuso de frente a Cannon y a sus colegas y les dio una lección importante de cómo abordar cuestiones de consignas democráticas y vincularlas a la lucha por el socialismo. En primer lugar explicó que mientras no podamos derrumbar de una vez la democracia burguesa, hay que utilizar los medios que ésta provee (por limitados que sean) para movilizar a las masas a favor de nuestro programa.

Por supuesto no pensaba que un referéndum podría evitar el estallido de la guerra, ni decidir realmente si los Estados Unidos participaran o no, pero Trotsky pensaba que “No podemos disipar estas ilusiones [de las masas] por decisiones a priori, sino únicamente en el curso de la lucha”. Agregaba que era necesario decir abiertamente a las masas que los revolucionarios lucharían al lado de sus hermanos de clase a favor del referéndum propuesto por Ludlow, demostrando que él no estaría realmente interesado en realizarlo y que la clase obrera solo podría confiar en sus propias fuerzas para realizar semejante referéndum.

Las palabras de Trotsky sobre la enmienda Ludlow podrían haber sido escritas perfectamente sobre las consignas democráticas en Túnez y Egipto hoy, dónde millones de hombres y mujeres están luchando contra los restos de las dictaduras de Ben Ali y Mubarak. También es una buena respuesta a todos los elementos sectarios que han negado la necesidad de apoyar las consignas democráticas, entre ellas la convocatoria de una Asamblea Constituyente. Vemos en todas estas discusiones el método dialéctico de Trotsky, frente a las ideas mecánicas del sectarismo.

[Continuará....]

NOTAS:

I. LDT: Diario en el exilio. 1935. Cita reproducido en introducción a “My Life”, Pinguin Books, London, 1979. Páginas ix-x

II. LDT: La conferencia de París: un firme núcleo para una nueva internacional, 1ro de septiembre de 1933

III. LDT: Luchando contra la corriente, abril de 1939.

IV. Recomendemos la lectura de los artículos y cartas de Trotsky sobre este tema que se encuentran disponibles en Internet en el libro 4 de los escritos: http://www.marxists.org/espanol/trotsky/ceip/escritos/libro4/index.htm

V. Entre los escritos que analizan la postura de Trotsky sobre la revolución española se puede destacar la introducción que hizo Pierre Broué a la versión española del tomo de los escritos de LDT sobre España, y también el artículo de Juan Manuel Municio, “Trotsky, La izquierda comunista y el POUM” publicada en Marxismo Hoy No. 2, 1995: http://revolucionespanola.elmilitante.org/articulos/mh_3.htm

VI. Para más detalles históricos sobre la evolución de las Juventudes Socialistas en España: Pierre Broué: The Spanish Socialist Youth (When Carillo was a leftist), reproducido en Revolutionary History, 2007.

VII. LDT: Cómo luchar por un partido obrero en los EE.UU, marzo, 1938. Reproducido en El programa de transición, CEIP, 2008, Buenos Aires, páginas 183-203