El derecho del pueblo catalán y de la clase trabajadora española a rebelarse contra el orden establecido

Escrito por David Rey Jueves 28 de Septiembre de 2017
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España no pertenece a los españoles, pertenece a la oligarquía de 200 familias que dominan su economía, los partidos del régimen y la casi totalidad de los medios de comunicación. Dominan las universidades y las tribunas de la Iglesia, y tienen a sueldo a los intelectuales y artistas de renombre. Todos los altos poderes del Estado (judicatura, fiscalía, altos funcionarios, y mandos policiales y del ejército) se reclutan, casi sin excepción, en la clase dominante para que sirvan a sus intereses. Con todo ello, dominan nuestro presente y nuestro futuro. Por eso, es la más ilusa e ingenua convicción pretender, como creen muchos trabajadores y gente honesta en España, que Cataluña, de algún modo, les pertenece.

carteles en barcelona.56.10Las leyes son una tela de araña, atrapan a los pequeños mientras que los grandes las violentan y rompen con total impunidad. Ningún Fiscal del Estado ha actuado contra el gobierno por no garantizar empleo, vivienda, educación y salud dignos para todos, como marca “su” Constitución. Ningún banquero ni empresario tuvo que correr delante de la policía. Ellos no necesitan democracia porque no necesitan manifestarse, ni apelar a la opinión pública, ni presionar en la calle para defender sus intereses y conseguir sus objetivos. Por eso la pisotean a cada instante con sus Leyes Mordaza y la persecución de comentarios de todo tipo en las redes sociales. Sus llamamientos histéricos en defensa de la ley y de la democracia sólo ocultan la más repugnante hipocresía.

Si ellos no tienen que pelear ni sufrir, frente a gente poderosa, para encontrar un lugar y un hueco en el país para vivir y trabajar dignamente, como hacen cada día millones de trabajadores, ¿cómo podemos tener, entonces, ellos y nosotros los mismos intereses y anhelos?, ¿cómo podemos ir en el mismo barco? No es posible. La emancipación de los trabajadores y del pueblo sólo puede ser obra de nosotros mismos, contra ellos.

Los que oprimen, hacen sufrir y niegan un futuro a la gente común en España no son el pueblo catalán, sino los 200 superexplotadores de la oligarquía y los miles de explotadores y subexplotadores de las empresas medianas y pequeñas. Ellos deciden quién trabaja y quién no, si vas a cobrar 700€ o 1.200€, si vas a tener beca o dejar de estudiar, si te dan o renuevan el subsidio de desempleo, si puedes expresarte libremente o no, si te quedas o te vas del país a buscarte la vida. Ellos deciden qué leyes sacará el gobierno, a dónde se gasta el dinero público, cuántos impuestos van a evadir y a dónde.

Con Cataluña o sin Cataluña la vida de un trabajador español no experimentará cambios apreciables. Para un capitalista español la cosa es diferente: tienen negocios, mercados, e intereses económicos que salvaguardar. Para el aparato del Estado español también es diferente. Su patriotismo proviene de lucrarse y chupar del mismo Estado, es decir de los impuestos de la gente común. A más territorio, más Estado: más aparato judicial, más aparato policial, más aparato militar, más recursos para gastar, y robar. En su concepción, el Estado es lo mismo que el país. Y como el Estado son ellos, ellos son el país, y el país es suyo, y no del pueblo; desprenderse de Cataluña lo sienten como si les cortaran un brazo, como si les arrebataran una propiedad. Al reclutarse los altos cargos del Estado y del aparato judicial, policial y militar, mayoritariamente de la oligarquía dominante española; ellos consideran que todo el país, que todo el Estado, le pertenece a la nacionalidad dominante española; es decir, a la oligarquía que domina España. Consideran el Estado español, incluida Cataluña, su cortijo, ganado a sangre y fuego. El franquismo representó la expresión más acabada de esto.  Y ellos son hijos y nietos de franquistas. Los que ahora persiguen con saña el deseo del pueblo catalán de decidir su futuro (PP, Ciudadanos, los jueces y fiscales y altos mandos policiales) nunca condenaron el alzamiento de Franco, ni sus crímenes, ni la dictadura. ¿No les da vergüenza a los dirigentes del PSOE marchar al lado de ellos?

Como a los hijos de trabajadores que combaten en una guerra para los ricos y privilegiados, nos quieren usar para pelearnos, odiar y despreciar al pueblo catalán, no por nuestros intereses, sino por los de ellos; quieren que les saquemos las castañas del fuego que ellos provocaron en Cataluña cercenando los derechos del pueblo catalán, y con sus campañas anticatalanas pasadas.

Quienes jalean en Andalucía, Castilla o Santander a la Guardia Civil y a la Policía, desplazada a Cataluña para reprimir a trabajadores, estudiantes y gente común, son los hijos y nietos de quienes jalearon el asesinato de obreros andaluces, castellanos y cántabros en la guerra civil y en la dictadura franquista, y quienes hoy se lucran con la explotación de los obreros de estas regiones. Estos, no son nuestra gente; son de ellos, mala gente.

En esta España en la que nada nos pertenece ni nada controlamos: ni al gobierno, ni a sus leyes, ni a su monarca, ni a nuestros empresarios, ni lo que el futuro nos depara; no podemos ponernos del lado del verdugo.  Los trabajadores en España no tienen interés en oprimir, sujetar por la fuerza ni obligar al pueblo catalán a compartir el mismo Estado. Eso no nos da  más trabajo, ni más empleo digno, ni altos salarios ni más derechos democráticos. Pero en esta pelea sí vemos asomarse cada vez con más descaro, del lado del gobierno del PP, el aguilucho franquista, la represión, y más policía, que ya hoy mismo están utilizando contra nosotros.

Defendemos el derecho del pueblo catalán a disponer de sí mismo, como defendemos el derecho de la clase trabajadora a hacer lo propio, y a levantarse contra leyes injustas.

Si la ley no ofrece un mecanismo para ejercitar el legítimo derecho de autodeterminación es justo que la población catalana se rebele contra la ley injusta, y organice por derecho propio el referéndum del 1-O para poder votar libremente.

Es inspirador que, desafiando a todo un aparato de Estado, trabajadores, jóvenes y vecinos impriman papeletas, carteles y folletos prohibidos y los peguen en las paredes, que se movilicen por miles para defender sus organizaciones y locales, y su derecho a votar, formando como está sucediendo en muchas zonas comités para defender y organizar el referéndum en barrios, colegios y universidades.  Que acompañen por cientos a sus alcaldes llamados a declarar encausados por la justicia. Es inspirador que hayan decidido darle la espalda al régimen del 78 (el pacto espurio entre el franquismo y las direcciones de la izquierda en los 70 que garantizó la impunidad a los crímenes del franquismo e impuso la monarquía y la bandera franquista), y que aspiren a la república.

Qué duda cabe que, en el proceso, los trabajadores y la juventud catalana deben luchar por asumir la dirección del movimiento y sacudirse la dirección burguesa del PDeCat que, tarde o temprano, tratará de buscar un acuerdo con la burguesía española si temen que el movimiento se le escapa completamente de las manos. No sólo eso deben extirpar el capitalismo explotador pues sólo en una república socialista y democrática podrán los trabajadores emanciparse de la explotación.

No cabe duda de que cientos de miles de trabajadores y jóvenes españoles estarían dispuestos a luchar también aquí por una república socialmente avanzada, y que desearían hacerlo en unión de sus hermanos de Cataluña. Ahora bien, hemos de reconocer que el espíritu de rebelión y de lucha está allí más avanzado y ha puesto en pie a una parte considerable de la población. Lo que debemos tener en cuenta es que si allí triunfan, como la noche sigue al día, eso inflamará el espíritu de millones en el resto del Estado que se pondrán en marcha también para seguir sus pasos. Por eso debemos apoyarlos. Una España y una Cataluña republicanas y socialistas podrían entonces hermanarse en un proyecto compartido, como antesala a toda una Europa socialista. Porque la única unión que nos interesa entre pueblos es la libremente decidida y consentida.